14 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un respiro benéfico

25 de junio de 2012

mario de la calleAceptando que los miembros de esa asociación tienen todo el derecho a defender su afición y a buscar la supervivencia de ese cruel espectáculo, como ex aficionado, arrepentido ahora de haber contribuido con tanto dinero (gastado en el pago de  entradas) y durante tanto tiempo, al sostenimiento de las corridas de toros, no solo en Manizales sino en muchas otras plazas del país, no puedo menos que sorprenderme por la ingenuidad de los argumentos esgrimidos por esa asociación para defender sus tesis. Vean esta perla:

El arte del toreo se ha presenciado en la ciudad de Bogotá desde su fundación y a lo largo de toda su historia. Existen crónicas de por lo menos 6 corridas en el siglo XVI: a la llegada del adelantado Alonso de Lugo; en 1545, cuando tomó el mando Pedro de Ursúa; en 1547, al arribo de Miguel Díaz de Armendáriz; en 1550, al establecerse la Real Audiencia; en 1551, durante la posesión de Juan de Montaño; y, en 1564, cuando Andrés Díaz Venero de Leyva
tomó posesión del gobierno de Santafé. Luego, durante el mandato del virrey José Solís, las corridas se convirtieron en el más concurrido de los eventos en el nuevo reino. Nueve días después del Día de la Independencia, el 29 de julio de 1810, se celebró una corrida de toros. Varias corridas tuvieron lugar en 1811, y, en 1815, cuando Bolívar se hizo cargo del ejército patrio, se celebró un gran festejo taurino. En 1890, con la llegada de la primera cuadrilla de toreros españoles se construyó en Santafé la primera plaza de madera. No hay duda, pues, de que la Tauromaquia está íntimamente ligada a la historia de Bogotá y del país.

Si vamos a aceptar ese argumento, querría decir que cualquier cosa, buena o mala, (por ejemplo nuestra aterradora violencia), que haya permanecido entre nosotros desde la llegada de los españoles, debe continuar por estar “íntimamente ligada a la historia (…) del país”. Vaya, vaya.

El otro argumento sí que es banal: Como Petro fue un violento guerrillero, y tuvo que ver con la masacre del Palacio de Justicia, no tiene autoridad moral para hablar de paz. ¿Qué tal eso? Según la asociación, el Alcalde no puede arrepentirse de su mala vida pasada y no puede convertirse en un ser pacífico. Por supuesto es aberrante que alguien con su historial haya podido llegar a ser autoridad en este país. Pero ese es un hecho pasado, un sapo que nos tuvimos que tragar los que tenemos vocación pacífica, y ya está. Pero la decisión de un violento de dejar de serlo y de volverse un promotor de la paz es algo que no puede negarse a ningún ser humano. No puede decirse que quien haya sido violento está condenado a seguirlo siendo. El arrepentimiento es un sentimiento que existe, y que nadie tiene derecho a negarle a nadie. De aceptar el argumento, tendríamos que entender que el Alcalde Petro, como no tiene autoridad moral para hablar de paz, debe sentarse en su oficina del Palacio Liévano a promover la violencia, a hacer propaganda a la guerrilla y a propiciar la toma del poder por las armas. Así estamos.

Enhorabuena, como dicen los aficionados, la actuación de Petro. Su lucha contra las corridas de toros es legítima. Pero es muy difícil. Los amigos de la tortura pública de toros buscarán todo tipo de argucias jurídicas para lograr que la medida de negar la Plaza se eche para atrás. Buscarán por todos los medios, que con el cuentico del “patrimonio cultural” (¿será “patrimonio cultural” de los daneses la inconcebible matanza anual de delfines en las preciosas caletas de las Islas Feroë?) algún juez o algún tribunal terminen maniatando al alcalde. O llevarán a Bogotá plazas portátiles, o, al fin y al cabo, contando con las millonadas que mueve ese negocio, construirán una nueva plaza de toros. O simplemente esperarán a que se termine el período de Petro y apoyarán al candidato a la alcaldía que les prometa revivir la barbarie. Algo harán. Pero, mientras tanto, disfrutemos de esa imagen de país un poco menos violento que la suspensión de las corridas en Bogotá puede darnos internacionalmente. Nos merecemos ese pequeño respiro.