26 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Verdades y mentiras del volcán y la avalancha

12 de noviembre de 2010
12 de noviembre de 2010

No nos digamos mentiras: La catastrófica explosión del edificio volcánico, ocurrida a las nueve de la noche del 13 de noviembre de 1985, tomó por sorpresa a muchos periodistas que –frente a los altibajos que el fenómeno mostraba en su comportamiento— no creían en la inmediatez del evento que estremeció al mundo.

La verdad monda y lironda es que desde el mismo momento de la erupción, quedó demostrado que no estábamos preparados para enfrentar informativamente el gigantesco episodio, porque las penumbras de la noche, el mal tiempo reinante en la escena y la carencia de testigos oculares, tornaban complicado el panorama.

Se puede organizar con precisión milimétrica una transmisión de un certamen que ocurre bajo techo, en un solo punto, pero es imposible planearlo cuando el drama humano se esparce por el brutal recorrido del dantesco alud que a través de los cañones de los ríos nacidos en El Ruíz buscaban el plan de la Ciudad Blanca del Tolima para exterminarla sin piedad, como en los tiempos bíblicos del Diluvio, de Sodoma y Gomorra.

Hubo que esperar hasta las seis de la mañana del día siguiente para comenzar a conocer las apocalípticas proporciones de la tragedia, gracias al oportuno aviso que dio a la cadena Caracol un piloto que surcaba los aires del norte tolimense y reportó dramáticamente por radio que Armero había sido borrado del mapa por la avalancha del Ruíz. Murieron aplastados por el pavoroso aluvión 26.000 compatriotas. El resto de la historia ya se conoce de sobra.

Se dio inicio a las transmisiones en directo desde los escombros de Armero. Se difundió paso a paso la muerte de la emblemática Omaira, la niña de la mirada dulce. (Ahora dicen que si la pequeña hubiese sido chilena, la habrían rescatado viva). De los pantanos salían como fantasmas algunos sobrevivientes. Recordamos a la bella “Venus de barro”, cuya foto publicó El Tiempo. Era una película estremecedora de nunca acabar. En Chinchiná de Caldas el drama era de menores proporciones. También hubo pérdidas humanas y materiales.

Vinieron los estériles debates políticos alrededor de la catástrofe. Las imputaciones al gobierno de turno por no haber obrado con prontitud y eficacia. Las críticas le cayeron al Ministro de Minas, al gobernador del Tolima y al alcalde de Armero, por no haber ordenado la evacuación, a tiempo, de la cabecera municipal para escapar de la gigantesca masa de lava, gases, rocas y  árboles arrancados de cuajo. Nadie quería irse. ¿Irse? ¿Para dónde? Aquí está todo lo que es nuestro, decían los armeritas bajo la lluvia torrencial de ceniza que les mandaba El Ruíz, el vecino temible,  como preludio de muerte, desde la enorme boca del cráter genocida.

En el 2005, cuando se cumplieron veinte años del desastre desatado de las impredecibles fuerzas de la naturaleza, el Gran  Atlas  Universal incluyó entre las cuatro erupciones del último siglo, en el mundo, la del milenario Nevado del Ruíz, que describió así:

“…La erupción fundió la nieve que cubría su cima. El resultado fue una avenida de agua y rocas volcánicas de gran tamaño  que, al convertirse en lodo, arrasó la población de Armero. Cien años antes, el mismo volcán había causado mil muertos”.

Al cumplirse este sábado –13 de noviembre—veinticinco años de la cataclísmica erupción del Volcán Nevado del Ruíz, rescatamos un par de segmentos de la conmovedora alocución del entonces presidente Belisario Betancur:

“… Estamos nuevamente de duelo, esta vez por acción de la naturaleza, Si, el pueblo colombiano ha sido golpeado pero no agobiado, no derrotado por la tragedia, de manera tal que si  tuviéramos tanto por hacer y sin perder un solo minuto, para resolver tantos problemas, bien podríamos preguntarnos a qué se deben las pruebas a que estamos sometidos; ¡Popayán, la querida Popayán! El incalificable asesinato del Ministro Lara Bonilla; la muerte del general Matamoros; la atroz toma del Palacio de Justicia. Y como el horror no tiene límites, ahora… lo que hemos vivido en los últimos días: la erupción del Volcán del Ruíz”…

“Este es el precio de vivir,  diría un pesimista. Pero la tragedia invita, como la  recordaba un periodista, a ser humildes frente a la naturaleza, a aceptar que muchas veces puede golpearnos con su brutalidad, en vista de las permanentes violaciones que cometemos del sistema que ella ha impuesto”.