11 de abril de 2021
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El siglo corto de don Fermín Rodríguez Ocampo

10 de agosto de 2013
10 de agosto de 2013

fermin rodriguez
Imagen Crónica del Quindío

Qué paradoja. Don Fermín, ese ejemplar caballero, humilde y sencillo como el que más, el anciano sabio e inteligente que conocí, apenas si sabía leer y escribir. Pero con su dedicación a transformar lo inhóspito en apacible y cómodo hábitat sin abrirle heridas irreversibles a la tierra, sino abonándola con sus propias manos llenas de afecto, para sembrar cromáticos jardines y frutos aromados, trazarle decorosamente caminos a la juventud, no solo estaba preparándoles un escenario sugerente a los poetas, pintores y narradores del porvenir, sino demostrando que la vida es mucho más que un inútil tránsito entre dos oscuridades.  

Se  reunían en él contradictorias características que daban pábulo a una personalidad al tiempo magnética y elusiva. Por una parte, una avasalladora timidez conjugada con una sabiduría aprehendida de la interacción de las especies, de las abejas, de las hormigas, de las aves, que pudo adaptar en su entorno al postconflicto de los años cincuenta, a la convivencia civilizada alejada del sectarismo bipartidista y del lenguaje cifrado de esa forma instrumentalizada de ciencia y tecnología, que produce calamidades y destrucción. Don Fermín era un creador de vida(s). Porque su vida -derivada de una cepa genética longeva- ha tenido lugar dos veces, una vivida, ricamente humana y humanista en su magisterio nativo, y otra sembrada; esa que dejó en los extensos y prolijos cultivos destinados a sobrevivirlo para siempre, para darles vida a otros por muchos años que a su tiempo vivirán, si el conflicto sociopolítico y el perverso modelo neoliberal no se los impide.

Don Fermín, estaba gobernado por una ley, la de la ética que a su vez era también la lógica de su orden mental y de su disciplina artesanal. Así como el movimiento de los astros está gobernado por la ley de la gravitación, a este digno ciudadano lo gobernaba -como diría Kant- la ley de la razón moral. Tras su cotidiana taza de café, exquisitamente preparado por doña Marina González Parra su bella compañera y esposa, en el sosiego pleno del amanecer interrumpido por campanarios y cantos de gallos de roja cresta al apagarse el resplandor de las hogueras crepitantes, salía a transformar el monte en simétricos sembrados y a regodearse con su universo en movimiento: el alegre concierto de las aves en los árboles y el rumoreo de los cristalinos cauces tributarios del río Quindío. Entonces las sombras de la noche se agitaban cruzadas por los primeros rayos del sol para darle paso al despliegue de las energías de esos “alientos encorvados sobre el surco”, en la fecundación vivificante de la noble tierra.

La precaria educación convencional le había aportado a sus reflejos, elementales bases matemáticas que lo orientaban en los cálculos de la producción agropecuaria, en la proyección de las distancias para respetar las cuencas hidrográficas y en un concepto geométrico para desarrollar la arquitectura vegetal con que fue poblando las aldeas dispuestas a emanciparse  de la vieja y sangrienta ruralidad en Génova y Quimbaya, y que le sirvió para dotar la vivienda suya y la de sus muchos amigos campesinos liberales, de la mueblería de cedro y mimbre, en cuya construcción era todo un inspirado artista.

A  los 99 años, el 26 de julio de 2013 a la una de la tarde, después de dedicar su último tiempo a abrazar la naturaleza viva de la que estuvo siempre rodeado y enamorado, como de su esposa y de sus hijas Myriam (mi esposa), Julieta, Martha Gladiz y Luz Amanda, Don Fermín entregó sus cenizas a la tierra de donde provino; es decir, “al lugar del nacimiento, del crecimiento y el amor”.