16 de enero de 2021
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UNA HAZAÑA DE BÁRBAROS

6 de junio de 2012

mario de la calleRaimundo puso en el suelo el costal con la escasa carga de basura reciclada que le garantizaría la comida del día siguiente. Le dio un beso a la hijita, acarició la plácida carita dormida de la mujer y palmoteó a sus animalitos lleno de cariño. Eran los únicos gestos de amor que le permitían su angustia permanente por obtener alimento y la rudeza de su vida. Dio una mirada en redondo a sus míseras pertenencias, escasamente iluminadas por la lámpara de sodio ubicada a unos 80 metros de distancia, y se durmió.

Apenas una hora después lo despertó el ruido de un líquido que se derramaba. Alcanzó a ver que habían llegado allí unos policías con unos bidones. Lo primero que sintió fue una cierta tranquilidad. La policía existía para garantizar la seguridad de la gente, pobres y ricos, y ya se iba a voltear para seguir durmiendo cuando su olfato le reveló qué contenían los bidones que los policías estaban derramando. Gasolina.

Raimundo lanzó un grito aterrador, para avisar a los suyos lo que estaba pasando. La mujeruca logro alzar a la niñita y ambos salieron corriendo mientras él llamaba desesperadamente a los perros. En ese momento el mundo estalló en llamas. Allí se consumían los cartones con los que apenas lograban combatir el frío de las noches, el costal del reciclaje del cual esperaba obtener su alimentación del día, los dos cajones de madera que les servían de muebles… y los perritos. Aullaban  de dolor y saltaban desesperados mientras el fuego implacable los incineraba sin remedio. No había nada que sus amos pudieran hacer. Las llamas les impedían acercarse para auxiliarlos. Los animalitos dejaron al fin de moverse y de aullar. Estaban muertos. Consumidos por las llamas originadas por miembros de esa raza humana cruel y desalmada de la que los animalitos se consideraban los mejores amigos.

Los monstruos disfrazados de policías (esos salvajes no podían ser verdaderos policías, aunque efectivamente pertenecieran a esa institución), miraban complacidos el resultado de su hazaña. Los tres desechables lloraban a grito herido, especialmente la niñita que no podía comprender cómo había podido ocurrir esa tragedia. Raimundo no cesaba de gritar por sus perros, de lamentar a todo pulmón el cruel destino de esos seres a los que consideraba más que unos hijos, de aquellas bestias indefensas que apenas sobrevivían con los alimentos que esa familia de desheredados de la fortuna, en la más indigente de las situaciones, podía darles a migajas.

Al final del episodio, el comandante que conoció los hechos ofreció disculpas a Raimundo y su familia y ordenó la destitución inmediata de los policías que habían cometido este inconcebible crimen. Pero esto no va a consolar a esa familia que perdió su único tesoro, que perdió a los únicos seres que le daban cariño, calor y lealtad. A esa familia a la que se había arrebatado la única ínfima ilusión que arrastraban con su vida, la de cuidar y proteger a sus fieles mascotas ¿Quién podrá paliar la soledad de esos tres indigentes? ¿Habrá impotencia mayor que la que sintieron y siguen sintiendo esos tres desventurados?

Al día siguiente se vino a escuchar por radio que a los inhumanos autores de esa hazaña se les había levantado la destitución y su único castigo iba a ser una suspensión de tres meses.