23 de enero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

¡Viva la lluvia de ceniza!

31 de mayo de 2012
31 de mayo de 2012

Se trata de un abanico vulcano detrítico, originado por la acumulación de depósitos, que constituye uno de los rasgos geomorfológicos más importantes de la cordillera Central. En toda la zona se observan depósitos de flujos de lodo, escombros y ceniza volcánica, en las incisiones hechas por la construcción de las carreteras.

En el Quindío son visibles los restos que dejó la deglaciación que dio origen al periodo geológico del Holoceno, hace unos 12.000 años. En la ruta a Cocora son muy palpables los cantos rodados, rocas grandes depositadas por la erosión que produjo esa deglaciación, que a la vez formó el cañón y el valle que en ese lugar se aprecian. Ese antiguo paisaje fue cubierto por los eventos posteriores de caída de cenizas volcánicas que suavizaron la topografía debido a su importante espesor que alcanza hasta 10 metros.

Es una actividad normal de la tierra, a la que no hay que temerle ni atribuirle un origen divino. Por supuesto que se deben tomar medidas preventivas para evitar cualquier riesgo humano, pero con la comprensión exacta y perfecta de lo que en realidad sucede, del fenómeno geológico, sin especulaciones ni falsa palabrería apocalíptica.

Son estas las razones para que el suelo del Quindío tenga una riqueza orgánica tan enorme, donde ha sido posible cultivar sin necesidad de mayores esfuerzos, además de mantener unos bosques de enorme biodiversidad. El café se afianzó en las laderas y le dio, de paso, estabilidad a los suelos que se rodaban con los cultivos de pan coger, como maíz, frijol y yuca. Y con la presencia del hombre, en por lo menos cuatro períodos diferentes (hace 10.000 años los primitivos habitantes venidos, seguramente como todos los primeros americanos, por Beringia; la comunidad de la denominada tradición marrón-inciso o Quimbaya Temprana; los indígenas que encontró Robledo en el siglo XVI: quindios, tataquí, aguacabezas, pindanáes, y los colonizadores del siglo XIX) se conforma el denominado Paisaje Cultural Cafetero.

Aquí estamos parados, debajo de cinco volcanes, en una región de suelos ubérrimos, de bosques y agua, con una historia antropogénica maravillosa, toda una bondad que representa, sin duda, nuestro mayor patrimonio competitivo, que aún no hemos explotado. Por eso, al contrario de tener miedo a las cenizas volcánicas de esta semana, hay que aplaudirlas, casi como un regalo de Dios.

Y ahí, adentro, en esa montaña de volcanes, está el oro. Durante siglos ha bajado por los ríos y utilizado para la finísima orfebrería prehispánica y explotado silenciosamente por mineros de socavón durante los últimos dos siglos. Ahora, en el siglo XXI, llegarán las enormes dragas, sin recato, sin piedad, porque el capital siempre busca su mejor interés, y dañarán lo que durante miles de años hizo la naturaleza. En el 2019 aparecerá la primera onza extraída a través de la megaminería a cielo abierto, según la planeación de la multinacional Anglo Gold Ashanti.

Entonces, se derrumbará el sueño de este Quindío de cantos rodados, de cenizas volcánicas, de bosques y pájaros, de riscos y vientos. Y lo más triste, no hay nada qué hacer. Porque no hay con quién. No le tenga miedo a las cenizas volcánicas, témale a la megaminería a cielo abierto. Crónica del Quindío.