21 de enero de 2021
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¿Van los medios al ritmo del país?

6 de junio de 2010
6 de junio de 2010

rcn caracolSólo que en ese instante quedaban apenas dos meses y ya estaban de bruces frente a la campaña más corta de la historia reciente de Colombia. Quizás por ello, una primera característica del proceso de elecciones fue una fruición exagerada y algo histérica en que los medios tuvieron mucho más errores que los que cometen habitualmente. Preocupados por los programas de los candidatos, se dedicaron a describirlos pero no a explicarlos y mucho menos a debatirlos. Publicaban pequeñas cápsulas con las propuestas recortadas o lanzaban preguntas que los candidatos respondían de manera rápida mientras recorrían en lancha el río Magdalena, se subían a una tarima en Ayapel o bailaban currulao en las calles polvorientas de un caserío que nunca volverán a pisar.

El equilibrio del centímetro

Nietos de la milimetría e hijos de una pretendida objetividad, los medios de comunicación colombianos tienen una noción muy particular y sobre todo obsesiva del equilibrio. Es una especie de contrición de corazón con que tratan de compensar los sesgos de la información. Pero es un equilibrio del centímetro y no del fondo. Lo comprueba hasta el exceso El Tiempo, que contrató a una empresa para que hiciera mediciones mensuales de la cantidad de información que el periódico le dedicaba a cada uno de los candidatos. Como si eso garantizara algo frente a la posición editorial del medio, la atracción de los lazos familiares, el encuadre sesgado de la información y la reiteración de los oráculos enfebrecidos del uribismo que han colonizado sus páginas editoriales.

Esta avalancha de noticias posiblemente tuvo el efecto contrario. En vez de cualificar la información la redujo a su mínima expresión. Alguna vez, un director de noticiero de televisión colombiano dijo en una entrevista que éstos debían ser como montañas rusas de las que el televidente no pudiera bajarse. Una excelente definición para una pésima práctica.

Palidez de primíparo

Una segunda característica de la cobertura de las elecciones fue la combinación entre encuestas y medios. Como si los dos se necesitaran mutuamente, los medios fueron altavoces bastante efectivos de la orgía de encuestas, que además pagaban y anunciaban con bombos y platillos. A veces su publicación parecía menos un aporte para el conocimiento de los votantes y mucho más una simple estrategia de publicidad para subir el rating. Fueron tantas y tan diversas, con metodologías y coberturas tan disímiles, que los lectores y las audiencias deben haber terminado empachados de porcentajes y pobres de información. Hubo verdaderas perlas periodísticas en la titulación de las encuestas para amañarlas a las preferencias de los dueños y distorsiones monumentales que harían palidecer a un estudiante de primer semestre de ética periodística aplicada. Al final, una encuesta se tropezaba con la siguiente, como una suerte de tren descarrilado, que sólo lleva a donde sus maquinistas desquiciados intentan conducirlo. Pero el máximo desatino de las encuestas sucedió cuando a medio camino, se cambiaron las reglas de juego y la maroma técnica frenó la caída en picada de la candidatura de Santos.

Rumores en el país de la confusión

rcnUna tercera característica de la cobertura de elecciones fue la confusión de la comunicación con el rumor. La opereta de mala muerte que protagonizó un dudoso consultor venezolano, le puso la guinda a la torta. Presentado como psicólogo, vendió como nueva una teoría que en comunicación y psicología forma parte del museo de las antiguallas: el rumor. Los medios no sólo picaron el anzuelo sino que sirvieron de carnada. Y eso sucedió por la exagerada propensión que tienen los medios de apostarle a lo que brilla, así su fulgor sea tan fugaz como nocivo. Las discusiones sobre el supuesto ateísmo de Mockus, la maracachafa de Santos o la extradición de Uribe, forman parte de ese cuadro de costumbres que aún es la política colombiana, tan llena de gestos premodernos y comidillas chismosas.

La equidad formalista tiene sus consecuencias. Los canales públicos, obligados por ley a transmitir publicidad de los candidatos, lo hacían en los horarios más extraños y de la manera más bizarra. De pronto aparecían, uno tras otro, los mensajes de un mismo candidato, como si se tratase de una de esas maratones que organizan los canales por cable. No hay una televisión pública que haya interiorizado su papel como oportunidad de circulación de la opinión y el análisis de todos los sectores de la sociedad sobre los grandes temas de la sociedad y la nuestra cumple lo que le manda la ley con la monotonía de los subalternos.

Made in Sinaloa

Una cuarta característica de la cobertura fue la pobreza de la propaganda electoral. Con contadas excepciones, como la publicidad de Vargas Lleras, los mensajes televisivos fueron previsibles, sin emoción y sonsos. Parecían sacados de un concurso de primíparos y en algunos casos, como en uno de Santos sobre empleo, claramente fusilados. El mago importado de la rumorología, no tuvo el menor inconveniente en sugerir la transmisión del mismo mensaje que había hecho para un candidato de Sinaloa, que es un ejemplo perfecto de mal gusto y falta de imaginación. Parte de otro viejo concepto y es que la insistencia del mensaje crea de por sí influencia. Por eso, el bombardeo de imágenes, la crispación de la música y la simplicidad de los signos, que pretenden recurrir a recepciones más sensoriales que cognitivas.

El imperio de la chicharra

Punto aparte merecen los debates presidenciales. Ya existe en muchos países una tradición sobre su importancia y suelen ser uno de los platos fuertes de las agendas electorales. Permiten contrastar puntos de vista, saber la opinión de los candidatos sobre temas particularmente álgidos y tienen cierta relevancia en las tendencias de los votantes. Sin embargo, los que se produjeron en la primera vuelta de las elecciones fueron deplorables. Sobre todo los realizados por los dos canales privados nacionales, RCN y Caracol. Acostumbrados a un periodismo televisivo que cada vez se torna más anacrónico y que obedece a un modelo periodístico que hace agua por todos lados, los debates de los canales privados son la mejor muestra de un concepto de información que supone que la agilidad está en el cronómetro, la autoridad en una chicharra y el pluralismo en un potpourri de preguntas. Las reglas de juego que Clara Elvira Ospina expuso al inicio del debate en RCN parecían sacadas del libro de Ripley: confusas, enrevesadas y caóticas. Con semejante manual de instrucciones tan farragoso, los programas no podían ser sino colchas de retazos en que los candidatos no tenían tiempo para responder, la campana era la protagonista, los propios entrevistadores lucían nerviosos y no existió nada que se pareciera a un debate. Es el periodismo de montaña rusa, insulso y que además agravia a los contendores políticos y por supuesto a los ciudadanos. El ejemplo contrario, que demuestra que las cosas se pueden hacer de otro modo y bien, fueron los debates organizados por City Tv, El Tiempo y la W, moderados por Alberto Casas y Roberto Pombo. Fueron mesurados, autocontrolados, interesantes. Mientras los primeros no dieron nada de qué hablar, los segundos mostraron las capacidades y los argumentos de los candidatos. Aquellos que tenían los porcentajes más bajos de las encuestas pudieron mostrar la altura de sus propuestas y demostraron que la gente no necesita espadas encima para comportarse civilizadamente.

El mal que los aqueja

Ya es hora de generar un análisis profundo sobre el camino que han tomado los noticieros de televisión colombianos, porque lo que se manifestó en los debates es parte del mal general que los aqueja: continuidades sin criterio, recurso a la emoción fácil, noticias cada vez más truculentas, fronteras borrosas entre información y entretenimiento y una muy débil capacidad de análisis. Hacen falta más canales que les proporcionen otro tipo de información a los televidentes. Todo eso pasará cuando la Comisión Nacional de Televisión decida actuar correctamente y los operadores actuales no estén tan interesados en cuidar como cancerberos su mordisco en la torta publicitaria. Aunque la tesis del licitante único puede ser un remedio peor que la enfermedad.

Internet, aunque usted no lo crea

internetEl gran protagonista de la jornada electoral colombiana fue internet. No parece raro porque también lo fue en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Y aunque ya existían lecciones abundantes sobre ello, muy pocos candidatos le pusieron atención al papel creciente de las nuevas tecnologías en la vida pública de los países. Sin embargo todas las condiciones del contexto colombiano muestran otra cosa. Según los estudios del DANE, en tan sólo cinco años la lectura en internet se duplicó en Colombia y se triplicó en Bogotá. Los videojuegos ya ocupan un espacio privilegiado en el consumo cultural de los niños y los datos sobre acceso a Internet que trimestralmente ofrece la rigurosa Comisión de Regulación de las Telecomunicaciones son verdaderamente asombrosos. Muestran que hay un crecimiento vertiginoso de los usuarios -no solamente de los estratos altos sino también de los bajos- y que cada vez son más los ciudadanos que tienen servicios de banda ancha. En la Encuesta bienal de culturas del Observatorio de Culturas de Bogotá (2009), se constató que el 55% de los bogotanos ya tienen computador y que el 66% tiene acceso a él. En el 2003, sólo el 30% de los bogotanos usaban telefonía celular. Para el 2008, ya el porcentaje había subido a 92%, lo que significa, palabras más palabras menos, que en la telefonía móvil se pudo lograr una cobertura prácticamente universal en cinco años, mientras la televisión gastó 30 para lograr lo mismo. Y en cuanto a los usos, los colombianos ya utilizan el teléfono móvil para muchas más cosas que para hablar: escriben mensajes, hacen chat, navegan en internet, transmiten y reciben imágenes, oyen música y se conectan a las redes sociales. Ya empiezan a aparecer publicaciones pensadas para internet que ofrecen otras alternativas a los cansados lectores de los periódicos y las revistas impresas que además están en franca picada en todo el mundo.

Y el fenómeno del momento

Mucho se ha hablado de Mockus como un fenómeno construido por los medios. La hipótesis está mal formulada. Porque los medios rara vez pueden construir nada si aquello que muestran no sintoniza de algún modo con las expectativas y los deseos de la gente, con sus preferencias y sus opiniones. No hay que darle a los medios el poder que no tienen. Ellos interpretaron lo que ya se estaba produciendo en la sociedad. El fenómeno de Mockus en las redes sociales, en las que ha llegado a ser uno de los diez políticos mundiales más presentes, es el acontecimiento más destacado en la cobertura comunicativa de las elecciones.

Por supuesto que el fenómeno es mucho más que un dato tecnológico. Es más bien la conjunción entre el desencanto del proyecto de Uribe, el asco de la corrupción y nuevas maneras de expresión de la política y la cultura en los jóvenes que acuden a los canales de comunicación que les son más cercanos y afines: los de las nuevas tecnologías. Por ellos escuchan música, navegan, se encuentran; en ellos han inventado nuevos lenguajes, formas de afiliación que retan a las agencias de socialización tradicionales, movilizaciones que sorprenden a los que creían que eran apáticos o desinteresados.

Paquidermos vs colibrís

El rumorólogo de marras cree que es inundando de mensajes a favor de su candidato y en contra de su mayor contrincante, como se neutralizará la comunicación virtual. Pero como se observa en la infinidad de textos que se cruzan por la red, los internautas rápidamente desenmascaran la trampa, de una forma contundente que no es posible en los periódicos, la radio o la televisión, esos medios del pasado que inclusive en directo parece que tuvieran la velocidad de los paquidermos. La falsedad de la propaganda trucha se descubrió en instantes a través de internet y los rumores son sometidos a escarnio con gran agilidad. El humor reemplaza a la mala leche y la ironía brota en las conversaciones discontinuas de la web. Un logro muy interesante fue la participación de muchos ciudadanos en la creación de una publicidad más atractiva que la que hacen costosamente las agencias de publicidad y sus creativos. Y semanas después de que Mockus recibiera amenazas por la red, las autoridades, tan solícitas con el caso de uno de los hijos del presidente, no han dado la más mínima explicación sobre el suceso. ¡Ni siquiera consultando al FBI!

Lo interesante de estas elecciones no solamente será quién logra ser el Presidente de Colombia, sino también las transformaciones políticas, sociales y culturales que se están viviendo en las maneras como se comunican las ideas políticas. Un cambio que dejará atrás a muchos medios de comunicación, abrumados por su pesadez y su anacronismo y que abrirá las puertas para imaginar otras posibilidades para la democracia.

*Investigador, dirige el Programa de Estudios de Periodismo de la Universidad Javeriana.