6 de agosto de 2020
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El pueblo árabe se sacude. Sigue el efecto dominó

7 de marzo de 2011
7 de marzo de 2011

Por: Albeiro Valencia Llano

albeiroNumerosos países africanos alcanzaron la independencia hace 50 años, pero las multinacionales para seguir explotando los recursos naturales, apoyaron a dictadores y a  mandatarios corruptos; como respuesta los pueblos árabes iniciaron una cascada de sublevaciones para derrocar los viejos regímenes, y luchar contra la pobreza, el desempleo y la corrupción. Las protestas políticas ya derribaron los gobiernos de Túnez y Egipto, pero los vientos de libertad están sacudiendo nuevos pueblos: Argelia, Bahréin, Irán, Marruecos, Libia y Yemen.

El polvorín de Túnez

La presión de grupos defensores de los Derechos Humanos y Civiles ha creado conciencia de que las dictaduras producen corrupción y miseria. La explosión social en el norte de África es consecuencia de la acumulación de problemas en los pueblos de la región. La sublevación popular es dirigida contra los regímenes autoritarios que se envejecieron en el poder y que enriquecieron a sus familias y al círculo de áulicos.

Faltaba la chispa para producir el incendio. El sacrificio del joven desempleado Mohamed Bouazizi, quien se inmoló, el 17 de diciembre pasado, debido a los ultrajes de la policía de Túnez, desató una insurrección popular que terminó con el reinado de 23 años, del dictador Zine El Abidine Ben Alí. Este personaje, militar de carrera, había derrocado al presidente Habib Bourguiba, un viejo general, padre de la independencia del país y héroe del nacionalismo árabe. Después del golpe de Estado Ben Alí se atornilló en el poder, ganó dos elecciones y después modificó la Constitución para seguir gobernando. Durante su régimen enriqueció al clan familiar y logró amasar una inmensa fortuna. Huyó llevando en su equipaje una tonelada y media de lingotes de oro, del Banco Nacional de Túnez. Su tremenda riqueza le permitirá encontrar refugio en un país amigo.

Hoy ocho grandes partidos y organizaciones políticas de izquierda democrática, conformaron el “Frente 14 de enero” que presentó una plataforma de gobierno, con la propuesta de refundación del país, sobre bases democráticas, para borrar las huellas del anterior régimen. Pero el ejemplo de Túnez abrió una senda de libertad en otros países. La furia del pueblo golpea a los vecinos que reclaman más libertad y el fin de los viejos regímenes autoritarios. El mundo árabe se sacude. Las protestas avanzaron hasta Argelia, estremecen a Egipto y sobresaltan y atemorizan a Yemen y a Jordania. El “efecto Túnez” se manifiesta como una lucha por la libertad y por la democratización de países con gobiernos dictatoriales.


La caída del faraón de Egipto

La rebeldía se convirtió en insurrección popular en Egipto, gobernado desde hace 30 años por Hosni Mubarak. Aquí la situación es diferente pues se trata de un país con 80 millones de habitantes que se ha comportado como líder de las naciones árabes y es un aliado estratégico de Estados Unidos. En su política pro norteamericana y de conciliación con Israel, Mubarak gobernó en contra de los estados árabes que defienden el derecho de los palestinos a su propio territorio.

La resistencia del pueblo mostró su odio hacia Mubarak, quien permaneció en el cargo amparado por el Estado de excepción. El desempleo, la miseria y la corrupción, desataron la ira popular en las principales ciudades. En las manifestaciones se pedía la renuncia del dictador pero éste se aferró al poder; ni los cambios en el Gobierno, ni el anuncio de reformas mitigaron la lucha contra el régimen.

Para el pueblo egipcio se habían dado las condiciones para una situación revolucionaria. ¿Por qué el presidente se convirtió en dictador? Mubarak había sacado a Egipto del caos. Cuando asesinaron a su antecesor Anuar El Sadat, en 1981, restableció las relaciones con los países árabes después del tratado de paz con Israel en 1979 y abrió vías para estimular el crecimiento económico.

Pero en el camino de 30 años en el poder amasó una inmensa fortuna, gracias al ambiente de corrupción dominante en las Fuerzas Armadas. El tamaño de su riqueza se calcula en cinco mil millones de dólares, aunque algunos medios la tasan entre 40 mil y 70 mil millones. Además, Mubarak les dio plenos poderes a los militares, se desató un plan para hacer desaparecer a los grupos extremistas islámicos y se favoreció la violación cotidiana de los derechos humanos.

El pueblo no aguantó más. Había condiciones objetivas para la insurrección y la juventud aprovechó las redes sociales para invitar a la movilización contra las viejas dictaduras. La nueva tecnología hizo posible que millones de personas en todo el mundo vieran, en vivo, el desarrollo de las protestas en El Cairo, Alejandría, Suez, Mahala y El Arish. Mientras marchaban se comunicaban entre ellos y con todo el mundo por mensajes de texto, Facebook, blogs y You Tube.

En estos momentos había temor, pues el contagio por la lucha contra las viejas dinastías podía producir el efecto dominó. Para los líderes de Occidente la insurrección es un mal ejemplo, por esta razón plantearon una solución rápida que incluía el sacrificio del Gobierno. Mubarak se aferró al poder, habló del proceso de transición, de su juramento ante Dios, de su lucha por el país y del deseo de permanecer en la Presidencia hasta septiembre. Pero perdió el apoyo de las potencias y tuvo que renunciar; sin embargo dejó el Gobierno a sus amigos. Los militares fueron leales durante 30 años y no lo van a perseguir.

Finalmente la Casa Blanca aceptó la llamada transición comandada  por las Fuerzas Armadas. Cuando era inminente la caída de Mubarak el presidente Obama le envió un oficio que decía “El futuro de Egipto debe ser decidido por el pueblo egipcio en un proceso de transición que debe comenzar ya”.

Mubarak jugó bien la última carta, pues encargó al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para administrar los asuntos del país. El nuevo gobierno militar anunció la disolución del Gabinete, la suspensión de las dos Cámaras del Parlamento y tomó el control de la Corte Suprema Constitucional.

Al Presidente Obama no le preocupa la llegada de los militares, por la enorme ayuda económica que hace su gobierno. Entiende que los militares, atornillados al poder desde hace varias décadas, no son un factor de cambio: sostuvieron al régimen de Mubarak durante 30 años, reprimieron las revueltas, golpearon a la oposición y violaron los derechos humanos. La cuestión  es muy clara pues desde hace 40 años siete presidentes de los Estados Unidos han preferido proteger los intereses estratégicos en Egipto, que promover la democracia. En general los mandatarios norteamericanos han tenido una larga relación con dictadores de todo el mundo.

La estrategia de los militares

Egipto ha sostenido varias guerras, desde 1948, pero casi todas han sido un fracaso. Sin embargo, desde hace 60 años  el Estado egipcio está apuntalado  en el poderío militar. De su seno han salido los grandes líderes que han gobernado el país: Gamal Abdel Nasser, Anuar El Sadat y Hosni Mubarak. Además, el Ejército maneja una buena porción de la economía egipcia, a través del Ministerio de la Producción Militar.

Tantos años en la administración del Estado les ha permitido a los generales manejar los hilos del poder sin desprestigiarse, pueden ocultar las violaciones a los derechos humanos y el apoyo a regímenes dictatoriales y pasar de agache en las situaciones difíciles. Pero cuando hay vacío de poder allí están para “salvar” la Patria, como ocurrió con la caída del régimen de Mubarak.

Hoy las posibilidades para las Fuerzas Armadas son favorecer la transición política llamando a elecciones, o quedarse con el poder. Por eso, ante el enorme poder de los militares, afirmó Barack Obama que no aceptará otra cosa que una genuina democracia.

Distintos movimientos políticos luchan para ocupar un buen lugar entre los negociadores que están definiendo el futuro de Egipto. Hay tres grandes grupos: el Ejército, las élites y la oposición, pero muchos piensan que de este proceso insurreccional no saldrá nada nuevo y que hubo un cambio para que nada cambie.

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Con los resultados de Túnez y Egipto andan nerviosos los mandatarios de Bahréin, Irán, Libia, Marruecos, Yemen y Argelia. Algunos llevan muchos años en el poder y por esta razón dejaron que prosperaran la corrupción y el nepotismo. Las protestas parecen una olla a presión; el pueblo exige reformas democráticas y respeto por los derechos humanos. La pobreza y el desempleo se convirtieron en el polvorín del mundo árabe.