22 de noviembre de 2019
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¿Qué pasa en Europa?

22 de junio de 2010

Hay infinidad de explicaciones. Los medios prácticamente no se ocupan de algo diferente estos días en Europa. Con excepción, claro está, del campeonato mundial de fútbol.

Muchas teorías están apareciendo. Quizás la más atrayente es ésta: para que pueda funcionar bien una Unión Monetaria cualquiera (como es la de los Estados de la Unión Americana con el dólar, o la de los países que hacen parte de la unión Euro), se necesita un mínimo de armonización en sus políticas monetarias, fiscales, presupuestales y de deuda pública. Mal que bien, las autoridades federales de los Estados Unidos logran imponer esa armonización. Pero los europeos –como lo ha puesto al descubierto la agudización de la crisis– no han logrado mínimos de sincronización. O no tienen los instrumentos para hacerlo.

En primer lugar, el tratado de Maastricht ordena como requisito mínimo para mantener las condiciones de la moneda única (máximo de déficit fiscal en cada país 3% del PIB, y máximo endeudamiento público como proporción del PIB, 60%). Pero voló por los cielos cuando cada quien se lanzó por su cuenta y riesgo a aplicar en los dos años anteriores políticas frenéticas de gasto público anticíclicas para intentar superar la crisis.

Para la zona Euro, por ejemplo, el endeudamiento público como proporción del PIB pasó del 69,4% en 2008 al 78,8% en el 2009, y se estima que el 2010 cerrará con un indicador del orden del 85%. Es decir, cerca de 25 puntos porcentuales por encima del máximo permitido por el tratado de Maastricht.

De allí que todos los gobiernos de los países de la zona Euro –prácticamente sin excepción– andan proclamando a los cuatro vientos cómo harán en los años próximos para retornar a los patrones de ortodoxia fiscal ordenados en el tratado de Maastricht. Casi todos anuncian reformas legales para ampliar la edad mínima de jubilación. En prácticamente todos se anuncian reformas tributarias para elevar los recaudos impositivos y para reducir severamente los programas de gasto público, y medidas para poner en venta activos públicos improductivos que ayuden a rebajar el déficit fiscal. Por ejemplo, Francia acaba de anunciar que pone en venta 1.700 edificios, palacios y propiedades públicas equivalentes a 500.000 metros cuadrados.

Naturalmente, estos anuncios han sido recibidos con gran molestia y desconfianza por todo el movimiento sindical europeo que ya señalan que el perfil de las políticas de ajuste anunciadas apunta en la dirección de hacer caer el peso de las medidas sobre los trabajadores y sobre las personas menos adineradas. Mientras tanto, los grandes capitales no han sido aún invitados a pagar la cuota parte de su cuenta en este penoso proceso de ajuste. Se pronostica un verano hirviente, no sólo por el calor sino por la agitación social y por las huelgas que se anticipan por todas partes.

En síntesis, la gran empresa política que ha sido hasta el momento el euro (para cuya realización los países miembros de la Unión Monetaria debieron renunciar a sus monedas milenarias hace ya once años cuando se creó la moneda única a partir de 1999), sólo podrá salvarse si hay una profunda reestructuración en la manera como el Viejo Continente viene manejando sus políticas fiscales. Está en juego nada menos que la supervivencia de la moneda única.