22 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Peligros del futuro

5 de febrero de 2011

Armenia es una de las ciudades que tienen los mayores índices de desempleo. No es aventurado afirmar que ésta es una demostración del fracaso del Forec y de la llamada ley Quimbaya, aprobada para crear nuevas empresas. La reconstrucción se limitó a construir millares de viviendas apenas mayores que cajas de fósforos sin tener en cuenta que quienes las habitarían tendrían que trabajar. En el Quindío solamente se creó una empresa, sencillamente porque no se hizo una promoción para hacer conocer los incentivos tributarios que ofrecía la ley mencionada.

De otra parte, no existe una política orientada a promover el desarrollo de las ciudades intermedias que permita frenar el crecimiento exagerado de Bogotá. El país se convierte progresivamente en un monstruo macrocéfalo al paso que las regiones se empobrecen.

La creación de empleo tiene que ser un propósito de todos, comenzando por la administración pública. Es tiempo de restablecer la contribución de valorización y proyectar obras de renovación urbana financiadas por este sistema. No existe una razón válida para no hacer uso de esta herramienta que en el pasado permitió el paso de la aldea a la pequeña ciudad.
Las calles, por las que antes caminaba la gente y circulaban los vehículos, hoy están convertidas en un horroroso mercado de baratijas que las hace peligrosas y antiestéticas. Nadie en sus cinco sentidos y con instinto de conservación se aventuraría a recorrerlas por la amenaza de los rateros.

La recuperación del espacio público tendrá que ser parte del programa de los candidatos a la alcaldía. No será tarea fácil porque el mal ha cogido ventaja y la invasión de los vendedores ambulantes no se detiene ante nada. Pero habrá que acometerla: es inaplazable.

En las condiciones actuales no hay para qué hablar de turismo. Por contrario, habría que recomendar a los colombianos que no vinieran. Aunque a todo el mundo le convendría ver los frutos de la mala administración pública, del desorden y de la ausencia de autoridad.

Sólo un milagro puede salvar a Armenia. El milagro de encontrar la persona capaz de enderezar su camino, de gobernarla con honradez, imaginación y fortaleza de carácter. ¿Será posible ese milagro en los tiempos de politiquería que vivimos? Los nombres que hasta ahora se barajan cierran la puerta a la esperanza y abren paso al pesimismo.

Los únicos negocios cuyo número aumenta semanalmente son los casinos. Todo centavo que cae en los bolsillos de los más pobres está condenado a llenar las arcas de los empresarios de los juegos de suerte y azar. A los casinos se suman el chance y las máquinas tragamonedas. Además de arruinar al pueblo, esta industria convierte a sus empresarios en un factor real de poder que elige, nombra y dispone según su propia conveniencia. No hay que devanarse los sesos para adivinar cuál será el próximo gobernador y cuál, el próximo alcalde: los dueños del chance lo dirán.

Dicho sea de paso, en un estudio publicado por Etesa (la oficina del Estado que teóricamente debiera controlar los juegos y cuya única actividad es dar nuevos permisos), se lee lo siguiente: “…el estrato socioeconómico con mayor porcentaje de jugadores es el estrato 3 que alcanza un 63%, mientras que los estratos 4, 5 y 6 son los que tienen menor porcentaje de jugadores.” ¿Hasta cuando el Estado tolerará la despiadada explotación de las necesidades y de la ambición de los que viven en la pobreza?

Para colmo de males, ya no hay los pintorescos consejos comunales en los cuales se repartían promesas que los incautos aplaudían y cheques que calmaban momentáneamente el hambre de los menesterosos. Ahora, en los “talleres democráticos”, le deberían preguntar al inventor de esas asambleas mendicantes cuánto de lo prometido se cumplió.