22 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

De tal padre, tal delincuente

19 de junio de 2011

La curva de criminalidad juvenil del país está en ascenso: en 2007 fue de 628 casos, mientras que en 2010 subió a 3.600, según estadísticas del Consejo Superior de la Judicatura.

Pero, ¿quiénes son esos delincuentes? A propósito, quisiera recordar tres casos con los que me encontré durante mis años de secuestro en las Farc. El primero de ellos es el de Tatiana, una niña que meses antes de cumplir 14 años fue entregada por su madre al grupo guerrillero. Según la mujer, era mejor que se fuera de una vez con las Farc, antes de que se la llevara el ELN. De la misma forma entran muchos de los pequeños combatientes.

Es el caso de Comidita, como era llamado Harold, quien ingresó a los trece años al Frente Aurelio Rodríguez de las Farc. Antes de ello vivía con su familia en un municipio del Chocó, llamado Domingodó. Su padrastro lo maltrataba y también maltrataba a su madre. Así que la mujer decidió entregárselo a las Farc.

Por su baja estatura y el peso de la carga, el niño siempre se rezagaba en la marcha. Sus camaradas lo ridiculizaban porque se comía a escondidas las lentejas y el arroz crudo, hasta se tomaba el aceite para cocinar. Para evitarlo, lo ponían a cargar solo sal. Cuando recorríamos la zona de San José del Palmar, en Chocó, decidió fugarse. Cuando llegaron con él, amarrado, no dijo nada. Esa misma tarde Pelusa, uno de sus camaradas, lo degolló.

La misma suerte corrieron Cristian y Alexandra, dos hermanos que crecieron en Juntas, un caserío del municipio de Nóvita, también de Chocó. Eran milicianos cuyos padres tenían una tienda y proveían de víveres a la guerrilla, este par de niños luego se incorporaron a las filas, porque debían llenar los vacíos de las bajas causadas por el Ejército.

Un año después, ante su posible fuga, se decretó su fusilamiento. Varios guerrilleros cavaron los huecos, mientras los dos hermanos, amarrados, observaban. Alexandra le rogó a Cristian que dejara que la mataran primero. Así ella no tendría que verlo morir. Así fue.

En alguna ocasión le pregunté a Otilia, la comandante del Estado Mayor del Frente, quien llevaba 25 años de estar en las filas, por qué esas niñas de 13 a 15 años estaban en la guerrilla. Dijo que como ella, habían sido maltratadas y violadas por sus padrastros; o humilladas por los habitantes de sus caseríos, donde no había presencia del Estado. Cuando llegan a la guerrilla, les dan un camuflado, botas, granadas, un fusil y un radio, y se sienten importantes. Regresan a su caserío y son respetadas por quienes antes las humillaban.

El nuevo Código sanciona los delitos de los menores con penas de 2 a 8 años y prevé proteger a los jóvenes, castigando hasta con veinte años de prisión a los que se aprovechen de ellos para que cometan delitos.

Sin embargo, me pregunto si además de endurecer las leyes contra la delincuencia juvenil, no es urgente plantear un marco normativo que vigile y sancione fuertemente a los padres que los llevan a desgracias tan atroces como las que expuse anteriormente.