17 de abril de 2021
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¿OTRA LLAVE PARA LA PAZ?

24 de junio de 2012
24 de junio de 2012

Las Farc lo tienen claro: no es gratis que lleven cuarenta años en el monte, dando plomo. No esperan que el Estado los perdone.

Sus propios excesos parecen no importarles. A diario mueren de manera indiscriminada civiles: niños, ancianos, no importa ya. El grupo guerrillero está dispuesto a asumir los costos políticos que producen ante la opinión nacional sus actos terroristas. Conociéndolos como los conozco, sé que sus altos mandos están celebrando cada gesto unilateral que haga el Gobierno, como anticiparse a aprobar la reforma constitucional. Los guerrilleros lo están entendiendo como un mensaje político para dejar las armas, pero por otro lado lo toman como una debilidad del Estado.

Colombia es uno de los países más nombrados en temas de conflicto armado. No en vano ya son cinco décadas de enfrentamientos. Existen miles de estudios sobre el tema y hemos sido conejillos de laboratorio de organismos internacionales y muchas ONG que reciben cuantiosas ayudas económicas por investigar las causas y el desarrollo de nuestro conflicto.

Existen las famosas Conferencias de las Farc, reuniones en las que toman decisiones estratégicas y plantean posturas para el largo plazo. En la undécima, la última, han manifestando que jamás entregarán las armas y que abandonarlas está por fuera de toda negociación. Temen una traición como la que tuvieron en los años ochenta, con el exterminio de la Unión Patriótica.

Parece que el Estado colombiano no ha asimilado esto. Ya ha habido intentos fallidos para negociar la paz. Los más significativos, paradójicamente, los hizo el Partido Conservador. El presidente Belisario ofreció amnistía incondicional. La oferta también fue anticipada, como la de ahora. Luego, con el paso del tiempo, la guerrilla dijo que no era suficiente para alcanzar la paz.

Temo que pronto vamos a recibir una carta de alias ‘Timonchenko’ diciendo algo parecido. Para no ir muy lejos, la experiencia de Pastrana con el Caguán también fue otro fracaso.

En la coyuntura actual, con los planteamientos y la posición de las Farc, nada ha cambiado. No hay que olvidar su disciplina estalinista.

No creo que el presidente Santos haya tenido aproximaciones con los grupos insurgentes. Ellos sostienen como principio el diálogo y la desmovilización, pero no la entrega de armas. Además, no van a permitir que los integrantes del Secretariado, con Iván Márquez a la cabeza, no puedan ejercer cargos por elección. Así lo contempla el Marco Legal para la Paz, pues todos tienen a cuestas delitos de lesa humanidad. Si acaso el 20 por ciento de los integrantes de las Farc tiene una preparación política, el resto son campesinos analfabetos y jóvenes que han ingresado como alternativa para sobrevivir.

El Gobierno se anticipó equivocadamente al hacer un esfuerzo innecesario. Pudo esperar un diálogo con la más estricta confiabilidad, en otro país, y convocar a una constituyente que les garantice sus pretensiones y en ella participen voceros de la guerrilla. Luego, ahí sí, firmar la paz. El Gobierno cree que esta podría ser la llave para abrir la puerta de la paz. Lo que tal vez no consideró es que es posible que no corresponda con la cerradura que han puesto las Farc.