12 de abril de 2021
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En Paisaje cafetero

7 de julio de 2011
7 de julio de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezDe plácemes están las 80.000 personas que en los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y Valle se dedican al cultivo del café en una extensión de 67.000 hectáreas, con motivo de la declaratoria que ha hecho la Unesco de esta zona como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

El reconocimiento representa un título de honor para Colombia al difundirse en el mundo el paisaje cafetero como una de las imágenes ecológicas más bellas del planeta. Esta estampa lleva el sello cultural y social de una población laboriosa que ha hecho del café no solo un medio de subsistencia familiar sino un motor económico para el progreso del país.

Alrededor del café se mueve toda una estructura humana y empresarial que, dirigida por la Federación Nacional de Cafeteros y sus comités regionales, genera sistemas de salud y educación, construcción de acueductos y vías rurales, tecnologías avanzadas para el cultivo y explotación del grano y, lo que es más importante, preservación del medio ambiente y dignificación del hombre como elemento de trabajo y persona útil para la sociedad y el país.

En épocas pasadas y durante muchos años, el café fue el principal eje de la economía nacional. Grandes líderes de esta industria eran respetados en los mercados internacionales y su voz era decisiva para mover los resortes y los secretos de una actividad que, girando con las estrategias propias de una bolsa de valores, repercutía en las finanzas de los países competidores. Al paso del tiempo, y en razón del surgimiento de otros productos y de diversos fenómenos de la economía mundial, el café en Colombia pasó a segundo plano, pero nunca ha perdido su naturaleza de producto básico para el desarrollo de la nación.

En el Quindío, cuya economía dependió en altísimo porcentaje y durante largo tiempo de la prosperidad cafetera, no eran determinantes los reveses del grano
–que por épocas se presentaron de manera crucial– para hacer desistir a los cultivadores de esta misión ancestral que les hierve en la sangre. Allí, el café es un dios, una pasión, un emblema ancestral. Pasadas las bonanzas cafeteras y sufridos los estragos causados por la realidad de tremendas épocas de penuria, el quindiano no ha dejado de creer en el café.

Y nacieron –para seguir hablando de una región que conozco muy  bien– las casas rurales que se acondicionaron como una acogedora cadena hotelera que  atrae turistas de Colombia y el mundo entero, seducidos por la suntuosidad de los paisajes. Estos viajeros han sido la voz cantante de los prodigios que produce la tierra manejada por hombres visionarios que, al lado de las cosechas que no cesan, han establecido una industria turística con repercusión mundial.

Ahora, la varita mágica de la Unesco declara la zona, conformada por 47 municipios y 411 veredas, Patrimonio Cultura de la Humanidad. Esto parece un cuento de hadas. El café es un canto a la vida, al hombre y a la naturaleza. La policromía de los campos reverdecidos por las cosechas en flor es uno de los espectáculos más embrujados que se pueden ofrecer a la sensibilidad del artista, del poeta o el caminante.

Como una ironía incomprensible, copio la respuesta que me dio Carlos Alberto Villegas Uribe cuando le pregunté en marzo cuáles eran los programas que había concebido para ejercer el cargo de secretario de Cultura de la Gobernación del Quindío, y por qué renunciaba cuatro meses después de posesionado: “…defender –enfatizó– el paisaje cultural cafetero del espíritu depredador de la megaminería (una de las locomotoras del Gobierno nacional que sólo dejará un Quindío lleno de famélicos quindianos tiznados de hollín)”. Y agregó que el 67 por ciento del territorio quindiano ha sido titulado para la minería.

De ocurrir esto en el Quindío, se cambiaría el paisaje cafetero que lo ha hecho merecedor del premio de la Unesco, por el paisaje minero (en un 67 por ciento de su territorio, según Villegas), lo cual degradaría las tierras al extremo de causarles aridez irreparable y robarles el encanto que hoy exhiben.

Bogotá, 7-VII-2011