12 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Templanza y solidaridad frente al desastre

18 de diciembre de 2010

Pero el asunto es que en esta ocasión las cosas incluyen otras circunstancias tan diferentes como también importantes en el caso de Colombia, donde vivimos un desastre ambiental que expresa las contradicciones, no solo de un modelo de desarrollo global sino por la falta de una cultura más responsable con la ocupación del territorio y el uso de unos recursos naturales por definición limitados.

Mientras los niños sueñan despiertos y esperan, y otros ya se cansaron de hacerlo porque saben que bastaba soñar para saber que no tenían nada, muchos de ellos pobres y damnificados para empeorar las cosas, padecen la desgracia de una triste navidad pasada por el hambre y el desplazamiento tras la destrucción del hábitat. Y es que este diciembre con su año nuevo será de noches amargas y sombrías para familias enteras de compatriotas, que sin mayores recursos han perdido sus precarios activos como la casa con su huerta, animales y enseres domésticos, cuando no también a miembros del hogar, y todo por las consecuencia de una tragedia que baña la geografía nacional en toda la región andina, y en las costas, valles, llanuras y sabanas de nuestra región continental.

Habrá que hacer algo: no sólo pensar en qué sino actuar con solidaria decisión: es que el costo de la calamidad al acumular los destrozos durante semanas de inundaciones, avenidas torrenciales y deslizamientos de tierra, resulta tan impresionante como inimaginable cuando vemos que alcanza cifras inesperadas de damnificados que llegan a los dos millones de personas y cuantiosas pérdidas económicas que ya sobrepasaron días atrás los $10 billones. Estas cuantías comparadas con las del terremoto del Quindío consecuencia de los 40 segundos de las sacudidas sísmicas, muestran en el balance social que esta tragedia invernal, con un equivalente a 8 veces el número de perjudicados y de 2,5 veces el costo económico de aquella, ha sido además de superior, profundamente rural.  

Y pasada la fase de emergencia al ir amainando las lluvias conforme se avecina la llegada del equinoccio, vendrá una reconstrucción tan compleja y prolongada como lo es la misma naturaleza y causa del desastre, por lo que podríamos asegurar que la amenaza climática seguirá asechando: es que el cambio climático cuya causa antrópica sólo se corrige al reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, lamentablemente sigue incólume y blindado por las fuerzas de un modelo económico deshumanizado y soportado en un consumo desmedido que lo alimenta, por lo que solamente resta adaptarnos para mitigar los efectos de sequías y nuevas inundaciones que acaecerán mañana.

Habrá que reforestar cuencas, recuperar humedales, reubicar desplazados, reducir la pobreza, endurecer las normas de urbanismo, abatir la corrupción y mejorar la productividad del campo, e investigar más sobre las relaciones entre el medio ambiente, la sociedad y la economía, para no encarecer alimentos, ni arriesgar cosechas, ni reubicar asentamientos en bajos topográficos o en zonas de alto riesgo; en fin, debemos hacer muchas más cosas para lograr una cultura ambiental: donde las transformaciones del medio natural sean ecológicamente solidas, compatibles con la cultura, plenas de justicia social y económicamente viables, asuntos que solamente se logran incorporando además de valores como la responsabilidad, la austeridad, la solidaridad y el respeto por la vida, la dimensión del riesgo en un ordenamiento y una planeación territorial, coherentes y sostenibles.