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Victorias del toro

6 de abril de 2011
6 de abril de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paez A partir de enero de este año quedaron prohibidas las corridas de toros en  Cataluña (España). Cuatro años atrás, un crecido número de ciudadanos que apoyaban la abolición de la fiesta brava en medio de exaltados manifestantes del bando contrario, exhibieron frente al Parlamento una pancarta con esta  leyenda: “Cataluña: Si te quieres presentar delante del mundo, primero suprime las corridas de toros”.

Conseguir la votación final (68 votos a favor de la supresión y 55 en contra) implicó una larga lucha de las organizaciones y personas protectoras de los animales, quienes lograron convencer a la mayoría de parlamentarios de que las corridas de toros debían desaparecer de su territorio. Medida nada fácil, dada la  fuerte tradición taurina que existe en España.

Conseguido este propósito en una de las regiones más importantes de España, como lo es Cataluña, no queda difícil predecir que el ejemplo hará carrera en toda la nación y se  extenderá a los países latinoamericanos, herederos de la tradición taurina, algunos de los cuales, como Colombia, han hecho del toreo una industria de difícil erradicación.

Sin embargo, las cosas comienzan a cambiar. El senador Camilo Sánchez, quien considera que el 95% de los colombianos están en contra del sufrimiento de los animales,  lidera una acción parlamentaria para buscar que también en Colombia se prohíban las corridas, al igual que todo tipo de maltrato animal, como el practicado en los circos y en las peleas de perros y de gallos. Dijo Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados en la forma en la que tratan a los animales”.

Por lo pronto, el toro sale triunfador en la legislación de Cataluña. Poco a poco la gente de este territorio tomó conciencia sobre lo que significan las torturas que en la plaza pública se infligen al pobre animal, convertido en espectáculo sangriento para espectadores fanáticos que se dejan manejar por las bajas pasiones. Pensar que las corridas de toros son una tradición cultural que debe respetarse, como algunos lo exponen como razón valedera para no hacer nada en contrario; o que se trata de una expresión artística, con el argumento de que grandes pintores del mundo las han magnificado en cuadros famosos, equivale a ensalzar la violencia como insignia humanizada del arte.

Lo cierto es que los matadores de toros, protagonistas bárbaros de las plazas atiborradas de multitudes frenéticas, gozan –y hacen gozar al público– con la sangre que brota de los músculos destrozados del cuello del toro, y que le sale a borbotones por la boca agobiada de asfixia y angustia.  Este espectáculo, que se pretende presentar como refinado o sensacional, es avivado por esas masas delirantes que confunden el arte con la crueldad. Son las mismas masas que no quieren resignarse a que el rey de fiestas goce del derecho a la vida.

La revista española Adda Defiende los Animales, gran abanderada de las causas justas que conducen a la eliminación de las corridas de toros en el mundo, llega a los países de Latinoamérica como una protesta denodada, que ya cumple veinte años, contra el salvajismo humano.

Luchadora inquebrantable de dicho postulado, la revista no ha desfallecido en su condena contra los horrores de la llamada fiesta brava (nombre muy apropiado para calificar la insana diversión), y hoy proclama la medida de Cataluña como un paso adelante que llevará, sin duda, a nuevas victorias que bien se merece el toro, el ser más vilipendiado y torturado por el hombre en las plazas públicas.

Y que como ironía es el que le hace ganar vítores clamorosos a su matador, acrecienta su fama y lo vuelve más salvaje. ¿Qué diferencia hay entre el torero que mata y el público que aplaude?