26 de enero de 2021
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Bravuconadas, alardes y posiciones mezquinas del ex presidente Uribe.

2 de junio de 2012

marco uribeLa oposición no se puede ejercer como simple charlatanería induciendo a la opinión pública al oscurantismo, ni recurriendo a la falacia, ni perdiendo el sentido patrio, ciudadano y de pertenencia, sólo por el prurito de dar rienda suelta a su megalomanía y apoltronarse como el ‘fetiche’ de adoración.   No, la oposición  se hace con responsabilidad y con conocimiento de causa sobre hechos concretos de manera clara, precisa y concisa, consultando siempre lo bueno para coadyuvarlo, y procurando disuadir de lo malo o perjudicial y denunciándolo  públicamente.

Definitivamente en Colombia se requiere de mucha madurez para que algún día se logre consolidar un verdadero partido político de oposición con plataforma ideológica de proyecciones serias que  se convierta en una verdadera alternativa de poder y aglutine adeptos  comprometidos con un cambio estructural que redunde en bienestar y mejoramiento de la calidad de vida de la comunidad, ejerciendo un control político eficaz. Este país ya no resiste más engaños y distracciones con la creación de movimientos o partidos políticos como el de La U., Polo Democrático o el PIN, conformados por un variopinto de intereses económicos y, en muchos casos, por delincuentes plenamente reconocidos.

La era del Presidente Uribe, sobretodo el segundo cuatrienio, no es que hubiese sido un dechado de virtudes y de grandes aciertos, por el contrario, fue una época aciaga llena de escándalos de corrupción de gran envergadura en todas las modalidades y en todos los niveles de la administración pública, y su programa bandera de la seguridad democrática se empezó a resquebrajar a partir del año 2009, según estudio de Corporación Nuevo Arco Iris. Los alardes que hace Uribe de su gestión de gobierno son mentirosos y, además, vergonzosos, logrando conformar con lujo de detalles una parte del equipo de colaboradores entre lo más granado de la delincuencia nacional.

La inseguridad se apoltronó con mayor énfasis en las ciudades, recuérdese algunos actos de terrorismo en su segundo periodo como la muerte del Gobernador del Caquetá; los 17 militares asesinados cerca a Abrego, Norte de Santander; el carro bomba en las instalaciones militares en Bogotá; la bomba cerca de Caracol – Radio,  etcétera, etcétera, y nadie dijo que este país estuviese en la olla. Ni una sola crítica, ni siquiera del Polo en cabeza de Robledo que todo lo critica, al contrario, todo el país estuvo solidario y rodeando al gobierno en rechazo colectivo a los actos de barbarie.  

El ex presidente Uribe se auto-coronó nuevamente, pero esta vez como el gurú de la oposición, dando al traste con los más elementales cánones de la discreción y el decoro, su encono solo destila cicuta producto de la orfandad de poder que lo está llevando a un estado deprimente digno de compasión, como si se tratara de cualquier ‘desechable’ de la calle con costal lleno de piedras cazando peleas con todo el que se atraviese, posición mezquina que riñe con la investidura y rango de un ex Presidente de la República.

La polarización que se vivió entre las ramas del Poder Público, en especial la Ejecutiva y la Judicial, por razones ampliamente conocidas, trajo consigo desconfianza y falta de credibilidad en los órganos del Estado lo que desató una impunidad y corrupción galopante con resonancia nacional e internacional, que por fortuna el nuevo gobierno con buen olfato conciliatorio, diplomacia y respeto mutuo se dio a la tarea de limar asperezas y a sanar fisuras  causadas por el gobierno Uribe. Igual situación ocurrió en las relaciones diplomáticas con nuestros países vecinos. Estos logros son, sin duda, al igual que el fracaso de la reelección, lo que ha desatado el malestar y la furia del ‘Mesías’.

El presidente Uribe tuvo pocos aciertos en todo su mandato, así haya tenido una aceptación en las encuestas muy elevada, pero es innegable el cúmulo de equivocaciones que tiene en su haber reflejadas notoriamente en su comportamiento, en unos casos por las decisiones manifiestas y en otros por su silencio sepulcral, lo que lo ubica indefectiblemente en un estado de cómplice o cohonestador, siendo esta la cruda realidad si analizamos desprevenidamente todos y cada uno de los hechos escandalosos que sacudieron al país en estos ocho años.

Pero no todo es azul casi negro, al presidente Uribe hay que reconocerle su indiscutible valor civil (léase pantalones, calzonarias o cojones) para imponer su jurisdicción y mando en la fuerza pública y disponer de ella como Comandante Supremo de las fuerzas Armadas, facultad esta desconocida y jamás ejercida por presidente alguno. Uribe  hizo uso de ella sin ningún temor reverencial ante el resplandor encandilador de los soles del ‘generalato’, en resumen, los puso a cumplir con su deber, los saco de su estado vegetativo, y les hizo entender, y tendrán que seguir entendiendo, que la seguridad del país está exclusivamente bajo la mano y  responsabilidad de la fuerza pública. Así de sencillo.

Apostilla: Para refrescarle la memoria a los amnésicos, que son muchos en este país, les recuerdo que el ‘puntillazo’ de muerte al fuero militar se le dio Uribe en una normativa del año 2006, siendo ministro de la Defensa Camilo Ospina, que se perdió la presunción de inocencia para las Fuerzas Armadas. Ya no valen los golpes de pecho de Uribe en este espinoso tema, ni vale buscar chivos expiatorios.

Manizales, Junio 2º de 2012.