6 de agosto de 2020
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Orlando Cadavid Correa
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Un cazador de hipérboles

6 de marzo de 2011
6 de marzo de 2011

El hijo tiene en su disco duro los mejores recuerdos de su progenitor: “Era un cazador de hipérboles. Las coleccionaba en su memoria y hasta las recreaba con el  disfrute de quien resuelve un crucigrama. En este sentido, oía conversar al pueblo, método que sugirió Gonzalo Cadavid en su valiosa incursión al habla popular hace años”.

Experto conocedor del humor paisa, Luis Javier plantea que “la vara de medida sugiere comparaciones con lo imposible,  y de esta manera induce la risa. Lo superlativo es su puerta de entrada. Hijo legítimo de la hipérbole es el género de los  “Tantanes”, frecuentes en el habla cotidiana paisa”.

Y trae a colación el chascarrillo de aquella  mula que era tan supremamente brava  que en una corcoveada botó la marca. Relata que Los Tres Ases del Buen Humor (Montecristo, Jorgito y Mario Jaramillo)  en sus presentaciones incluían una sección especial que denominaron “concurso de tantanes”. El folclorólogo don Agustin Jaramillo, fallecido el 31 de diciembre último,  en su Testamento del Paisa, incluyó una sección de “tantanes clásicos”.

Bueno para las comparaciones, subraya que la hipérbole es una figura literaria muy usada en el lenguaje coloquial, pero va más allá, incluso inspira el mejor arte antioqueño. Y formula estos interrogantes: ¿No envuelve acaso Fernando Botero a sus criaturas con un halo hiperbólico que les da, entre otras,  un toque de humor? ¿No radica la “gracia” de Botero en esa inflación de los seres, en esas bellas y coloridas hipérboles? Botero nos aclara su estilo: “Como artista lo que me interesa es mentir de la manera más desaforada”.

El generoso Luis Javier nos aporta a título de ilustración algunas anécdotas que recuerda de sus conversaciones con su taita, que  “le daban mucho golpe”, por su acento hiperbólico único.

De la era de los ferrocarriles, recordaba Mario un cuento que oyó de algún parroquiano en una charla de café  al referirse a la carrilera del tren con una exclamación: “¡qué escalera tan larga!” Y otro contertulio  que estaba al lado que le comentó al de la tal escalera: “Y el problema no es que sea tan larga sino que tiene esos pasamanos tan bajitos”. Una expresión con la que un recién llegado a La Villa, inmortalizó la esencia del Metro de Medellín,  diciendo que este es un  “ascensor acostado”, nos hace pensar que procede del mismo imaginario hiperbólico del cuento anterior. A Mario no le tocó el Metro, pero estamos seguros de que hubiera puesto la frase en su libreta de “Hipérboles antioqueñas preferidas”.

Alfonso Mejía, el agente viajero más conocido y querido en el Viejo Caldas, siempre fue considerado por Mario como el Maestro  de las hipérboles, además de ser uno de sus mejores amigos y parientes. En su deambular como agente viajero este excepcional observador, conocido más en Pereira como “Primavero”, comentaba con hipérboles ciertos sucesos propios de su deambular por muchas plazas agenciando las camisas “Primavera”, de Medellín. Nadie, que se sepa, ha pintado mejor lo que es la esencia de una varada: “Hombre Mario, una vez me metí una varada tan macha en Cali, que no tenía ni con qué quedarme ni con qué irme”. Celebraba también Mario como el que más, la anécdota de “Primavero”  sobre un Hotel tan malo en algún apartado pueblo, donde pasó una noche, tan supremamente malo, que lo llamaron a las 5  de la madrugada a la voz de “Levántese, don Alfonso, que necesitamos los manteles (léase sábanas) para las mesas del  comedor, pues vamos a servir el desayuno”.

La apostilla: Del sentido del tiempo, nada mejor que traer una anécdota del Congreso de la República, que Mario Jaramillo recordaba con especial gracia. En una sesión plenaria, el parlamentario Luis Guillermo Echeverri (el papá de Fabio Echeverri Correa, ex  presidente de la ANDI) habló cuatro horas seguidas en el recinto del Senado y al verse interpelado por un colega ante la larga intervención, Echeverri presentó  disculpas: “Perdonen, dejé el reloj en la casa”. Su contraparte le ripostó: “Pero ahí tiene un almanaque, Honorable Senador”.