7 de marzo de 2021
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El fantasma de ‘Comidita’

25 de septiembre de 2011
25 de septiembre de 2011

La supuesta presencia del muchacho atormentó las noches de varios guerrilleros. Decían que se les aparecía frente a la caleta. Isaza, uno de los guerrilleros al mando y con quien me escapé, siempre se ufanó de su valentía en cuestión de espantos, sin embargo, le pedía a otra guerrillera que lo acompañara en las noches.

Una noche, mientras caminábamos por las selvas del Chocó, escuchamos una larga carcajada. Yo sabía que era un pájaro, pero Jofre, el comandante, les ordenó a sus compañeras que cerraran las piernas porque las podía poseer una bruja.

Traigo estos recuerdos al presente, porque hace poco me encontré en mi biblioteca la publicación " Memorias sobre el encuentro de la palabra ". Se trata de la reseña de un evento cultural celebrado en Riosucio, Caldas, donde han intervenido escritores como Manuel Mejía Vallejo y Fernando Cruz Kronfly. Mejía Vallejo ofreció una conferencia inolvidable, titulada "La palabra en el mundo de la magia".

Él decía que le llamaba la atención que las palabras pudieran formar hechos. Agregaba que es muy diciente que en la mitología egipcia, el dios de la magia sea, al mismo tiempo, el dios del lenguaje. El lenguaje es magia, razón por la cual se explica el oficio del escritor.

El escritor tiene a la gente con todas sus circunstancias. Por eso Juan Rulfo, uno de los escritores más grandes del mundo, decía que "para ver la realidad se requiere mucha imaginación". Él mismo, cuando le preguntaron por qué no seguía escribiendo, contestó que porque había muerto su tío Celerino, que era el que le contaba sus historias. Fernando Cruz, en ese mismo encuentro señaló que la imaginación de la nada es imposible sin la imaginación del ser.

La verdad es que a nosotros, de niños -y aún adultos-, nos gustaba que nos leyeran historias, especialmente de aventuras. O que nos contaran cómo murió tal arriero en la boca del monte; o cómo salía el espanto en la talanquera de abajo; o cómo volaba la bruja y cómo se la podía matar: si con una coca de huevo o con una aguja, y, a veces, con un cinturón de un santo, o a simples palos o con oraciones. Esas leyendas perduran en la mente de las personas y se van transmitiendo de generación en generación.

Mejía Vallejo señalaba que en el pueblo creen todavía que las brujas vuelan y que enyerban a la gente. Entonces nos toca escribir lo que miramos, la realidad ya está ahí sola, hay que escribirla con acento de belleza.

Por eso la historia oral, y luego la palabra escrita, nos creó esas maravillosas historias de los espantos: la Patasola, la Llorona y la Madremonte.

El escritor, con la palabra a cuestas, recorre los más difíciles itinerarios y bordea todos los abismos. Alguien dijo que no se puede ser gran escritor si no se está bajo el dominio de la pasión.

Y la pasión del escritor es la que ha hecho que estas historias provoquen pánico, aún en los más temibles criminales, como en el caso de 'Comidita'.