21 de enero de 2021
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La condena del coronel Plazas

14 de junio de 2010

De una parte, la izquierda militante y defensores de los Derechos Humanos, entre quienes hay personas que no necesariamente son izquierdistas, han cerrado filas entusiastas en torno al pronunciamiento de la jueza y, del otro lado, quienes ardorosos están en abierta oposición a sus términos, en especial porque estiman que la prueba fundamental no es tal probanza y si una impostura.

María Isabel Rueda analiza el tema con especial acierto en su columna de este domingo y estoy del lado de sus razones, una de ellas el contexto en que se dieron los hechos, hace ya 25 años, y el de ahora, que son totalmente diferentes.

¡Quién se ocupaba de los Derechos Humanos en Colombia hace 25 años? Quizá, como dice ella, los doctores Alfredo Vásquez Carrizosa y Héctor Abad Gómez. En cambio, hoy es un libreto que cobra vigor en amplias capas de la sociedad colombiana y, del mismo modo, al interior de la fuerza pública.

Además, debo agregar que para el año 1985 no existía en el ordenamiento penal colombiano el delito de la desaparición forzada. Por tanto, a estas alturas no resultaría posible imputarle  al coronel Plazas una conducta penal como aquella, para entonces inexistente, ni menos sancionarla.

Bajo esas premisas, y otras, podría discutirse el buen o mal acervo que sustenta la providencia de la señora jueza, y el debate está abierto porque no puede ser que los dichos de los jueces, por sacramentales que sean, reposen intocables. Eso fue antes. Ahora no, más cuando ha decaído la confianza en el aparato judicial, por culpa de unos cuantos de sus propios ejecutores: unos por morosos, otros porque prevarican, o por trasegar en causas de la gorrina calle.

Pero lo que sí quiero reivindicar es la probidad personal y la formación de la jueza Stella Jara, autora del veredicto, porque la conozco muy bien desde mis tiempos de magistrado en Villavicencio, en cuyo Distrito Judicial ella prestó sus esforzados servicios en continuos ires y venires por los juzgados del inmenso Llano, antes de recalar en Bogotá. A Stella Jara no se le conocen militancias raras.

A propósito de ella, y perdóneseme la digresión, he visto su registro en pantallas y periódicos y me doy cuenta cómo el paso del tiempo es inexorable y cómo va dejando huellas indelebles que solo el botox o el bisturí puede pasajeramente restañar, poniéndome a pensar esta circunstancia que a los 60 o 65 años, sin duda se podrá tener ya el olor y el sabor de lo añejo, como los del buen ron conservado en toneles de roble curado, pero igual recuerdo y les recuerdo que a los 45, y en adelante, igual se empieza a tener el todavía benevolente dulce aroma de lo que también declina. Entonces, nadie está libre del paso de los días con sus noches.

Al final de los tiempos, cuando todos nos volvemos historia, es lo mismo: morimos de enfermos o de viejos. O acaso, ¿la enfermedad incurable no es la anticipación de la vejez ruinosa? ¡No hay nada qué hacer en contra, amigos míos!

Y bueno. De nuevo les encarezco: el domingo venidero ¡a votar por Juan Manuel Santos!