18 de abril de 2021
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Una bofetada para el fútbol

17 de agosto de 2011
17 de agosto de 2011

Fue otra ilusión que se frustró, por partida doble. Colombia prometía el cielo y ni siquiera pudo llegar al purgatorio, para emplear parámetros de tinte religioso. Primero fue en la Copa América 2011. Cuando parecía embalada y alimentaba las esperanzas de la afición, Perú se encargó de provocarle un duro despertar. Después, el puntillazo juvenil en El Campín, que la sacó de las instancias vitales del Mundial Sub-20. Colombia fue desterrada del gran baile por el ímpetu azteca. Nada qué hacer.  

En la Copa de Argentina hubo, sin duda, algunas cosas para rescatar. Mas en términos globales, Colombia dejó deuda con su producción ofensiva, a pesar de las innumerables ocasiones creadas, y el medio campo siguió en entredicho por desequilibrio entre los hombres de marca y los que deben aportar ideas, casi en vía de extinción. La defensa, no obstante errores puntuales, mantuvo su cuota de aceptable desempeño.

Al concluir el torneo continental, el equipo tricolor se anotaba registro acumulado de 17 partidos, 6 victorias, 6 empates, 5 derrotas, 14 goles a favor, 11 en contra y 24 de 51 puntos posibles, lo que establece promedio de 47.05% en materia de rendimiento. Esas cifras corresponden a la etapa que comenzó en mayo del 2010, bajo la orientación del hoy cuestionado técnico Hernán Darío Bolillo Gómez.

El hecho tangible y concreto de encontrarse por debajo del 50% en producción, sirve para confirmar que Colombia todavía no ha pasado el rubicón en el curso de la nueva era de Gómez, envuelto actualmente en una difícil madeja crítica que todo el mundo conoce.

La noche gris

El profesional antioqueño admitió haber golpeado a una mujer en un céntrico sector capitalino mientras se encontraba bajo los efectos del alcohol, y tomó la decisión de renunciar al cargo de veedor de la FIFA en el Mundial Sub-20 y como director técnico de Colombia.

Una oleada de protestas, aún en medio de claros defensores, lo tenía en el ojo del huracán, y dejaba en entredicho su aptitud ética para seguir al frente del plantel, que no tardó en brindarle apoyo tras considerar que ha desarrollado una carrera de servicio al fútbol nacional.

El comité ejecutivo de Colfútbol, presidido por Luís Bedoya, acosado por los medios, dejó para después del Mundial la decisión sobre si Gómez continúa o no en el cargo, en lo que se interpretó como “jugada táctica” a la espera de que cediera el huracán antes de dar el siguiente paso, que al parecer será de no aceptar la dimisión. Claro que el ruido no para.

El incidente, que tocó las fibras más sensibles del país, empeñado en combatir hasta sus últimas consecuencias el flagelo del maltrato a la mujer, por encima del escepticismo de algún sector de la opinión, le abrió espacio a consideraciones de diverso tipo, desde religiosas, relacionadas con el perdón, la hipocresía y doble moral, hasta regionales, científicas, filosóficas y politiqueras.

Desde el gobierno, la alta consejera para la equidad de la mujer, Cristina Plazas, dejó ver su malestar y se refirió a los planes de protección de sus congéneres, pero en general ha guardado un perfil bajo, casi de mutis por el foro.

Una senadora antioqueña, Liliana Rendón, de origen conservador, agitó las aguas aún más cuando salió en defensa de Gómez, pidió que la mujer agredida diera la cara, y deslizó la peregrina idea de que el llamado sexo débil a veces se busca sus problemas y queda expuesto a este medio de violencia, lo que, como era natural, se consideró un despropósito y mereció absoluto rechazo, aunque a la larga parece cobrar victoria porque se hizo visible como líder política y se ganó una página gratis en El Tiempo.   

La réplica de sus colegas en la otra esquina también fue inmediata, porque la senadora vallecaucana, Dilian Francisca Toro, del partido de la U, dijo que no podía compartir tales pronunciamientos, ni era partidaria de ratificar a Gómez en el banco. “El que haya que llevar a la selección a espacios internacionales no puede ser un argumento para mantenerlo en el cargo, porque al contrario en el mundo se va a ver muy mal que el entrenador de la selección haya cometido un acto como ese”, declaró a los medios nacionales.

Aquí cabe citar las frases del estratega brasileño Manu Menezes, a quien no tardarán en calificar de metido en lo que no le importa, sobre el papel que encarnan los técnicos: “somos ejemplos como personas públicas. Podemos dar buenos ejemplos y malos, y vamos a ser juzgados por nuestras actitudes, y tenemos que pagar por ellas” (El Tiempo, 13-08-11). Meneses llegó al país para brindarles respaldo a sus compatriotas en el cierre del Mundial Sub-20.

Duelo regional

En un momento dado, el tratamiento del escabroso episodio parecía desencadenar en un conflicto regional entre Antioquia y Bogotá, pero poco a poco se ha tratado de llevar las cosas a los terrenos de la dialéctica, en la que por un lado están quienes estiman que el técnico agresor debe expiar sus culpas pero sin dejar de dirigir a Colombia, al amparo del precepto bíblico de que aquí nadie puede lanzar la primera piedra y no resulta justo que se prive al país de los buenos oficios del estratega, mientras por el otro emerge la corriente de quienes estiman que, con tales procederes, Gómez no puede ser ejemplo para la juventud ni mostrarse al lado de uno de los símbolos deportivos de Colombia como es la selección.

“La Selección Colombia es un símbolo nacional, que exige impecable conducta a quien viste su camiseta. Bolillo Gómez no lo entendió. Tiene que irse”, escribió en tono inequívoco el periodista Daniel Samper Pizano (El Tiempo, 13-08-11).

Sin embargo, en contra de la polarización, de las criticadas condenas subjetivas e inclusive de las reservas de los patrocinadores del combinado tricolor (Bavaria y Telefónica), cuando escribimos estas notas parecía prevalecer la tendencia continuista, y la Federación podría lanzarse al ruedo para sostener a Gómez contra viento y marea. Que hay mucha plata invertida y poco tiempo que perder, sería el sustento de la discutida determinación, de acuerdo con expresiones, también precisas y contundentes, de Álvaro González, vicepresidente de la entidad nacional, quien, retador, poco se preocupa por la reacción que produzcan sus actitudes y se mete de frente en la pelea por proteger al entrenador. Se mostraba tan seguro que hacía ver la anunciada reunión directiva como asunto de simple trámite o físico protocolo.

“Hemos conseguido el respaldo para que Bolillo se quede y no se le acepte la renuncia. Prácticamente, eso está, por unanimidad, casi aprobado”, declaró González a Caracol Radio, tras insistir en que “a 40 días de la eliminatoria, no podemos tirar por la borda un proceso de dos años por un problema personal”.       

Golpe y réplica

Los más prestigiosos diarios nacionales, El Tiempo y El Espectador, y de amplio alcance regional como El Heraldo de Barranquilla, expresaron su descontento, después de rechazar el grotesco comportamiento en una noche de farra, pero también fue contundente e inequívoca la defensa de El Colombiano de Medellín, uno de cuyos columnistas hizo énfasis en la llamada doble moral de quienes al mismo tiempo esconden sus bajezas, mientras pedía la presencia de Gómez en la escuadra mayor y en programas institucionales por la protección de los derechos de la mujer, al ritmo de peca, reza y empata.

Por momentos se produjo una curiosa variante, en la que Gómez aparecía casi como víctima y se hablaba de linchamiento mediático, contra el olvido de la mujer agredida que casi entra en una escena nebulosa, de fantasmal existencia. El susodicho dirigente Álvaro González, voz fuerte en el seno de Colfútbol, se declaró firme abogado de Gómez, y puso en duda el propio hecho, porque “no como cuento ni creo en chismes de farándula o de celadores” (Caracol radio). De contera, ocasionó un polvorín adicional con su infortunada analogía sobre la ex senadora Piedad Córdoba, cuando dijo al aire que si ella fuera agredida por un hombre, todo el mundo estaría aplaudiendo. Justamente ofendida e irritada, Piedad calificó esas alusiones como lamentables e irrespetuosas.               

El espaldarazo de los jugadores y del resto del cuerpo técnico, en una carta sin firmas (por poder, se supone, en vista de que ninguno, o si acaso unos pocos, se encuentra en el país), era de esperarse. Se presume, en aras de la buena fe, que alguien la escribió, y se las leyó para que a la distancia dieran su consentimiento. Solidaridad de cuerpo. Aunque para prevenir que se confundiera lealtad con complicidad, en el texto se cuidaron de advertir que rechazan la agresión, y reprochan “los hechos de violencia contra una mujer”, “de los cuales se ha hecho responsable el técnico Hernán Darío Gómez”.

Una salvedad importante sería la de Radamel Falcao García. De acuerdo con versión de Iván Mejía en el Pulso del Fútbol (16-08-11) de Caracol, el delantero del Porto habría alegado objeción de conciencia, en su condición de cristiano, para no estar de acuerdo con el documento. De ser así, sólo se espera que no lo vayan a poner en lista de no elegibles.  

El efecto social

Para no irnos por las ramas, creemos que la condición vulnerable de la mujer atacada es inmodificable, y el concepto de que todo acto repudiable trae consecuencias, mal puede terminar en la cuneta de la indiferencia o del dejar pasar, porque “ese es un caso de común ocurrencia”, como se pregona con insoportable frescura. Tampoco es aceptable el pretexto de que nadie está graduado de impoluto y por lo tanto carece de autoridad moral para levantar la voz en esa materia. Al margen de que haya o no denuncia, que prospere o no una diligencia penal, el efecto social subyace sin claudicaciones. Ese sí es un lastre estrictamente personal.

Gómez vive un drama, desde luego, por las implicaciones de orden humano, familiar y profesional, pero tendrá oportunidad de reivindicarse sin necesidad de exponer el nombre de Colombia. (Aquí acudimos al expediente del debido respeto, para evitar equívocos).

Ya se imagina uno lo que podría ocurrir en el exterior, con la prensa sensacionalista, cuando lleguen los partidos de la eliminatoria. O en Colombia, si es que por alguna razón el equipo desfallece o si desde la tribuna alguien se acuerda del episodio y comienza sus arengas. Estará a flor de boca el peligro de un innecesario desgaste.

Como colofón valdría decir que constituye verdadera tragedia que estas cosas ocurran cuando estamos a las puertas de la eliminatoria y Colombia se nutre de la esperanza de una nueva clasificación. Empero, tal realidad no obsta para confiar en que se opte por el camino de la sensatez, y no se antepongan los intereses comerciales, particulares o inclusive competitivos, sobre los del juego limpio que siempre deben imperar en el deporte.

El cuadro nacional tendría que encarar la eliminatoria animado por un ambiente fresco, sano y saludable, convencido de que reúne un buen plantel y está en capacidad no sólo de clasificar sino de llegar más allá de la primera ronda en Brasil 2014. Los jugadores son los mismos y la voluntad de luchar tampoco tendría que irse al traste. Nada lo justifica.

El argumento de que no debe tomarse una medida dramática porque ya existe un proceso y sería perder lo trabajado, pierde eficacia frente al valor de las cifras, que hoy no favorecen a Colombia, y de otros casos en que por razones distintas, se hace obligatorio el relevo. No es lo ideal, puede conllevar problemas, pero a veces toca hacer sacrificios de orden pragmático para enderezar el barco frente a embates que superan los límites habituales del ambiente deportivo.

Argentina acaba de destituir a Sergio Batista, después del fracaso en la Copa América, y le dio el empleo a Alejandro Sabella. Paraguay confirmó a Francisco Chiqui Arce, ante la renuncia irrevocable de Gerardo Tata Martino. Son ejemplos que vienen como anillo al dedo, aunque en nada se parezca a lo que ocurre en Colombia, donde, por cierto, parece predominar la creencia de que si no es con Bolillo Gómez, el desastre resultará inevitable. ¿Quién tiene la varita para asegurar éxitos o fracasos?

Es posible que cuando estas notas entren a la red ya se conozca el desenlace del novelón. No tendría nada de extraño que Bolillo siguiera airoso, sin una multa por lo menos, en medio de la división conceptual del país que por lo demás suele perder la memoria.

Se agita el fuego

Las nuevas expresiones en los diarios, entre tanto, aportan diferentes elementos para el lance, casi siempre con la conclusión de que Gómez no debe continuar.

Columnistas como María Isabel Rueda sostienen (El Tiempo, 14-08-11) que Bolillo Gómez ya debería estar la cabeza de las tareas que prometió dentro de su propósito de enmienda, en vez de callar o resguardarse mientras otros le hacen campaña para que no pierda el puesto, por cierto jugosamente pagado. Cree que ese trabajo lo puede llevar a cabo sin necesidad de volver al banco criollo y comprometer la dignidad del mismo.

“Desde luego que a la gente hay que perdonarle sus errores, y a Bolillo hay que permitirle que aprenda de ellos y siga adelante con su vida. Pero no al frente de la Selección Colombia. Porque sobre ella, miles de niños, con sus ojitos de pequeños prospectos de machitos bien abiertos, están mirando a ver cómo es eso de que admirado técnico puede pegarle a una mujer, y no le pasa nada si al otro día pide perdón y dice que fue porque le cayeron mal unos tragos” (El Tiempo, 14-08-11).

El profesor Luis Fernando Montoya, a quien creo que nadie se atrevería a señalar como hombre de doble moral o cosa parecida, llamado el campeón de la vida por la forma extraordinaria, valiente y denodada como ha luchado contra sus dificultades después del brutal atentado que le cambió el curso de su existencia, se pronuncia en El Espectador (14-08-11), con voz amable, cálida, comprensiva, y afirma que Gómez, “como hombre público y como líder del fútbol en nuestro país, eligió una sabia decisión: renunciar al cargo que venía desempeñando desde hace 14 meses”. Pide que lo rodeen desde el punto de vista humanitario y científico, pero no alude a su continuidad.

Desde la misma tribuna (14-08-11). el comentarista Iván Mejía Álvarez, habla del “chicharrón” que enfrenta Colfútbol, se pasea por el laberinto de los pros y los contras, los numerosos enfoques ante el punto, y admite que está convencido de que a Gómez lo van a dejar en el mando, sin importar la polvareda que se levante. “Unos defenderán la decisión, otros la atacarán, pero Gómez se va a quedar y el tema es claro: la Federación contra medio país…”
Por último, se formula la pregunta qué le harían en la calle, sobre si lo dejaría o sacaría, y dice: “Yo…lo sacaría por una gran razón: la selección de Colombia está para “construir país” y no para “dividir y enemistar al país”.

El escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince, de la misma casa editorial, consigna: “La tolerancia tiene límites. Y nunca se puede admitir que un hombre le pegue a una mujer. Nunca. Hizo bien el Bolillo en renunciar. No puede dirigir un equipo, después de lo que hizo.”

La profesora Natalia Springer, en su columna de Sur a sur, se pregunta: “¿Cuál es la que Colombia que representa el Bolillo? ¿La que supera la violencia o la que la justifica? Y agrega: “Son las mujeres maltratadas las que merecen una oportunidad. El técnico, ¡que se vaya!”.

Cristian Valencia (El Tiempo, 15-08-11), después de aludir a una madre golpeada y sus hijos que deben consolarse (aterrada) “con una serenata y un pollo a las tres de la madrugada, como si no hubiese pasado nada” (tras una paliza del marido energúmeno), hace comparaciones, y sostiene que la Federación de Fútbol “nos está obligando a todos los colombianos a comportarnos como mujeres abusadas por sus compañeros que prefieren callar. Muertos de miedo de no clasificar a un mundial”.

Saúl Hernández Bolívar (El Tiempo, 16-08-11) señala que “la cosa no es si la Federación le acepta la renuncia o no, es que se tiene que ir y me le quito el sombrero si se va”.

En el cierre parcial (porque la historia sigue), el escritor Fernando Quiroz (El Tiempo, 16-08-11) alude a la necesidad de insistir en el deporte como medio de enseñanza y transparencia, y afirma que “los hechos reprochables protagonizados por el técnico….son apenas superados en descaro por la duda de los dirigentes de la Federación sobre la conveniencia de continuar o no con Gómez al frente de la selección”. Y remata: “¿En manos de quién está uno de los más grandes y más queridos símbolos de nuestro país? Sin duda, no en los mejores. Y junto con el Bolillo deberían irse también ellos”.

Es el resumen. Así se encuadra el panorama de una aciaga etapa que estremece desde el flanco de la moral pública los cimientos del fútbol colombiano, puesto una vez más en el ojo de la tormenta, aunque irónicamente no por la vía de un resultado deportivo adverso, sino por el coletazo de la ominosa acción de un técnico que estaba en el lugar equivocado. Abundan los llamados a la reflexión, al trato sereno, y no faltan quienes se quejan porque en antecedentes más notorios y denigrantes, nunca hubo tantas protestas, como si con ello se justificara lo de hoy.     

Escaramuza juvenil

La fiesta se prestaba para pensar en una moñona. Adecuada organización en términos generales, euforia respetuosa del público, imagen, televisión, y a veces buen juego. Colombia superaba la ronda clasificatoria y hacía crecer el fervor de los aficionados.

En el principio la luz era fuerte, ni asomo de caos. Apenas unos cuantos expertos, aferrados a sus puntos de vista “tácticos”, se atrevían a lanzar ciertas críticas por los que veían como puntos débiles del equipo colombiano.

La actuación victoriosa, impulsada por un fulgurante comienzo de goleada ante Francia, se encargó de apagar esas voces, al tiempo que crecía la oleada del optimismo.

El equipo galo, que más tarde retomaría el vuelo y llegaría a las mejores escalas del torneo, se vio agobiado por la altura, en tanto que Colombia sacaba partido y pasaba de largo.

Los siguientes juegos fueron de triunfos ajustados sobre Malí, un equipo rudo, y Corea del Sur, limpio y ordenado pero limitado. Ante Costa Rica, en octavos, comenzó el parpadeo. Colombia ganó en medio de la agonía, y desde entonces quedó la sensación que le costaría trabajo superar escollos más duros.

Frente a México, en cuartos, no hubo tiempo para el humo. Se cayó el andamiaje, falló la táctica y la mayoría de los jugadores entró en un bajón irreversible, contra la fiereza y la determinación del rival. A la postre, derrota contundente y el fin de los sueños de verano.

Eduardo Lara asumió la culpa ante los medios. Era lógico. Él estuvo al frente de la preparación durante dos largos años, hizo las convocatorias y decidió las alineaciones, así como el orden en la cancha. El alcance de la foto, por supuesto, era amplio y también incluía a los jugadores. No podían pasar de agache o hacerse a la derecha.

El balance, con todo, mal podría quedarse en la cabeza de Lara y el desfallecimiento de algunos jugadores. A los dirigentes les cabe la responsabilidad de no haber tomado oportunos correctivos. En su momento, al cabo de un estruendoso fracaso en el suramericano, respaldaron a Lara y deben asumir las consecuencias.

Se dice que Colombia tampoco estaba para ser campeón, en el mejor de los escenarios. Tal vez. En últimas, eso nadie lo puede asegurar porque pertenece a la esfera de la especulación. Lo cierto es que se quedó en cuartos y había inspirado el aliento de que podía llegar más lejos.

Por enésima vez toca acudir al espíritu deportivo para asimilar el mazazo, esperado o no, y persistir en el empeño por la superación del fútbol colombiano con un decidido impulso a las divisiones formativas, la clave para dar el salto.

Lara se declaró a la espera de lo que resuelvan los dirigentes, con cierto aire de dignidad. Pero en el fondo quizás entienda que su ciclo entró en crisis y es tiempo de dar un paso al costado. Cerca de diez años de labores dejan huellas, buenas y malas, y del mismo modo aires de cansancio y desgaste. Corresponde aprovechar lo rescatable y redoblar esfuerzos por la renovación y el progreso.

Tiros cortos

*Cuando se le presentaron los consabidos problemas de infidelidad al golfista Tiger Woods, con voluminoso escándalo a cuestas, hubo desbandada de patrocinadores. Era lógico que no pudieran interferir en las decisiones del jugador, pero sí eran libres para seguir o no a su lado. Algo parecido sucede hoy con las multinacionales que tienen contratos de patrocinio en el fútbol colombiano. Si algo no les gusta, porque va en contravía de sus manuales o les afecta la imagen, en cualquier momento podrían tomar otro camino. El problema es que en esos terrenos de la publicidad la competencia siempre está que arde.

*En medio del aluvión del Mundial Sub-20 y del escándalo Bolillo, se pierde una noticia de excepcional valor para el deporte colombiano, y es el vertiginoso ascenso de la atleta antioqueña Catherine Ibargüen, quien hoy comparte el primer puesto del escalafón mundial del salto triple con la cubana Yargeris Savigne, tras igualar la marca de 14.99 metros. La espigada deportista, nacida en Apartadó el 12 de febrero de 1984, tendrá oportunidad de ratificar condiciones durante el mundial que tendrá lugar en Corea del Sur desde el 27 de agosto. Su actuación se cumplirá entre el 30 del presente mes y el 1 de septiembre. Catherine ya está clasificada para los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

*Otra de las excelsas deportistas colombianas es la también antioqueña Mariana Pajón, reina indiscutible del bicicrós, quien acaba de ganar el título mundial de la categoría élite en Copenhague, Dinamarca. Fue el galardón universal número 14 en su precoz y espectacular carrera, que de igual incluye 2 torneos nacionales de los Estados Unidos, 9 latinoamericanos, 10 panamericanos y varios del país. A los 19 años de edad, tiene cupo asegurado para Londres 2012 y se perfila como lógica candidata para medalla olímpica. Por sus incontables logros y enorme calidad humana, el Inder de Antioquia le otorgó hace poco la Orden al Mérito Deportivo. Justo y merecido homenaje a la joven estrella de las pistas.