19 de abril de 2021
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La crisis del Estado e indiferencia ciudadana

10 de julio de 2012

ferney pazEl ex presidente Carlos Lleras, en sus escritos en Nueva Frontera, hablaba de un país “descuadernado”, y no es para menos, cuando la estructura del Estado es impregnada y atacada por el paramilitarismo, guerrilla, narcotráfico, corrupción administrativa, desplazados, emigración de compatriotas en la búsqueda de un mejor mañana, una justicia tímida, pero vigorosa y fuerte para los débiles, manilarga y ancha para los poderosos, un Congreso sin credibilidad ante la opinión pública y lo más grave, no se vislumbra soluciones sociales, por cuanto parece que para el alto gobierno, los partidos políticos, incluyendo el de la oposición, le  es más rentable acudir al protagonismo mediático, al espejo retrovisor, y a debates muchos de ellos por fuera de la Constitución, como el que tuvimos que soportar en días pasados, respecto a la frustrada reforma judicial, en donde pasó de ser consensuada a negociada por las tres ramas del poder público y con los resultados ampliamente conocidos por la ciudadanía.

Pero lo más lamentable, lo que produce desazón, inquietud, pesadumbre, es la indiferencia ciudadana, la apatía total de una sociedad que parece se ha acostumbrado a convivir dentro del escándalo y la corrupción, que indiferencia frente al descubrimiento y escabrosas relaciones sobre las masacres de miles de colombianos y apropiación de tierras a manos de los grupos paramilitares, de los secuestrados por las FARC, que día a día se pudren en la selva y manigua colombiana, que incuria frente a los 3.000.000 millones de desplazados, abandonados por el Estado y sus congéneres,  por el único pecado de ser pobres y humildes, frente a los 300.000 deudores hipotecarios que están a punto de perder sus viviendas, frente a un sistema financiero arrogante y prepotente, que anualmente ocupan las páginas de los periódicos con sus exageradas ganancias, qué dejadez frente a la deserción escolar, de miles de niños que no pueden acceder a la instrucción primaria, por la falta de recursos económicos de sus familias, aumentando la fuerza del mercado laboral informal en las esquinas y semáforos de las grandes ciudades, qué abulia frente al recorte presupuestal de las universidades públicas, en detrimento de la calidad de la educación, qué indolencia frente a la descarada corrupción estatal, que al principio origina titulares de prensa y de medios televisivos, pero con el transcurso de tiempo, las argucias jurídicas e irrespetuoso tráfico del influencias, terminan los procesos con las figuras jurídicas de la prescripción y preclusión, como el flamante proceso de Chambacú, en donde se desconocen los resultados del mismo, el caso de Dragacol o el indigno hecho registrado en la Superintendencia de Notariado y Registro, institución encargada de dar la fe pública, comprometidos en presuntos hechos dolosos y delictivos, porque pareciera se hubiese pasado en dicha administración  de ladrones de cuello blanco, a los de Cuello Baute, y que no decir de los negociados en la contratación estatal, denunciados por los medios de comunicación y los constantes desfalcos en el sector salud, con cierres de hospitales y atraco a las finanzas de dicho sector.

Se requiere con urgencia un gran acuerdo nacional, lo que ayer fue posible, no tiene porque dejar de serlo en horas como las de hoy. No puede interrumpirse la continuidad del espíritu de los colombianos. Que se dé una gran cruzada, para que, limpios los corazones de odio, libres las mentes de prejuicios, frente a los ojos de la sociedad, alta y sola, la suerte del país sea distinta y se preserve el futuro de las próximas generaciones.

Si la sociedad se calla, si se esconde, si no exigen la unión de sus dirigentes, si no se levantan a decir qué es lo que el pueblo colombiano quiere realmente, no se sorprendan de que los sustituyan las manifestaciones de los oportunistas y las conspiraciones de los ambiciosos, en un país  en donde por desgracia se ha desdibujado el ejercicio de la función pública y jurisdiccional.

No se debe olvidar que una minoría audaz puede y ha logrado muchas veces cambiar el curso de la historia por la indiferencia de la sociedad civil, y es el llamado que se le hace.