9 de marzo de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La fiebre del oro y el saqueo de los recursos naturales

1 de octubre de 2011
1 de octubre de 2011

Pero el caso del precioso metal es muy especial debido a la llamada fiebre del oro, pues los lingotes son el refugio durante las crisis económicas, cuando las bolsas se desploman y las monedas pierden valor. Las últimas declaraciones de los voceros del Fondo Monetario Internacional crean incertidumbre; por esta razón los grandes inversionistas y los bancos centrales están haciendo gigantescas compras de oro,  porque no confían en las divisas, ni en el mercado de acciones. Por eso Hugo Chávez, ante el peligro, anunció que repatriará las 364 toneladas que tiene en el exterior.

Debido a la inestabilidad de las principales economías y mercados el precio del oro crece a todo vapor; en 2001 la onza de oro troy costaba 221 dólares y hoy se está acercando a los dos mil. Por estas razones el capital financiero está al acecho: monopolios de Estados Unidos, Canadá y de la Unión Europea se están apropiando de los recursos naturales de países como Colombia.

Cuando empezó la crisis económica de 2008 la minería se convirtió en uno de los mayores negocios del capital financiero y se agudizó la lucha por el control de los mercados y de los recursos naturales, por la posesión del suelo y del subsuelo. Con el ánimo de atraer capital el presidente Uribe, en su momento, planteó la política de “Promoción del país minero”, y con el argumento de “confianza inversionista” el Gobierno entregó muchas ventajas y exenciones a la actividad minera que limitan los beneficios fiscales. El presidente Juan Manuel Santos continuó con la política de Uribe y convirtió la minería en una de las locomotoras para dinamizar el crecimiento económico, para jalonar el resto de la economía. Pero, ¿a qué precio?

El saqueo de los recursos naturales

El gobierno del presidente Uribe generó muchas concesiones y un régimen tributario especial para atraer la inversión extranjera; como consecuencia se han otorgado ocho mil títulos mineros y de ellos seis mil se entregaron en el Gobierno anterior. Lo grave es que la explotación de los recursos naturales siempre dejará daños ecológicos. En este contexto salta la pregunta ¿es necesaria la expansión minera?

En Colombia se explotan 53 toneladas de oro al año y representan varios miles de millones de dólares. En el ambiente motivado por la fiebre del valioso metal hay cuatro megaproyectos que aparentemente significan enormes recursos para el país, pero pueden generar graves impactos sociales y ambientales; los megaproyectos que se vienen cocinando son: el proyecto aurífero en el páramo de Santurbán, en Santander; la Colosa, en Cajamarca; Tolima; el pueblo de Marmato, en Caldas y el Parque Yaigoje, en Vaupés, Amazonía. El Gobierno tiene puestas sus esperanzas en dichos proyectos porque son un porcentaje alto de la locomotora minera.

Las multinacionales vienen presionando con fuerza (Anglo Gold Ashanti, Ecooro (antes Greystar), Cosigo y Gran Colombia Gold-Medoro Resources) pues calculan producir 72 toneladas de oro para el año 2014. Hay enormes expectativas económicas pero también son graves los impactos sociales y ambientales, debido a que los proyectos están en páramos y bosques, en zonas de  minería tradicional, donde están asentados pueblos  indígenas y afrocolombianos.

La lucha entre el oro y el agua de Santurbán es un claro ejemplo. Todos recordamos la reciente historia cuando la fiebre del oro se apoderó de los municipios de California y Vetas, en Santander, donde se explota el oro desde el período colonial. La empresa canadiense Greystar había solicitado licencia para extraer 240 toneladas de oro, pero necesitaba dinamitar 1.100 millones de toneladas de tierra. Para detener el atentado contra los recursos naturales se reunieron las comunidades, autoridades, gremios, grupos de izquierda, obreros y ambientalistas, y el pasado 25 de febrero, 50 mil personas desfilaron por las calles de Bucaramanga para rechazar el proyecto minero. Como consecuencia Greystar retiró la propuesta y se cambió el nombre por Ecooro; anunció que solicitaría la licencia ambiental y que reformaría la propuesta para no tocar el páramo.
La tragedia de Marmato.

Marmato es conocido por sus minas de oro y plata descubiertas desde los primeros años de la colonia. El pueblo no lo fundó nadie; fue naciendo debido a los socavones para la explotación minera y por el comercio. Después de la Independencia  tomó nuevos bríos, con la llegada de empresarios europeos, y se transformó en el pesebre de oro anclado en la montaña; durante casi todo el siglo XIX sus pobladores permanecieron sumergidos en el oro y la miseria, dedicados a la minería artesanal.

Pero el pueblo no tiene futuro porque está sembrado en el cerro El Burro, una de las minas más grandes de América del Sur. Cuando la multinacional Medoro Resources compró las explotaciones mineras se calculaban reservas por 12 millones de onzas de oro, y la empresa quería hacer explotación a cielo abierto; al respecto dijo el presidente de Medoro en Colombia que “buscamos probar reservas para hacer explotación a gran escala y para eso necesitamos el pueblo”. Pero desde el 22 de julio del año pasado los marmateños organizaron un campamento, montaron carpas, instalaron una olla comunitaria y se concentraron en el atrio de la iglesia: estaban defendiendo su rica historia, la tradición cultural y la minería artesanal. Así desafiaron a la multinacional, mientras el alto Gobierno abandonaba el bello municipio del departamento de Caldas.

La empresa canadiense Gran Colombia Gold, adquirió a Medoro Resources; quiere hacer una explotación a cielo abierto, de 1.200 hectáreas y para ello  necesita trasladar el pueblo, con sus nueve mil habitantes. Se calcula que la multinacional podría extraer diez toneladas anuales de oro durante 21 años; pero los marmateños tienen miedo porque perderán la vivienda y el trabajo. La situación se agravó por el asesinato del párroco de Marmato, Reynel Restrepo, quien venía liderando la resistencia contra el megaproyecto minero. Frente a las dificultades el sacerdote dijo, días antes de su muerte, que “si a mí me van a sacar de acá, tiene que ser a bala” (Revista Semana, septiembre 19, 2011).

Como están las cosas el Pesebre de Oro de Caldas no tiene futuro; el pueblo se ha venido trasladando lentamente, a la parte baja conocida como El Llano, mientras van despareciendo las casitas coloniales, los caminos empedrados, se olvidará la historia, se borrará la cultura y cambiará el paisaje. En el cerro de oro solo quedará un profundo cráter ¿Será posible seguir el ejemplo del páramo de Santurbán? Los sectores sociales organizados pueden defender los recursos naturales y el patrimonio cultural.