16 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Calarcá… Recuerdos tempraneros

8 de marzo de 2013

calarca

Vale la pena recordar que algunas de estas denominadas, en algunas partes, plazas por carecer de vegetación, han servido  también para instalar cadalsos como ocurrió en la benemérita  Santafé de Bogotá donde no ahorraron esfuerzos los invasores para fusilar sin misericordia a los insurrectos de la época. Por fortuna en Calarcá los sublevados no corrieron igual suerte aunque hubiesen existido picapiedras que envalentonados desbarataran andenes a finales de los sesenta para protestar por las rigideces administrativas y cuando Hernán Valencia Echeverry en su elocuencia grecocaldense  lanzaba dardos impenitentes contra todos y todas las inequidades de la parroquia.

Cuenta la historia reciente  que Hernán bajó el tono una vez entró en chanfaina como gerente de las empresas públicas donde nadie supo qué hacia un abogado de infinita inteligencia en medio de las labores  terrenales de los ingenieros.

Pero el parque de Calarcá ha estado ligado también a la más que  centenaria historia de esta comarca parlanchina y locuaz en donde han trasteado sin ningún disimulo y a intención de ojímetro al imponente Simón Bolívar, que  ha ocupado casi todas los terrenos del emblemático sitio, sin que se inmute ya que el arquitecto de turno  en su sabiduría ha creído que el Libertador puede quedar bien o mal en cualquier lugar, eso sí con mirada escrutante hacia  donde hasta hace poco estaba todo el poder político- administrativo y judicial de la localidad.

INFLUENCIA ARQUITECTONICA

Las pequeñas carpas y ventorrillos del parque principal de Calarcá fueron testigos  con el paso de los años de la construcción   a su alrededor de  las casonas con influencia notable de la colonización antioqueña-hoy quedan solo tres- aunque el variopinto genético de los calarqueños, vale recordar, no se ahorró con la incidencia de los cundiboyacenses, entre otros, que le fueron dando a esta especie en extinción  una manera de ser especial y una inclinación ferviente por las letras que les ha merecido reconocimiento continental aunque Jaime Lopera insista en su generosa concepción que el estro de los calarqueños radica en las mágicas aguas del rio Santodomingo. Sabios tiene la santa madre iglesia y no hay que olvidar que el exgobernador es  una especie de cardenal benemérito como Benedicto XVI.

EL PARQUE Y LA POLITICA

La historia más reciente del  parque principal recuerda que allí fue recibido en atención violenta a balazos Oscar Tobón Botero en el momento en que la inteligencia del joven político conservador se arrimaba a las altas esferas de los procesos partidistas del viejo Caldas donde alcanzaba a asomarse con trinar de tribuno insobornable.

Era allí, en el parque de Bolívar, donde Lucelly García de Montoya, dueña de toda la parafernalia electoral de su época, echaba discursos incongruentes que agitaban masas en torno a la figura desgarbada e inteligente de Alfonso López Michelsen, su mentor, de quien creía era la mutación perfecta de nuestro señor jesucristo.

Pero al otro lado Lucella Osman de Duque Llano, hija de emigrante y paisa, bautizada en la iglesia de Córdoba, arqueaba sus grandes cejas y el tono azul de sus ojos desorbitados le daban  mística elocuencia alrededor de la personalidad de Misael Pastrana Borrero quien para ella  era la rencarnación de Juan el Bautista.

No obstante que Lucelly no necesitaba amigos para coaliciones en el cabildo le daba ciertas veces contentillo burocrático a su ocasional aliada que auncuando eran las perfectas rivales para sus seguidores partidistas, comían juntas, las unía un comadrazgo y asistían a misa a la misma hora.

Ambas gozaron de prestigio nacional y llegaron a ocupar posiciones de relieve en el concierto político colombiano. Hoy  no hay nada de eso.

Lucelly en su laboratorio creo  sus propios ‘Frankensteins’  y fue así como Guillermo Jaramillo Palacio se deslizó con su cacharrismo en disidencia productiva logrando emularla y poniéndose cargaderas de élite en la Cámara de representantes.

Lo mismo ocurriría después con su secretaria incondicional Emma Peláez Fernández quien creó su propia clientela y ostentó la misma condición de su exjefa.

La izquierda de la época tenía expresiones limitadas que estaban alrededor, por ejemplo, del Moir, movimiento  extraño que llegó a albergar a jóvenes militantes como Alirio Sabogal Valencia, quien echaba discursos gelatinosos en nombre de Mao y la revolución comunista pero  que a la postre terminaban  cargándole  el bolso a Lucelly quien se apropiada de todo.

El movimiento estudiantil estaba cercano al Colegio Robledo pero era absorbido plenamente por el lucellismo, una vez los revoltosos obtenían el pasaporte de bachiller era menester “Camellar”, amigo, y qué mejor que las huestes de la  dispensadora de los favores.

FASCINANTE  EL DEVENIR LOCAL

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El parque de Bolívar de Calarcá tiene una fascinante forma de asimilar  lo que ha sido el desarrollo de la municipalidad. Allí se arrejuntaban los campesinos que desde temprano venían de Bohemia, Quebradanegra o La Bella para esperar que don Joaquín Mora abriera las puertas de la droguería donde con su sapiencia de empírico doctor curaba desde menstruaciones atrasadas hasta el hipo de los  recolectores de café que rendidos en la resaca esperaban la panacea del benefactor. Hasta los años 90  se cree que todo calarqueño que se respete  sintió el chuzón de la aguja hipodérmica  de don Joaquín.

Todos los alcaldes de los últimos lustros han tenido que ver con el parque de Bolívar porque tienen la percepción íntima de que solo metiéndole la mano con alguna obra los gobernados les recordarán.

Han invertido en pérgolas de plástico reciclado, en rara importación de veleidades europeas, que solo sirvieron de letrina pública y de afeamiento del entorno.

Un burgo decidió construir una pileta pero se le olvidó  conectarle el agua y el sucesor le puso el líquido pero obvió el desagüe lo que hizo necesario que el de más allá pusiera este elemento pero con el inconveniente de que no había forma de llevarlo hasta el alcantarillado. Inversión útil de los recursos, por supuesto.

Amparo Arbeláez, gobernadora, quien se imputa el honorífico de calarqueña, le metió un jurgo de plata a este pobre parque para dejarlo en las condiciones más deplorables que algún semejante haya ideado en la corta historia de la ciudad.

Ahora, por fin, el médico Juan Carlos Giraldo en un acto de reconciliación con el parque ha definido un presupuesto acorde con las circunstancias y aspira a dejarlo remodelado como es de suyo necesario  para la parroquia. Veremos.

En el parque se han afinado matrimonios después de que los tortolitos pasaran por el ritual dominical de  la iglesia de San José, que ha servido, además, para bautismos, casatorios y naturalmente para  la despedida final antes de empezar el necesario recorrido por la 25 hasta el cementerio.

En este emblemático parque, siempre desde que la memoria calarqueña existe, se han reunido los ancianos jubilados, algunos, quienes hacen gala de sus habilidades comerciales para ponerle precio a las cosas o hacer negocios  que solo existen en sus cavilaciones.

DESARROLLO EN EL ENTORNO

En los alrededores del parque de Bolívar  se instaló el banco  insignia de los caficultores del que solo hoy existe un recuerdo, se tuvo la primera agencia de viajes del Gordo Sierra quien voló literalmente porque tumbó a todo el mundo con los paquetes que como él anunciaba para excursiones en cualquier parte del mundo. Esperanza Jaramillo García, gerenció el BCH  en una pequeña  oficina contigua al Bancafé  la cual convirtió con el tiempo en la gran casona en donde hoy está el poder administrativo de la ciudad.

Las Boinas una cafetería irrenunciable hace eco en la casa antigua de Adonias Rey quien enseñó a los calarqueños a ver cine, a tomar fotos y escuchar buena música.

Queda expósito y mostrenco el Teatro Yarí donde  políticos en trance de búsqueda de votos  ubican meticulosamente a sus adherentes en las mismas sillas en que algunos se divirtieron con Cantinflas y donde en honor al arte Carlos Julio Ramírez y su hermana Alcira dieron conciertos de grata recordación.

Al otro extremo, en el norte, está Momos, reducto de diletantes y desocupados tras el tinto  de algún misericordioso.

Desde la iglesia de San José los transeúnte diariamente se detienen para ver los carteles mortuorios que en especial tienen la gracia de que hay que contar con tiempo suficiente para leer los mandantes porque en Calarcá es necesario que todo el mundo haga presencia luctuosa a  través de la invitaciones al último  empujón del difunto de moda.

LOS INTELECTUALES

Extrañan los calarqueños los recorridos en redondo al parque de Bolívar de Humberto Jaramillo Ángel con  báculo y libro bajo el brazo  que le daban cierto aire imperial y el cual degeneró en bastón el curtido Oscar Zapata Gutiérrez, entrañable del Azorín criollo, quien le acompañaba en la usual caminata que aprovechaban para no dejar títere con cabeza.

Falta en el parque los madrugones de  “Camello”, su hermano  gritando con fortaleza “uno a Armenia”; ya no está el vendedor de Forcha a quien Pedro Luis Buitrago, quien venía de Armenia, le pedía rebaja, en miserableza tenaz,  al vaso de 20 pesos.

Los cánticos de los religiosos en pos de creyentes todavía tienen como escolta a Bolívar quien es el único que pese a que lo han rotado de puesto en puesto sigue ahí impávido y contemplón.

El parque de Bolívar es Calarcá, sin el no se puede concebir la Villa.

Vidales, Palacio Mejía, Osorio, Senegal, el otro Mejía-el joven Elías-José Nodier, Lopera, Jiménez Leal, Rodrigo Iván, y tantos y tantos otros queridos fatutos y raizales ya no caminan por este redondel, unos porque se han ido definitivamente y otros porque les cansó la angustia, pero ahí está también impertérrito “El mango” ese testigo mudo de tantas peripecias, chismes y calambures, protector de las maldades de “pitico”, Orlando Beltrán Arbeláez, quien todavía no ha podido expiar sus pecados para poder salir del purgatorio si es que algún día  la infinita misericordia  se apiada de él.

Hoy se  ve con el caminar cansino, sin el chicote en la comisura, a Héctor Rojas Castro quien da una vuelta y se sienta frente a la iglesia San José en una banca que tiene escriturada haciendo memoria de cuando dirigía La Patria de Manizales y convocaba a los imberbes muchachos de  la época a que escribieran cuentos no importara que después fueron reconocidos en grandes concursos internacionales.

Extraño en el Parque de Bolívar  las peroratas inteligentes de Gustavo Alberto  Ospina Salgado y sus elucubraciones filosóficas aunque queda por ahí Octavio Gómez Tamayo destilando azul de metileno, ya no está  el maní de Vicente Roa aunque para mi siempre fue lo más importante encontrarme a “Siempre” que en paz descanse.

Marzo de 2013