17 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La muerte del burro

28 de enero de 2011

Era vecino de Santa Isabel, como otros habitantes de la pequeña rotonda donde arman su círculo alucinado los pelaos adictos al látex refinado de la amapola.
Pero no murió de sobredosis, como dijeron las autoridades, o sí murió de sobredosis, pero no con el deliberado intento de quitarse la vida, como dijo su mamá, adolorida por no haberle abierto la puerta de la casa el día anterior.
El Burro salió sano, de verdad: en los cinco meses que estuvo en la cárcel le volvieron a nacer carne sobre los huesos, neuronas en los sesos y colores encima de la piel. Lo vieron llegar a los puentes robusto de cuerpo y rozagante de vida, nada que ver con el despojo humano que se habían llevado los policías meses atrás en la Avenida Circunvalar, arrancándolo del espejo lateral del chevrolet corsa que intentaba robar y del que se aferraba con la fuerza del amurado que no se las creía que había sido descubierto y no tendría la dosis para salir del embale, y en cambio se le abría la pálida de la abstinencia con todo su horror de espasmos, vómitos y depresión, porque en la cárcel no dan tabletas de metadona sino calmantes para el dolor.
Pero no murió de sobredosis, como dijeron las autoridades, o sí murió de sobredosis, pero porque después de cinco meses de haber dejado de consumir vicio el cuerpo había cerrado los anchos canales de tolerancia de un joven que se inyectaba una bola y hasta una bola y media de heroína en un solo chute, por lo que para su nuevo cuerpo desintoxicado una pequeña dosis era letal.
Eso fue lo que pasó. La tarde del sábado El Burro llegó al parque a hacer rueda con los demás muchachos, se sentó en el piso, cogió una dosis pequeña de la bola grisácea y la disolvió en la tapa de un frasco plástico, se descubrió el brazo amarrándole una cuerda para hacer sobresalir las venas y se inyectó.
Luego hizo lo que hacen todos: encoger las piernas, cruzar los brazos sobre las rodillas, poner encima la cabeza y cerrar los ojos. Normal. Como ya estaba anocheciendo, anocheció. Normal.  El Burro no se movió de su posición y se fue quedando solo en el parche, pero sin que eso fuera extraño. Ni un gesto ni un estremecimiento que hiciera pensar  en otra cosa distinta de que estaba dormido.
A las seis y media de la mañana del otro día sus compañeros lo encontraron en el mismo sitio y en la misma posición en que lo habían dejado; pero esta vez uno de ellos sí se acercó a llamarlo.
–¡Burro, Burro, despierte!
Pero la única reacción fue la de un cadáver que se dobló lateralmente sobre el piso, con las piernas y brazos encogidos, las manos crispadas, un ojo cerrado y otro abierto, y el ojo abierto hundido y blanco.
Sólo habían pasado veintidós años de su nacimiento y cinco meses de haber  salido de la cárcel.
La pregunta sigue en pie: ¿hasta cuándo la juventud continuará despeñándose por el abismo de las drogas que enluta a tantos hogares y enriquece a “Los rolos”, “La Cordillera” y un sinfín de delincuentes?