21 de enero de 2021
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La última odisea que vivieron los cuatro uniformados liberados

15 de junio de 2010
15 de junio de 2010

Todo empezó poco antes del mediodía del domingo, cuando el general Luis Mendieta, el coronel Enrique Murillo, el sargento primero del Ejército Arbey Delgado y el propio Donato se encontraban en el interior de la tienda en la que los guerrilleros los recluían.

Ese mismo día el general Mendieta cumplía 53 años, por lo que el sargento Delgado demandó, días antes, si los guerrilleros podían hacer una excepción y permitir a los secuestrados una actividad especial por el aniversario, sin saber que el mejor regalo estaba por llegar.

Cuando uno de los guerrilleros encargados de su vigilancia, alias "Jesús", entró a la tienda para comunicarles la actividad permitida, un ruido seco rompió la conversación.

"'Jesús' se preguntó qué pasaba, inmediatamente sonaron cantidades y cantidades de disparos, y sonaban explosiones por las granadas (…). Éste fue un rescate a fuego y granadas, pero nada de sangre", relató Mendieta en un homenaje de la Policía Nacional, en el que recibió un pastel de cumpleaños y regalos.

Explicó que los guerrilleros salieron a toda velocidad de la tienda y Mendieta solo tuvo tiempo a tirarse al suelo con el único objetivo de salvar su vida.

Escondido entre dos camas, en realidad dos troncos de palma, el general se resguardó durante casi media hora, en la que los disparos y las explosiones no cesaron. "No se escuchaba ninguna voz, solo explosiones y explosiones", recordó.

Cuando decidió salir, localizó un casco militar entre la maleza y les hizo señas para ser rescatado: "Supe que era del Ejército".

En un río cercano, el coronel Murillo estaba al mismo tiempo sumergido, aguantando la respiración.

Tres días antes, Murillo había observado que aviones sobrevolaban la zona y trasladó su preocupación a los captores, "porque normalmente, cuando hay sobrevuelos, si detectan algún objeto hay bombardeos".

Los guerrilleros, sin embargo, respondieron que el puesto de acceso era "muy seguro y era muy difícil de entrar", sin saber que ese iba a ser el punto de entrada de las tropas colombianas.

"La guerrilla nunca creyó que ese era el flanco débil. Mi reacción fue salir a correr en un tiroteo, cada uno 'sálvese como pueda' (…). Cada uno tenía su destino, y el mío fue tirarme a un río", explicó Murillo.

"El fuego era nutrido -agregó- y las granadas seguidas, (…) una experiencia desastrosa, el fuego en el oído. Me sumergí en el hueco, respiraba lo que podía y aguantaba dentro del agua".

De repente, unas granadas explotaron cerca y dos personas saltaron justo enfrente suyo, sin verle. Cuando alzó la vista y vio que portaban uniformes del Ejército, solo pudo hacer una cosa: "Levanté mis cadenas".

La misma carrera que había iniciado Murillo momentos antes, la imitó William Donato, pero en dirección distinta, sin saber que en ese camino le aguardaban más peligros que a sus compañeros.

"La guerrilla cometió un error grande, el haber creído que su fortaleza era invencible, y esa fortaleza se convirtió en su debilidad", opinó el oficial.

La escapatoria desesperada de Donato iba camino de convertirse en fatídica cuando, de repente, se encontró de cara con un guerrillero cerca de un río: "empezó a dispararme inmediatamente. Yo no sé nadar muy bien, pero entre una bala y el agua, prefería el agua. Como había llovido, el agua estaba revoltosa, y me dejé arrastrar (…) mientras sonaban disparos".

Ante el temor de encontrar más guerrilleros, Donato se escondió en un hueco en el suelo, escarbó y esparció tierra sobre sí mismo.

"Sentí que me llamaban, pero dije: 'no salgo hasta que oscurezca'. Pueden haber dos riesgos: que me encuentre un guerrillero o que el Ejército me considere un guerrillero".

Ya de noche, los helicópteros sobrevolaban el área y Donato corrió a hacerles señales, pero su odisea aún le aguardaba terribles sorpresas, cuando un avión empezó a bombardear y decidió saltar al río.

El sonido de las hélices cesó. "Pensé que me habían dejado, pero sabía que la Policía volvería a buscarme. Me arropé, y cuando escuché motosierras, me volvió a bombear el corazón. Sabía que la guerrilla no las utilizaba".

Cuando amaneció, volvió al campamento que lo tuvo encerrado, ahora convertido en la llave de su libertad. Allí lo esperaba el Ejército. EFE