13 de abril de 2021
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Anécdotas sobre el Mariscal Alzate

25 de noviembre de 2010
25 de noviembre de 2010

Pocos alzatistas de Caldas milagrosamente estamos supérstites. Conservo una foto tomada en la Peña Taurina de Manizales, en la cual, con rostros juveniles y alegres, Elías Arango Escobar y Jaime Calderón Giraldo, conspicuos ingenieros, están al lado del Mariscal, en uno de esos jubilosos homenajes que servían para justificar nuestra adoración por el caudillo. Elías, por entonces, era el comandante de un batallón de profesionales recién salidos de la universidad, que encontraban en Alzate la respuesta para sus ansiedades espirituales.

El centenario de su nacimiento ha dado pábulo a mentiras transformadas por el uso en verdades pontificias, repetidas una y otra vez, con irresponsable adulteración de la historia. Por ejemplo, jocosamente lo perfilan como un glotón, de voracidad ansiosa. No es cierto. Suyo era un apetito ávido, sí, pero es falso que en las correrías por los pueblos llenara los bolsillos, con precavido anticipo, con pedazos de morcilla, paquetes de cucas, papas al vapor y sobres de Sal de Frutas.

Los contratiempos de la política los disolvía en cortas bohemias. Luis Ignacio Andrade persiguió como una hiena al Mariscal. Siendo Ministro de Gobierno daba órdenes arbitrarias para impedir que su Diario de Colombia fuera embarcado en los aviones que cubrían las rutas del país. Eran frecuentes nuestras amanecidas en los talleres del periódico. A las cuatro de la mañana salíamos para el aeropuerto en su vehículo, para despacharlo a las ciudades de provincia. Era un golpe atroz la notificación de la Policía de estar prohibida, por órdenes superiores, su circulación en los departamentos. Regresábamos, descorazonado el Mariscal. El alcohol y su lengua mordaz le servían para disipar esos inesperados contratiempos.

Alzate quería pasar a la historia como un segundo Núñez y lo habría logrado si la parca no troncha su destino. Cuando fue nombrado Embajador en España, se le despidió con un multitudinario banquete en el Salón Rojo del Hotel Tequendama. Fui el orador a nombre de las juventudes. Dada mi cercanía amistosa con el Caudillo, más la confianza absoluta que me tenía, él me entregó el discurso que yo debía pronunciar. Son inolvidables los párrafos en los cuales hacía un paralelo entre su vida volcánica y los Vía Crucis del cartagenero.

Era un histrión experto en el zurriago. Sabía manejar sus rabias postizas, el teatro colérico, un azaroso lenguaje. Cuando pasaban los regaños, se aislaba momentáneamente y a sus íntimos les preguntaba por la reacción del vapuleado. Después del sermón, permitía que la víctima se le acercara, convirtiéndose entonces en un consejero amistoso.

Sabía cuánto vale un líder municipal. Terminamos una concentración en Neira y Alzate le solicita a su comitiva que lo acompañe a Pácora. Por carretera destapada y espesas nubes de polvo, llegamos rucios a este municipio. Gilberto manda llamar a Daniel Ángel, un príncipe cabal, y con él se encierra en el Club Social Jorge Robledo. A las dos horas de diálogo privado, retornamos a Manizales. Le preguntamos al Caudillo sobre el porqué de ese desplazamiento que no estaba programado. Contestó: "Daniel es el jefe del partido en Pácora. Vine a convencerlo para que me acompañe políticamente. Perdí el viaje". Esta anécdota demuestra cuánta importancia les daba a los conductores de los pueblos.

No todas las correrías tenían un final placentero. Rodrigo Ramírez Cardona le organizó una concentración en Pensilvania con representación de todos los municipios del Oriente de Caldas. A las diez de la noche salimos de esta población con dirección a Manizales. Cuando llegamos a Petaqueros encontramos que la neblina era tan espesa que a un metro ya era borrosa la carretera. Gilberto le entrega el timón a otro, y él, a pie, linterna en mano, alumbraba para evitar el volcamiento por un precipicio. A las cinco de la mañana ingresamos a la ciudad después de controlar los nervios durante más de seis horas.

Augusto León Restrepo escribió un hermoso anecdotario sobre Alzate. Dijo que Doña Yolanda Ronga, su esposa, lo acompañaba en todas las correrías "para no tener que molestar a nadie". La verdad es otra: jamás esta dama estuvo en gira con nosotros.

Tengo un arsenal de remembranzas sobre este demiurgo genial. Compromisos profesionales ineludibles no permiten que mañana viernes esté presente en el homenaje que, en Manizales, se hará a su memoria. Una síntesis justa sobre Alzate es la siguiente:

Fue el hombre más grande de Colombia en el siglo pasado. Así de sencillo.