10 de abril de 2021
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Arenas Betancur se tomó a Pereira en las fiestas del sesquicentenario

26 de agosto de 2013

 

rodrigo arenasSe la tomó, además, desde un sitio estratégico, que es el corazón de todos los pereiranos: la casa de Luis Carlos González, el famoso poeta de “La Ruana”, que ahora es la sede nada menos que del Concejo municipal, epicentro del poder político en la ciudad.

Por eso, las imponentes figuras del artista se encuentran instaladas en la hermosa casona (desde la entrada hasta el fondo, pasando por el patio, el corredor, las habitaciones y las paredes), pero también ya están en el parque principal, en la Avenida Circunvalar, en una pequeña iglesia por la Avenida 30 de Agosto, en la Universidad Tecnológica y hasta en la Clínica del Seguro Social, paradas ahí, en la esquina.

Como si fuera poco, luego vendrán más esculturas, también imponentes, para situarse a lo largo de la nueva Calle de la Fundación, desde la Plaza de Bolívar hasta el Parque Olaya Herrera, al cual pretenden invadir por completo en los próximos meses y años.

¡Arenas Betancur se tomó a Pereira! ¡Su Museo, el soñado Museo Rodrigo Arenas Betancur, se está abriendo paso! ¡Con paso de vencedores, como sus Lanceros en el Pantano de Vargas!

La invasión del Concejo

Comencemos por el principio: la casa del poeta Luis Carlos. Aquí están 15 esculturas, ocho de las cuales nacieron por cosa de milagro, cuando la familia del artista recogió en su taller algunos pedazos y los juntó otra vez para armar obras ya hechas, conocidas como “obras de taller”, casi experimentales, sin pulir o en proceso, todavía sin terminar.

“De ahí salieron unas figuras muy lindas”, comenta María Elena Quintero, viuda del artista, quien explica a continuación que corresponden a diferentes épocas de creación, desde la década del 40 en México hasta la del 50, con su Mercurio y el Cristo-Prometeo, para concluir con El Flautista de 1995, poco antes de su muerte, dentro de la última serie de amantes que él hizo.

Se incluyen, pues, varios períodos, con diversos temas y materiales, aunque es constante (en el Cristo-Prometeo, por ejemplo) la obsesión por la imagen del sacrificado, siempre con la simbología del fuego que aparece por todos lados. El dios Mercurio, por su parte, no es griego o europeo sino paisa, acostado en una nube, bello, adolescente, lanzando su voz hacia el espacio.

Y está un segundo John Lennon, vaciado del original -el cual por lo visto permanece entre escombros, como un fantasma, en la antigua Posada Alemana cerca a Armenia-, rodeado a su vez por réplicas de obras monumentales como el propio Bolívar Desnudo, el Bolívar-Cóndor de Manizales y el Pantano de Vargas, obviamente en pequeño formato.

La exposición en el Concejo se cierra con la serie de dibujos sobre la muerte, realizados tanto en los días de su terrible secuestro como después de su liberación, en los que Arenas se representaba junto a la parca que lo seducía, conquistaba y por momentos se alejaba para volver a iniciar el romance, de cuyo abrazo eterno no logró finalmente escapar.
Así las cosas, el amor, la muerte, el sacrificio y el dolor, la esperanza y el fuego, se tomaron la casa del poeta Luis Carlos González, como él hubiera querido. Y es que ambos artistas, máximos exponentes de la cultura paisa, deben estar mirando desde el cielo tan bello espectáculo.

Bolívar, desnudo

Pero, la toma de Pereira por parte de Arenas Betancur comenzó hace cincuenta años, precisamente en la magna celebración del centenario de la ciudad. Y la hizo quien debía hacerlo: Simón Bolívar, “El Libertador”, sobre su caballo, galopando y portando la llama de la libertad en su mano derecha, dispuesto siempre a conquistar todo a su paso.

Está desnudo, además. Como Dios lo trajo al mundo, según suele decirse. Tal como es, sin tapujos, sin falsas apariencias, no idealizado sino profundamente humano, como cualquiera de nosotros, como usted y yo, como los miles de turistas que suelen pasearse a su alrededor para tomarle las fotos que nunca deben faltar en el álbum personal, familiar.

No es un Bolívar convencional, ni mucho menos. No está con su solemne pose característica, ni con charreteras, ni con sus armas, ni siquiera con el uniforme militar, digno de un general. No. Está “en puro cuero”, nunca –sostiene María Elena, recordando las explicaciones de su difunto esposo- a la manera de las esculturas griegas que exaltaban el cuerpo, sino “despojado del ser opresor”, aludiendo en forma tácita a las dictaduras militares que entonces reinaban en América Latina.

Y si Marta Traba, la implacable crítica de arte que falleció en un accidente aéreo, ponía en tela de juicio la cara tan serena del jinete sobre el agitado corcel que parece volar con la fuerza extraordinaria de sus músculos, esto para el artista era intencional, no fruto de la improvisación o cosa parecida.

Al contrario –agrega-, el rostro sereno, en calma, sólo con la frente arrugada por el esfuerzo y el viento que lo golpea, muestra la seguridad de quien sabe hacia dónde va, con la mirada puesta en sus altos ideales, más allá de la sangre y la guerra para imponer la autoridad, el orden, en medio de la anarquía.

Es como un retrato sicológico, describiendo el alma de Bolívar en sus momentos de gloria. “Su cuerpo está en guerra, pero su mente está serena, centrada”, dice la viuda.
cenizas
Monumentos a los Fundadores

“El Bolívar desnudo”, mejor dicho, se tomó la plaza principal. La obra, a su turno, se convirtió por varios días en Caballo de Troya, donde los obreros en su interior restauraron la estructura, la dejaron como nueva y la devolvieron a la ciudad en la celebración de los 150 años de su fundación, con las cenizas de su autor arriba, en lo más alto de la llama.

“Él va a arder por siempre en su monumento”, comenta la señora Quintero con los ojos brillantes, llenos de nostalgia.

Es la misma nostalgia, sí, que ella siente cuando apenas empieza a subir por la Avenida Circunvalar y se encuentra con el Monumento a los Fundadores, a los colonizadores antioqueños que levantaron estos pueblos “a golpes de tiple y hacha”, cuya proeza exaltó su marido en los dos alerones de concreto que envuelven al Prometeo, ese hombre-llaga-herida, castigado por robar el fuego sagrado a los dioses.

“Esta obra también debe repararse, pero no lo escultura sino sus alerones”, observa mientras se declara confiada en que la alcaldía municipal apruebe los recursos prometidos para la futura restauración, posterior a la ya muy exitosa del Bolívar desnudo.

Y claro, siente nostalgia frente al Cristo sin cruz, que se levanta solo, ni siquiera con sus maderos por estar sostenido con cables, suspendido en el aire. Acá, en una pequeña iglesia por la vía que conduce al aeropuerto, el humilde predicador judío exhibe su figura esquelética, desgarrada, hueca por los clavos en las manos y pies, herida por la espada en el costado, de donde brotan chorros de sangre.

Por último, la nostalgia hace presa de María Elena, la invade si se quiere, cuando recorre el Mural de Arenas Betancur (que antes se atribuía a Lucy Tejada) en el edificio del Seguro Social, donde se observan las imágenes de Cerro Bravo y la cúpula de la iglesia en Fredonia, la tierra natal del artista, quien dejó otro Cristo-Prometeo en la Universidad Tecnológica, sólo visto por ella en fotografías.

“La nostalgia es el pasado que nunca deja de ser presente”, parece repetir en silencio.

¡El Museo de Arenas Betancur!

A las esculturas y dibujos en la casa de Luis Carlos González, así como a las otras cuatro esculturas que ya hay en la ciudad junto a su único mural, habría que sumar las siete esculturas más que vendrían para la Calle de la Fundación, según proyecto de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, puesto a consideración del Ministerio de Turismo.

Por último, se esperan otras doce esculturas para el Parque Olaya Herrera, cerrando con broche de oro el desfile de bronce por la Calle de la Fundación desde la plaza principal con su Bolívar Desnudo, esta vez con el apoyo del sector privado, por iniciativa de Fenalco y la Cámara de Comercio de la ciudad, en ejercicio de la responsabilidad social empresarial con la cultura.

¿Qué les parece? ¿No estaríamos ahí ante la realización del anhelado Museo de Rodrigo Arenas Betancur en Pereira, gran “jalonador” del turismo, del turismo cultural, hacia el Eje Cafetero, lo que contribuirá en gran medida al desarrollo regional, a la generación de valor y a la lucha efectiva contra la pobreza?

Con razón, María Elena Quintero está feliz, radiante, mostrando una sonrisa de oreja a oreja. Su amado esposo, ese judío errante que no para de buscar su museo, podría al fin descansar en paz…

(*) Miembro de El Parnaso Cultural del Eje Cafetero

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