3 de marzo de 2021
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Curiosidad en Marte

7 de agosto de 2012

El aterrizaje del robot Curiosity en el cráter Gale —un boquete abierto junto al ecuador del planeta vecino por el impacto de un meteorito hace 3.500 millones de años— es en primer lugar una proeza técnica sin precedentes: una obra maestra de la ingeniería humana, y por tanto la última heredera de la misma venerable tradición que engendró nuestros puentes y ferrocarriles, las máquinas que circulan sobre ellos y la energía que las hace funcionar; la misma que ha iluminado nuestras calles y nuestras casas, que nos permite navegar y volar, que ha inventado las comunicaciones e imaginado los ordenadores; la misma que ha transformado la sociedad medieval en el interconectado mundo de ciudadanos libres que pretendemos ser.

Ir a Marte no es lo contrario de ayudar a la humanidad: es lo mismo. Las críticas a las hazañas espaciales de la guerra fría tampoco tienen ya mucho sentido. Ya nadie está intentando ganar una carrera a los rusos para clavar una bandera en un pedregal extraterrestre. Si con alguien tienen que luchar ahora la NASA, la ESA y las demás agencias espaciales del mundo es contra la escasez presupuestaria de sus propios Gobiernos. Y si la agencia norteamericana tiende ocasionalmente a ciertos excesos propagandísticos no es ya para proclamar la superioridad de la estirpe fundada por los pasajeros del Myflower, sino para pedir fondos al Capitolio.

El robot Curiosity no ha ido al planeta rojo a buscar vida. No la encontraría ni aun cuando la estuviera pisando ahora mismo con sus seis ruedas, porque no está preparado para ello. Quizá algún día haya dinero para ese experimento, pero de momento corren tiempos de recortes presupuestarios, aquí y en Marte. Y no, Curiosity tampoco ha ido a plantar en el cráter Gale la primera piedra de una colonia marciana, ni a sembrar cereales transgénicos que alimenten a sus futuros habitantes. Pero sus objetivos se encuentran entre los más dignos que es capaz de concebir nuestra especie: profundizar en el conocimiento del planeta vecino, de su geología y de su historia, que es también la de nuestra vecindad cósmica.

¿Por qué ir a Marte? El nombre del robot lo dice: por curiosidad, la verdadera fuerza motriz de la ciencia.

El País, Madrid