12 de abril de 2021
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Tronera-tronadera, escolta, marco, un artículo

20 de julio de 2012
20 de julio de 2012

osorio efraim

‘Tronadera’ (de ‘tronar’) es un vocablo que no aparece en los diccionarios, pero que, por su construcción, es castizo. En efecto, la desinencia ‘-dero-a’, en femenino especialmente, forma de los verbos sustantivos que indican acción reiterada, como ‘fumadera’ (de ‘fumar’, primera conjugación), ‘bebedera’ (de ‘beber’, segunda), ‘insistidera’ (de ‘insistir’, tercera). Dice El Diccionario que esto es más frecuente entre nosotros, los americanos, los que vivimos abajo del Río Grande. Y ésa fue quizás la palabra que quiso emplear el padre Efraín Castaño, pero que se le quedó corta, y le salió ‘tronera’, en esta frase: “Una noche sólo recuerda que una tronera y ráfagas de luz entraron a su campamento en Arauca” (LA PATRIA, 27/6/2012). La ‘tronera’, padre, es un hueco, un tragaluz, una aspillera, una ventana pequeña, los agujeros de las mesas de billar, y, coloquialmente, una persona de vida disipada, un sinvergüenza. Obviamente, no quiso decir que a través de una tronera de su campamento le entraban al protagonista de su anécdota esos “golpes de luz vivos e instantáneos”, que son las ráfagas de luz que menciona. No, lo que quiso expresar fue que el soldado de su historia escuchaba truenos repetidos, y ráfagas de luz herían sus pupilas. ¡Con lo fácil que es, padre, echar mano de un diccionario! ***
Desde el siglo XVI, 1530, según Juan Corominas, el castellano tiene la palabra ‘escolta’, con la siguiente acepción: “Fuerza militar destinada a resguardar o conducir a alguien o algo, o a acompañarlo en señal de reverencia”. Según la misma fuente, procede del latín vulgar ‘excorrígere’ (enderezar, rectificar el camino) a través del italiano ‘scortare’ (acompañar). Durante la segunda mitad del siglo pasado, alrededor de 1970, se le dio una tercera acepción (tercera, porque El Diccionario de 1956 hizo de la de Corominas dos), ésta: “Pareja de la guardia civil que va en los trenes de viajeros para custodia y vigilancia”. Actualmente, desde el ocaso del siglo XX (1992), tenemos la cuarta, que dice así: “Persona o conjunto de personas que protegen a determinadas personalidades, en previsión de posibles atentados”. Y que nos cuestan, don Jairo, miles y miles y miles de millones de valorizados pesos diariamente en salarios, armas y carros blindados, podemos agregar. Ésta es, pues, la evolución del significado de ‘escolta’, que el señor Jairo Patiño Cifuentes quería saber. ***
En el mismo mensaje, del 29 de junio de 2012, el señor Patiño se pregunta si el vocablo ‘marco’ está bien empleado cuando se habla, por ejemplo, de “marco para la paz”, o de “marco para la impunidad”. Sin hablar del ‘marco alemán’, podemos mencionar el ‘marco de las puertas’, el ‘marco de óleos, gobelinos, cuadros y espejos’, el ‘marco de la plaza’, la ‘portería’ del fútbol, etc. Pero también, cuando hablamos de ‘marco’, podemos referirnos a las condiciones, normas o requisitos dentro de los cuales se va a realizar alguna operación o se va a aplicar una ley. Hoy, en el siglo de las leyes y de los decretos y de las disposiciones y de los chanchullos y de los micos, están de moda esos ‘marcos’, algunos de ellos diseñados para ser violados y para obstaculizar más la aplicación de la Justicia. ¡Qué cosas! ***
No he leído ni uno solo de los libros que ha escrito el doctor Otto Morales Benítez. Ni soy historiador. Razones suficientes que me impiden comentar el meollo del artículo “Un escritor del paleolítico”, de Pedro Felipe Hoyos Körbel (LA PATRIA, 29/6/2012). Pero sí puedo hablar de su redacción, tan defectuosa, que menoscaba el valor de sus apreciaciones y de las ideas que con ella quiere expresar: El uso de la preposición ‘a’ cuando no se necesita; la omisión de la tilde en ‘cómo’, cuando se requiere, porque significa ‘de qué manera’; su imprecisión al escribir ‘impresición’, ‘aclarar e reinterpretar’ y ‘micro historia’; y frases como ésta: “Es a los grandes escritores que se deben leer en provincia…”, que debe ser de este modo: “Es a los grandes escritores a quienes (o a los cuales, o a los que) se debe leer…”.  Quisquillas, ciertamente, pero de mucha importancia para una buena redacción. Sin detenerme en lo anterior, quiero hacer hincapié en la siguiente oración: “…pero no surgen obras que abrasen los postulados…”, en la que emplea el verbo ‘abrasar’ (“reducir a brasa, quemar”) por ‘abrazar’ (“ceñir con los brazos”), cuyo sinónimo ‘abarcar’ es el que expresa la idea del redactor, que debió escribir “que abracen los postulados”, puesto que la ‘zeta’ se convierte en ‘ce’ cuando le sigue las vocal ‘e’. También, en las siguientes frases: “Más al final del análisis quedó evidente que el reto…”; “Más este vicio es recurrente…”; y “Más la tergiversación que hizo Morales de esta escuela…”. En ellas, la tilde hace de la conjunción adversativa ‘mas’ (pero), la palabra apropiada en dichas frases, un adverbio de cantidad. Ignoro cuánto tiempo les dedica este escritor a sus redacciones, pero éstas necesitan pulimento, mucho pulimento. Sin duda. ***

La VEINTITRÉS: La guerra que perdieron los oficiales de Espacio Público.