20 de abril de 2021
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Bogotá no es una sola, pero como la nuestra ninguna

7 de agosto de 2013

Don Gonzalo Jiménez de Quesada, quien salió de Santa Marta el 6 de abril de 1536 con 500 infantes y 80 caballos y como su capitán, Gonzalo Suárez Rendón, erector de Tunja, tuvo el honor de fundarla y cuentan algunos historiadores que lo hizo en el lugar que hoy conocemos como El Chorro de Quevedo. Este era una fuente de agua, una más entre las muchas corrientes que bajaban por las montañas que rodean la Sábana de Bogotá y que le ofrecieron al osado conquistador una imagen única, en ese momento, cuando con sus huestes apareció sobre las montañas que le hacen marco. A este respecto son varias las opiniones sobre lugares y tiempos precisos pero la fecha acordada y en consenso de los historiadores es la del 6 de agosto de 1538, 29 meses después de haber salido de Santa Marta.

Nos cuenta la historia, la de Henao y Arrubla que a muchos de nosotros nos acompañó en nuestro trajín en la ya lejana secundaria, que con 12 chozas y una un poco más grande a manera de iglesia, se fundó la capital y que Fray Bartolome de Las Casas oficio la primera misa, parte de esa herencia que junto con el idioma darían las bases a los cambios y desarraigos  que a partir de ese momento se obrarían en nuestra civilización.

Debió de ser algo increíble y nos retrotraemos a la época, el  imaginar al español de marras quien después de atravesar  valles , subir y  bajar montañas,  pasar penalidades en un medio inhóspito y desconocido y, cómo no, extasiarse ante la fauna y la flora que jamás en su vida había contemplado y al llegar a uno de los picos más altos que en su trasegar había conquistado, descubrir tan maravilloso panorama, observar con admiración de niño, una sabana tan grande como la lejana Castilla de sus años mozos, pero sin duda alguna mucho más hermosa y feraz. Fue tal su impacto que dicen los historiadores que cayendo de rodillas y con sus ojos anegados en lágrimas,  le agradeció a Dios por la maravillosa tierra que se ofrecía ante sus ojos conquistadores y tan preciado beneficio después de penalidades y sacrificios en su periplo por la nueva tierra.

Una ciudad con 475 años

Esa es la ciudad que hoy llega a su cumpleaños número 475 y yo diría que de ninguna manera se le notan esos años, está joven y buenamoza y es todo un orgullo para los que nacimos en ella.  Saber que somos bogotanos y que amamos esta urbe metropolitana y que no nos importa que denigren de ella, lo hacen quienes no la conocen bien y que no han aprendido a amarla en todo lo que vale y significa.

Incluso para todos aquellos que  viniendo de afuera y se han sentido bienvenidos en ella, que se han afincado y han hecho sus vidas y consolidado sus familias, sabemos que amarla no les ha sido difícil, no a todos, pero si a la gran mayoría. Todos aquellos que podemos motejar como ‘ Boyagotanos, Vallugotanos, caribegotanos, paisagotanos, toligotanos y demás gotanos’ conocidos, todas esas gentes venidas de los diferentes puntos cardinales de nuestra Colombia y que en nuestra ciudad han encontrado asiento, oportunidades de trabajo y el establecimiento de su entorno familiar. Es que Bogotá es la ciudad de todos, como decía un viejo lema publicitario que hacía apología de nuestra capital.

Esta ciudad de muchos habitantes y pocos dolientes, no aquella de los años veinte, treinta y cuarenta, aquella de personajes de  sombrero negro, saco cruzado y zapatos de cuero brillante, rostros circunspectos y muy serios, que maravillada descubrió el cine y la radio, apreció  la comunicación escrita con el advenimiento de las rotativas y la fundación de los primeros periódicos. Una población que iba de la calle primera y terminaba en la veinticuatro, donde el parque del Centenario, también conocido como de La Independencia le daba un cierre con sello de verdor y descanso al lado de la hermosa ermita de San Diego y la Plaza de Toros de la Santa María. Muy cerca de un poco más de un kilómetro hacia el norte se encontraba  la fábrica de cerveza  Bavaria de don Leo Koop y al frente de ella bordeando la montaña un pequeño conglomerado de casitas,  que fue la primera empresa comunal de construcción conocida, el cual  le daba hogar a los obreros de esa industria cervecera, una de las primeras de la localidad.  A partir de ahí se organizaba el paseo a Chapinero, Usaquén,  Lijacá  o Chía,  un motivo de acercamiento familiar que con el tradicional acompañamiento de ollas se convertía en  uno de los divertimentos del domingo, ese día del descanso reparador después de la jornada laboral.

Ahora ésta villa que va de camisa de vivos colores, ropa deportiva y zapatos de lona de vistosos diseños, tan desentendida de un pasado que no respeta, que ha acabado con casas y construcciones que databan de los siglos IXX y XX . Una capital con un paisaje urbano desconcertante, en el cual en una misma cuadra  conviven arquitectónicamente disimiles ejemplos de construcciones notables de finos y variados estilos con influencias europeas y que la hacen única con adefesios levantados sin asomos de respeto  con la estética urbanística ni las mejores condiciones para un buen vivir.

Bogotá, tan cerca de las estrellas, sobre una hermosa sabana enclavada sobre la cúpula andina,  rodeada de bellas montañas y con extensos mantos de exquisito verdor, toda una metrópoli que a sus 475 años le grita a los cuatro vientos que es pujante, que  está en constante crecimiento y que hoy en el amanecer del siglo XXI, nos indica que  con el concurso de todos los que vivimos en ella, cada día será más grande, más grata con sus habitantes y que no desmerece ante otras capitales del mundo.

Las otras Bogotá

A manera de anécdota permítanos contarles que en los Estados Unidos también existen tres ciudades con el nombre de Bogotá, la más conocida de ellas, la de New Jersey que por cierto aparece referenciada como Bogotá, Bergen County. El nombre va sin tilde y las otras dos en Texas y en Illinois. La de New Jersey está ubicada a menos de una hora de la ciudad de Nueva York, saliendo de Manhatan y cruzando el Rio Hudson por el puente sub que pasa de la capital del mundo hasta la vecina ciudad.

Está Bogotá que apenas alcanza a una 180 hectáreas y cuya única fuente de ingresos fueron las fábricas de papel que existieron hasta el siglo pasado y de las cuales apenas quedan despojos de maquinarias de una industria que fue pujante y hoy es tan solo un recuerdo. Un submarino anclado a la orilla del ancho río Hackensacks es tal vez el único atractivo turístico que tiene la citada población.  Como anécdota habría que contar que la mayoría de pobladores colombianos de esta ciudad ‘gringa’ son de procedencia costeña y los bogotanos brillan por su ausencia.