18 de abril de 2021
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«La agonía de una flor»

1 de diciembre de 2010
1 de diciembre de 2010

¿Qué respuesta podemos darle a este interrogante? Una muy clara: nos hemos vuelto insensibles ante el dolor ajeno. No nos conmueven los testimonios de las víctimas de esas masacres perpetradas por delincuentes que buscan, por medio del poder intimidador de las armas, someter a los propietarios legítimos de la tierra. Tampoco nos conmovemos con el drama que viven quienes han perdido su movilidad como consecuencia del estallido de una mina antipersona.

Una novela de reciente aparición nos lleva a cuestionarnos sobre el porqué de nuestra indiferencia hacia esa tragedia que padecen las familias que han perdido a sus seres queridos en actos violentos. Se trata de “La agonía de una flor”, de Fernando Soto Aparicio. En este libro el escritor boyacense nos enseña el dolor de una niña de quince años que quedó mutilada después de pisar una mina quiebrapata. Su nombre es Liria. Amante de la poesía, con mucha ternura acumulada en el alma, sus sueños se le destruyeron cuando caminaba por una vereda de Villatriste. Sin saber cómo, puso su pie en el artefacto explosivo. Herida de gravedad, es llevada al hospital de la población para que sea atendida. Pero no obstante los esfuerzos del médico, no logran salvarle la vida.

El argumento de “La agonía de una flor” tiene asidero en la realidad colombiana. Para hacer creíble la historia narrada, Fernando Soto Aparicio no necesitó forzar la imaginación. Los cuadros que muestra en la novela los vemos los colombianos,  todos los días, en los noticieros de televisión. Villatriste simboliza a todos esos pueblos de la geografía colombiana que han sido sacudidos por la violencia. Es decir, el novelista tomó de la vida real los ingredientes para escribir una obra que es reflejo claro de la situación que desde hace varios años vive Colombia. Las masacres, el desplazamiento forzado, los asesinatos selectivos, el uso de  motosierras para descuartizar cadáveres, la toma armada de pueblos, la violación de mujeres indefensas son hechos que han conmovido al país. El novelista, simplemente, deja un testimonio literario de esa violencia que nos acosa.
 
En monólogos donde sobresale esa capacidad de Soto Aparicio para interiorizar el alma de los personajes, Liria le cuenta al lector el drama humano que vive por culpa de quienes el escritor llama emisarios de la barbarie. Mientras mira desde su cama el techo del hospital, va narrando cómo su papá termina involucrado en los asesinatos que cometen los paramilitares. A él lo obligan a descuartizar los cuerpos con la motosierra que había comprado para talar árboles. Su mamá, mientras tanto, ejerce la prostitución en el puerto de Caravanar. Se dedicó a ese oficio cuando se dio cuenta de que el amor por el esposo había desaparecido. No obstante lo anterior, Liria es una niña dulce que no quiere dejarse arrastrar por esas aguas turbias que la rodean. Conserva la esperanza en un mañana mejor.

Gustave Flauberth dijo que el novelista es un artista que deja testimonio escrito de la época que le corresponde vivir. Eso ha hecho Fernando Soto Aparicio en su última novela publicada, “La agonía de una flor”. Los personajes transmiten al lector, en un lenguaje claro, lo que ocurre a su alrededor. El médico Martín, un profesional con sensibilidad social, cuestiona el sistema de salud. Y denuncia cómo la corrupción se lleva la mayor parte de los recursos asignados a este rubro en el presupuesto. Por su parte, la monja Margarita, que quedó embarazada después de que un grupo de paramilitares la violaron en el propio colegio dónde enseñaba, personifica a cientos de mujeres que han sufrido acceso carnal violento. Y que han sentido atropellada su dignidad.

Soto Aparicio denuncia en esta novela los atropellos cometidos por unos hombres que utilizan el poder de las armas para reducir a quienes se interponen en su camino. Una obra que nos lleva a pensar en qué momento esta sociedad engendró hombres capaces de cometer crímenes tan horrendos como descuartizar, con una motosierra, a un ser humano. Un libro donde se demuestra que los asesinos no tienen alma. Porque no escuchan ese grito angustiado de un escritor que llega a Villatriste para desempeñarse como profesor de literatura. Este es asesinado en la puerta del colegio, ante la mirada atónita de los estudiantes, simplemente porque en sus escritos se atrevió a denunciar todas sus fechorías. En pocas palabras, este libro sacude al lector.