17 de enero de 2021
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El hombre que amaba la duda

19 de mayo de 2012

oscar domínguez
Dadme una duda y moveré el mundo, podría haber el caballo de Troya de  Panesso Robledo que tomó su seudónimo de un personaje de Voltaire.

Como el personaje del «impío» Francois-Marie Arouet,  Panesso fue algo así como el oráculo de las casas periodísticas donde laboró.

«Pangloss -narra Voltaire en su «Cándido o el optimismo»-  enseñaba la metafóricoteólogocosmolonigología».

El profesor Panesso, con su vasta y fácil erudición,  dictó esa «materia» y otras que no soñó el maestro del cándido Cándido.

No es sino aplicar el espejo retrovisor de la memoria para verlo en  plena actuación en programas con telarañas encima como «Los  catedráticos informan», al lado de otras enciclopedias con zapatos  como Gonzalo González, GOG, Otto de Greiff y Joaquín Pérez Villa.

O en «Veinte mil pesos por su respuesta», con la intervención de  Gloria Valencia de Castaño, quien formulaba las preguntas.

Dejaba de salir el sol o el viento entraba en huelga de hambre, antes de que Panesso se abstuviera de hacer alguna pertinente adición a la respuesta  de los concursantes.

A los oyentes nos daba una cosa por allá  adentro al escuchar los agregados de Panesso. Esa «cosita por allá»  era la envidia,  que es pesar del bien ajeno.

Lo primero que hizo fue nacer en Sonsón, Antioquia, un día de  paseo de olla (6 de enero) de 1918.

De allí en  adelante todo se le facilitó, incluidos los idiomas que dominaba, aparte del de Gregorio Gutiérrez González: francés, inglés, portugués, italiano, griego y latín.

La ropa de los habitantes de Sonsón tiene una virtud: sirve en  cualquier parte del mundo. ¿La razón? Allí conviven los climas frío, templado y caliente.

Por eso Panesso – quien desarrolló un séptimo sentido: la memoria- se dio una exclusiva rodadita por las Universidades de Notthinghan y Cambridge, en Inglaterra.

Al hombre de gafas gruesas que tenía el humor negro como sexto sentido, no le gustaba saber para él sólo, confesó la vez que sus colegas lo llamaron a felicitarlo por el Simón Bolívar.

Aprendía para los demás: así lo hizo como profesor de la Escuela  Normal Superior, como profesor de la lingüística general y romana en el Instituto de Filología de la Universidad de Antioquia y en la  Facultad de Letras del Colegio del Rosario y en Los Andes.

Se metió al periodismo para sacarle mejor partido a su erudición  y fue director de El Correo, desaparecido periódico liberal de Medellín. Sus editoriales eran para  quitarse el sombrero. Lo que no tenían sombrero se aguantaban las ganas de quitarse la cabeza, como el entonces jefe de redacción, Adolfo León Gómez.

Fue subdirector de El Tiempo, pero emigró a tiempo, porque llegar más arriba en medio de un santoral tan competido era un imposible.

Su columna en El Espectador que escribió durante años, era  un concierto diario de la mejor  prosa. A veces era la contraria del pueblo, pero lo que sucede es que  Panesso no estaba hecho para coincidir. Discrepaba y luego  existía.

Lo que no supiera el profesor Panesso, simplemente no existía. Que fuera sólo información lo que llevaba por dentro, no sería gracia: tenía opinión  sobre todo. O sea, no vivió al fiado, pensaba autónomamente. Feliz viaje, profesor.