5 de marzo de 2021
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El suicidio en Colombia, una bomba de tiempo

25 de septiembre de 2010

Muchas son las propuestas para tratar de llegar al meollo del asunto: hay opiniones muy dispersas, pues, mientras algunos dicen que este es un flagelo del siglo XXI en Colombia y en el mundo; para otros, es un asunto que se debe combatir desde la familia, célula primaria de la sociedad, inicio de todo problema  por el entorno  (barrio, escuela ,colegio, universidad);  y otro que es también un tema que hay que tener en cuenta, y es que el joven, si está en el sistema educativo, sólo asiste 5 horas diarias, de lunes a viernes, desde las 7 a.m. hasta la 1 p.m., y de allí en adelante es cuando se empiezan a cocinar las habas.
Para el profesor Sergio Alejandro Blanes Cáceres, hay explicaciones “profundas que nos llevan a plantearnos serios análisis sobre el tema”. Dice el  Dr. Blanes, que la valoración del suicidio, como “acto electivo” ha tenido a lo largo de la historia una sucesión de variantes que están muy relacionadas con las sociedades donde se efectúan dichas conductas. Para los esquimales, el suicidio era un acto “altruista” que beneficiaba la descendencia, ya que quien se suicidaba dejaba de “ser una carga para la familia”, y  que su cuerpo podría servir como un suculento banquete para los animales. Los celtas sublimaban estos actos, porque así se acercaban  a sus dioses. Los romanos, por el contrario, lo definían como un derecho que tenían los individuos de elegir qué diablos hacer con su vida, es decir, en un todo, de acuerdo con el “estoicismo” quedando desde luego, legitimado. Para los japoneses, el famoso “Seppuku”, pésimamente denominado “Harakiri”, por la errónea lectura de los pictogramas, regulado de manera muy estricta en el Código Samurái, en donde uno mismo “se producía la muerte”.  En estos pueblos, por lo tanto, el suicido era considerdo un asunto de honor, y nunca fue contemplado el suicida como un desequilibrado mental, ya que lo hacía basado en principios religiosos, altruistas, o sociales, y de esa forma, simplemente se quitaba la vida, como algo normal, natural e, incluso, excelso.
Este preámbulo nos adentra en la terrible problemática colombiana, en lo que atañe a los suicidios  de niños y adolescentes, que se han disparado en forma alarmante.
No es raro en nuestro medio que eso  venga sucediendo, pues, enmarcados como lo hemos estado en un clima de violencia, de maltrato infantil, de embarazos no deseados o de niños traídos al mundo sin que ninguno de los actores los quieran, pues es  apenas lógico que estas personas, para evitar el aborto, permitan que nazcan estas criaturas, carentes de afectos, de recursos, mal alimentados, en un entorno inhóspito generalmente, y así irán creciendo hasta verse envueltos en el pandillaje de barrio, o en decepciones amorosas, o rechazo de sus compañeros de escuela, y, lo más probable, es que ya estén viviendo o con la abuela , o con algún pariente, o con la madre, pero muy ajena ésta al hijo que trajo al mundo.
Ese caldo de cultivo es óptimo para que estos individuos caigan en la rebeldía, el pillaje, o presenten cuadros depresivos, que pueden culminar con el suicidio. Para el Dr. Blanes, los niños, hasta los seis años, tienen un concepto muy primario de la muerte, lo que hace casi que imposible que desarrollen conductas suicidas. Ya, a partir de los siete años, la muerte se considera como un acontecimiento universal, que lo afectará en algún momento.
El peligro de esta edad y, de allí en adelante, es que el concepto de suicidio le llegue, bien porque lo escucha en su entorno, o lo ve en la televisión, o en medios radiales o escritos.
Según las estadísticas, se ha notado que  en niños con edades inferiores a los catorce años, las tentativas para acabar con su vida son 50 veces más elevadas que en personas de mayor edad.
El asunto es de una complejidad inmensa. Los estudios que arroja la siquiatría  moderna nos dan luces sobre lo que acontece en el inconsciente del suicida potencial, lo que obliga a una seria campaña de  formación desde el núcleo familiar y escolar, y dar mayores espacios para que los niños y jóvenes permanezcan más tiempo en la escuela o colegio, y se utilicen al máximo los auspicios del deporte, así como un seguimiento riguroso para aquellos que muestren retraimiento, rechazo, ira contenida, o carencia total de afectos.
El asunto es demasiado serio, para que sólo se muestren frías estadísticas de suicidios en niños y en jóvenes de ambos sexos.

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