5 de marzo de 2021
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La Loma en llamas

25 de septiembre de 2010
25 de septiembre de 2010

En su párrafo de entrada, el discípulo de Hipócrates se regodea al describir la urbe en agraz: “Manizales era una ciudad próspera. En sus casas abundaban los lujos europeos, y los hijos de las buenas familias se formaban en universidades del Viejo Mundo, Era una ciudad joven, pero con ínfulas de tradición”.

Se pasea rápidamente el doctor Roselli por la fundadora “Expedición de los veinte”, encabezada por don Patricio Fermín López; se detiene en la humillante derrota militar que sufrió en las breñas el presidente Tomás Cipriano de Mosquera; desmenuza el vigoroso impulso que recibió la economía de la región y su conversión, a partir de 1905 (apenas cincuentona) en la capital del floreciente departamento de Caldas.

Narra que “de un sitio estratégico en lo militar, la ciudad de cuestas inverosímiles pasó pronto a ser un sitio estratégico en lo comercial. Sus tierras volcánicas, la riqueza de agua y otros factores geográficos concentraron en esta vertiente de la Cordillera Central lo más selecto de la caficultura”.

En esta escala de su viaje de cuatro años por cien ciudades colombianas, el autor hace un inventario de los esfuerzos realizados por los caldenses para superar sus problemas de comunicación terrestre y aérea. “Llegar o salir de Manizales era parte de la aventura de conocerla (como debe tener presente cualquier viajero varado en el aeropuerto La Nubia)”, y pasa velozmente por los osados arrieros y sus recuas, el ferrocarril, la red vial, los cables aéreos y la apertura de imprentas, bancos, teatros y colegios.

Los incendios que motivan el escrito son abordados así por el ex director general de la Cruz Roja Colombiana:

“… Regresemos a los años veinte y a los dos incendios que devastaron el centro de Manizales y que son, después de todo, el tema central de esta crónica. Ocurrieron uno en julio de 1925 y el otro en marzo de 1926 y, para constancia de la historia, quedaron consignados en numerosas fotografías. La única manera de frenar su avance  fue hacer alrededor una zona de contención, destruyendo con explosivos los edificios que pudieran sucumbir a las llamas. Aunque el primer incendio fue más devastador, el segundo fue el responsable de destruir la catedral ante los ojos desesperados de todos. La réplica en menor escala de esta vieja catedral sobrevive en la iglesia de Chipre”.

El médico-historiador se hace lenguas a propósito del epicentro de la cristiandad  caldense: “No hay una iglesia tan democrática como la que hoy se levanta en el mismo lugar de la antigua catedral. El diseño fue elegido por concurso y luego aprobado en una consulta popular… Hoy, la silueta de caprichoso estilo neogótico de la catedral de Manizales, que se proyecta sobre el telón de fondo del nevado del Ruíz, es el emblema de la ciudad… Nos recuerda cómo de las cenizas resurgió, en el tiempo  milagroso de dos años, una nueva urbe. Manizales, ciudad ejemplar, nos enseña que salir adelante es cuestión de empeño”.

La apostilla:
La crónica sobre el Manizales en llamas de los años veinte exhibe dos entradas: La de Juan Rulfo: “Las chispas volaban y se hacían rosca en la oscuridad del cielo formando grandes nubes alumbradas”… Y la de Diego Roselli: “Muchas ciudades han sido forjadas por las cicatrices de grandes incendios; Manizales es una de ellas”.