22 de abril de 2021
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Los santos van al infierno

5 de julio de 2012

cesar montoyaCercaba a la capital de Francia, de ancestrales privilegios, unos extramuros atarugados de miseria, amontonada en desperdicios, enrielada en una clamorosa orfandad económica. Allí estaba el hambre con las bocas desfiguradas, la lepra con sus muñones, los descoloridos guiñapos humanos. Como respuesta a esa intolerable grieta social, muchos sacerdotes se hermanaron con los pobres. Bajaron a los antros podridos. Utilizaron las escaleras, endurecieron las manos en el manejo de los materiales primarios, hicieron suyos la pala y el martillo, conocieron el frío que acogota y el hostigamiento de las apetencias materiales insatisfechas. Esos menesteres, al parecer triviales, desfiguraron sus corazones y lo que era una decisión apostólica se desdobló en airada insurgencia revolucionaria. Hubo desvíos y esos nuevos evangelizadores se convirtieron en fogosos demagogos.

Los católicos tenemos una arraigada percepción social de nuestra iglesia. No la concebimos ostentosa, convertida solo en púlpito locuaz. La abatida imagen de Cristo conlleva un dramático mensaje de redención por el sendero del dolor. Cuántas veces nos extasiamos ante el cruel retablo de nuestro Dios con las manos sanguinolentas, traspasadas por los clavos, con una punzante corona de espinas, en cascada la sangre que chorrea por las laderas de su rostro, amoratada su cara por las golpizas recibidas de la plebe, mustia su fisonomía, lánguida la mirada, vencido su cuerpo cubierto por jirones andrajosos, ajusticiado sobre unos secos leños en cruz. La grandeza de nuestra religión surge de ese lábaro sagrado ante el cual reyes, potentados, genios y pueblo raso se ponen de hinojos con humildad.

Sí, lo social. Sí, el cielo para esos santos que ingresan al infierno de la desintegración de los valores espirituales, al universo de la desesperanza, que hacen una militancia anónima para ayudar a Jesús en sus prédicas divinas, convertidos en corifeos de unos principios eternos. Sí, a esos levitas que descifran a Dios como un compañero de viaje hacia inasibles horizontes celestiales.

Ramiro Vásquez Morales, hijo de Aranzazu, es un rabino que llegó al servicio de la Iglesia Católica a través de la Sociedad de San Pablo. Ha sido un misionero. Estuvo sirviéndole al Señor en la República Democrática del Congo por seis años y otro tanto incrustado en el mundo indígena del Ecuador. Por razones aflictivas de familia logró que su comunidad le diera permiso para estar temporalmente al lado de los suyos. En este corto tránsito sacerdotal pudo dedicarse a la camándula y a una perezosa vida espiritual aureolada de misticismos tranquilos.

Sin embargo, gravita en él la vocación por un activo apostolado ejemplar. Vásquez Morales se ha compenetrado específicamente con el mundo de los enfermos, a quienes sirve con amor desbordado. Supo concitar el caritativo corazón femenino para integrarlo en torno de quienes sufren serias dolencias. Semanalmente sale por las veredas a oír y perdonar pecados, fortalecer la fe con el viático espiritual de la comunión, entregar medicinas a los postrados, y regalar, además, un mercado frugal. Mujeres apostólicas concurren voluntariamente a las citas piadosas. Son alegres los bazares que organizan, con un fogón chispeante y unos pailones grandes, además con unos tipleros bonachones, para recaudar pecunios que serán invertidos en paliativos generosos. Mis paisanos aplauden al cura Vásquez cuando en los clarineos de los gallos sale en su carro quejoso que los buenos cristianos le regalaron, atestado de cemento, colchones, camas, bultos de arena, hojas de zinc y ladrillos para construir una vivienda digna a una familia en la pobreza extrema, reconstruir una casa destartalada, o mejorar un camino veredal. Su corazón apostólico se deshace en torno de quienes están paupérrimos, viejos y desahuciados.

En pocas palabras he relatado la actividad de un misionero de Dios, exponente ejemplar de una iglesia que sin campanas ni boatos penetra en los conflictivos espacios de la inopia. Santos modernos que saben descender a los infiernos del infortunio, para hacer levitar el alma de los vencidos de la vida.