8 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La cortesía también se destapa

10 de septiembre de 2011
10 de septiembre de 2011

Solamente una persona, una solita, (lamentablemente, paisana mía) se llenó de neurastenia, y me envió un «latigazo»; pero lo driblé con diplomacia, de tal suerte que no hizo daño alguno.

Mi expresa gratitud para todas esas personas amables, cuyos nombres me sería imposible incluir en este nuevo artículo; ¡porque son muchas, muchas…! Pero enviaré un documento con esos mensajes. Vale la pena leerlos porque revelan: nobleza, sencillez, humanismo, mansedumbre, tolerancia, aceptación, condescendencia, amistad, respeto… ¡Hay toda clase de valores! Soy el primero en aplaudir eso que ha ocurrido, porque la experiencia demostró, de paso, que no es cierto que los valores hayan desaparecido. Apenas están sepultados bajo las capas de rustiquez y deshumanización que se divulgan -y muchos aprenden- a la luz del llamado «modernismo».  

Lo que destaco de ese cúmulo de voces es que coinciden con mis reflexiones, si bien hay que anotar que, por supuesto, caben digresiones. Porque priman el sentimiento individual, la voluntad, el interés, el grado de cultura y educación y la disposición de tiempo a la hora determinar si un mensaje se contesta o no, después de leerlo.

Estoy de acuerdo con quienes hicieron notar que no todos los correos ameritan contestación. Por ejemplo: los reenvíos de pornografía, los chistes de color verde (que hacen reír, es sano reír); las calumnias y críticas venenosas contra dirigentes nacionales y mundiales; las absurdas cadenas (método de los hackers para inyectarnos virus en las computadoras, y que los ingenuos reciben y retransmiten maquinalmente); los boletines de prensa de entidades públicas y privadas (a no ser que ameriten un comentario); los artículos de opinión, boletines pedagógicos, artículos reflexivos, entre otros similares.

Es entendible que los mensajes para no dejar de contestar nunca son aquellos que se nos dirigen individualmente, los personalizados. Esos que contienen un mensaje tan particularmente privado que solamente interesan al destinatario. Inclusive entre ellos caben los que indagan por algún asunto comercial, por ejemplo. Yo, en varias ocasiones, he escrito a empresas en solicitud de cotizaciones para algún trabajo; después de mucho tiempo, todavía estoy esperando contestación. Y esas son las personas que se quejan diciendo que su economía anda «herida de muerte». ¡Es natural que lo esté, si ni siquiera responden a quienes les quieren comprar!

Ahora bien. Mi artículo sobre la indiferencia y descortesía frente a los correos, no era precisamente un regaño; ni una admonición para que todos mis contactos me contesten. Sé que eso no solamente es imposible, sino que se ajusta a lo ya dicho sobre las razones que les asisten para que no todos los mensajes sean respondidos.

Tampoco llevaba la intención de que mis lectores se sientan en la «obligación» de proceder como, a veces, sugiero en ellos. Son apenas mis reflexiones personales -no imposiciones- (lo cual también es menos que imposible e inverosímil), sobre la pérdida de la calidad humana.

Es derecho de cada cual actuar del modo que quiera. Cada quien tiene libertad para autoenlodarse, y libertad para ser más humano. Cada ser es libre de hacer lo que crea que debe hacer. Si se equivoca, ese será asunto exclusivamente suyo, y deberá asumir las consecuencias. ¡Por supuesto, yo recomiendo la segunda opción!
Pero al fin, son los demás quienes configuran un concepto sobre la conducta de las otras personas. Y las tendrán en estima, o las detestarán. Podemos ser gente de ejemplarizante comportamiento o, simplemente, gentuza; por tanto, seres humanos de excelente calidad o seres ruines y despreciables. Los ejemplos sobran. Es mejor evitar este último modelo.