15 de abril de 2021
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«La rebelión de las ratas», 50 años conquistando lectores

31 de julio de 2011
31 de julio de 2011

Se trata de “La rebelión de las ratas”, de Fernando Soto Aparicio. Pues bien: el año entrante esta novela que es una radiografía de esa Colombia donde la pobreza les cierra a muchos ciudadanos la puerta de las oportunidades, cumple 50 años de haber sido editada por primera vez. Y para destacar este hecho, Panamericana Editorial acaba de publicar una edición conmemorativa que trae un excelente prólogo de  Gustavo Alvarez Gardeazábal.

“La rebelión de las ratas” catapultó a Fernando Soto Aparicio como el escritor colombiano con mayor compromiso social. La novela narra el drama de un hombre que abandona su parcela para emplearse como minero. Rudecindo Cristancho es un campesino humilde que un día, cansado de tirar azadón, decide irse para Timbalí en busca de nuevos horizontes. Sabe que a ese pueblo ha llegado una empresa norteamericana que quiere explotar su riqueza carbonífera. Cuando se presenta en las oficinas a pedir trabajo, lo aceptan como minero. Empieza ahí su desarraigo. Todo porque para la compañía deja de ser un ser humano para convertirse, simplemente, en un número dentro de su engranaje administrativo: el 22048.

Cuando llega a Timbalí,  Rudecindo Cristancho no tiene con qué pagar el arriendo de una vivienda. Entonces debe resignarse a levantar un rancho en un cinturón de miseria. Lo construye con materiales de segunda que encuentra en el basurero del pueblo. Se establece allí con su familia. Cuando llueve, el agua se filtra por los rotos de las láminas de zinc. Debido a la pobreza, la familia duerme en colchones hechos con periódicos. Pastora, la esposa, que está en embarazo, hace de comer en un fogón de tres piedras, afuera de la casa. Mientras tanto, Mariena, la hija, una mujer que exhibe en su piel la lozanía de sus catorce años, es cortejada por el matón del pueblo, un delincuente que lleva el alias de El diablo. Un día, este trata de sobrepasarse con ella. Pero el hermano menor, para defenderla, lo ataca con un cuchillo, hiriéndolo en un pie.

“La rebelión de las ratas” es una obra que muestra la realidad de esa Colombia donde millones de ciudadanos tienen dificultades para conseguir el sustento diario. Es decir, sus personajes tienen consistencia social. Sobre todo porque simbolizan a esos colombianos que, en los cinturones de miseria de las grandes ciudades, tratan de  sobrevivir. Son seres famélicos que llevan a cuestas su propia angustia. Y que, a veces, para no morirse de hambre, deben robar. Como lo hace  el hijo de Rudecindo cuando se da cuenta de que en el rancho no hay un pedazo de panela para prepararle el tetero al niño recién nacido. Este, de nombre Pacho, abre un día, con un alambre, una alcancía de la iglesia. Y extrae de allí algunas de las monedas.  Con ellas compra, en la tienda de Joseto, panela y sal. 

“La rebelión de las ratas” estremece al lector por su crudeza en el relato. En un lenguaje de elevado aliento poético, matizado con imágenes de profundo contenido social, Fernando Soto Aparicio hace una radiografía perfecta de esa Colombia que se debate entre la pobreza y la desesperanza. Los diálogos muestran no sólo la poca preparación de los campesinos, sino también la preocupación por el olvido en que viven. Rudecindo Cristancho, el personaje principal, es la simbolización de esos seres humanos que emigran a la ciudad pensando que allí encontrarán oportunidades de progreso. Pero que al final se convencen de que habría sido mejor quedarse en el campo, trabajando la tierra para sacarle sus frutos.

Que una novela como “La rebelión de las ratas” se siga leyendo con deleite intelectual después de 50 años de publicada confirma que se está frente a un escritor con compromiso social. Esta obra, llena de aliento poético, clara en su percepción de la pobreza, con escenas de crudo realismo, atrapa  al lector. Porque hay en sus páginas duras escenas de vida. Además porque revela la angustia de un hombre que tiene un momento de heroísmo. Sucede cuando Rudecindo Cristancho se une a su compañero Paco Espinel para promover la huelga en la Compañía Carbonera del Oriente. La protesta se prende para exigir a los patronos salarios justos. Huelga que termina con la muerte de Ricardo García, el Alcalde de Timbalí. A este le cortan la cabeza con un machete. Le cobran así el haberse aliado con los explotadores.