5 de julio de 2020
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Una contra-carátula para Alzate

9 de octubre de 2010
9 de octubre de 2010

El inspirado panegírico, que ha sido un ilustre desconocido en la prolija bibliografía sobre el fenómeno alzatista, fue acomodado (no sabemos cómo!) en el limitado espacio de la contra-carátula de un disco de larga duración que contiene una de las más vehementes intervenciones parlamentarias del brioso mariscal.

Nacido en estas benditas breñas el 10 de octubre de 1910, el carismático jefe conservador murió a las cuatro y treinta  de la madrugada del sábado 26 de noviembre de 1960, en el cuarto piso de la Clínica Marly, de Bogotá, tras someterse a una serie de intervenciones quirúrgicas.

La Intrusa, que le ganó la partida a la ciencia médica, se lo llevó cuando bordeaba los 50 años de edad y el país político lo veía, en el proceso de la alternación bipartidista,  como el más seguro sucesor de Alberto Lleras Camargo, el primer presidente del Frente Nacional.

Sin pretender entrar en competencia con César Montoya Ocampo, el biógrafo por excelencia de Alzate, el editor Girón Barrios apeló a su poder de síntesis para bordar el retrato del caudillo prematuramente desaparecido:

“La voz y el pensamiento de Gilberto Alzate Avendaño aprisionados aquí, son para hoy y para la gilberto alzateposteridad documentos vivos a los que tendrá que acudirse para el detenido examen de los hechos y de las circunstancias en que se agitó este caballero del ideal, este coloso abanderado de nuestras luchas democráticas. Dibujar o siquiera trazar en breves párrafos la silueta de este hombre extraordinario es empresa imposible por el contrastado y turbulento viaje a que sometió su vida en la que descolló el escritor, el orador, el político, el estadista, el diplomático, el amigo, el derrotado y el jefe triunfante”.

Sobre Alzate periodista, en su Diario de Colombia, hizo esta reflexión el historiador radial: “El escritor político bien hubiera podido dejar ensayos admirables y bien logrados, No tuvo tiempo para pulirlos o volver a ellos. Sus editoriales los escribía siempre al filo de la media noche, asediado a telefonazos, en los intervalos que le permitían sus amigos, con la preocupación de la precaria suerte de su periódico, obligado a pensar en el viaje presuroso del día siguiente. Pero a pesar de ser escritos de oportunidad, descubren la amplitud de su cultura, el brillo del idioma, el conocimiento de los temas. Firmaba con frecuencia con el seudónimo de ‘Iñigo de Altamira’. Si hubiera llevado una vida más pausada y recoleta, menos febril y nerviosa, hubiera dejado densos volúmenes de ensayos de la mejor prosa”… “No era un fanático. Una inteligencia con tan aguda capacidad de análisis veía el revés de todas las cosas. Con sus adversarios políticos dialogaba sin prejuicios, daba la razón a quien la tenía, escuchaba con atención y saludaba con alborozo toda observación inteligente”.

Para el biógrafo, Alzate fue personalísimo en su figura, en su manera de hablar, de razonar, de reir, de reaccionar. No se parecía a nadie. Fue una personalidad muy original y dibujada, que obraba siempre con pasión, con un temperamento regulado por una razón fría. Y le parecía un hombre volcánico –que no sabía paladear, ni permanecer como espectador– manejado por un cerebro raciocinante que pecó siempre por exceso, no conoció la tranquilidad muelle ni el ocio fecundo, que todo lo hacía a zancadas y todo lo que le ofreció la vida lo tomó a grandes sorbos.

La apostilla:
No se le escaparon al progenitor de “Caudillos y muchedumbres” la risa de Alzate (de niño grande); el afecto por sus amigos (que él llamaba su puñado de fieles); su dominio del derecho; su temperamento parlamentario; su ruda franqueza y su lealtad en el combate; su calva reluciente (prematuramente despoblada); la pipa inseparable; el brillo metálico de sus ojos verdes y un detalle especial: no sabía dar la mano, al saludar, y la tendía displicente a los indiferentes.