22 de enero de 2021
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En La muerte de Delaskar Osorio

27 de junio de 2010
27 de junio de 2010

Se utilizan para defender ideas de la misma forma como se utilizan para describir un paisaje o para cantar la bondad de un corazón. En el escritor son el condumio para viajar por el mundo de los sueños, el pasaporte para ingresar a la inmortalidad, el arma para combatir las injusticias sociales, la razón que justifica su existencia. Sirven para declararle el amor a una muchacha, para cantar las excelencias de una raza,  para adornar la expresión del pensamiento o para describir el cuerpo de una mujer hermosa. Pero sirven también, en este momento, para expresar sentimientos de dolor, para despedir a un amigo que parte hacia la eternidad, para llevar consuelo a una familia afligida, para hacer el panegírico de un ser humano. Hoy quiero utilizarlas para despedir a un amigo, para decirle adiós a una persona que compartió parte de mis sueños como escritor, para expresarle a una familia cuánta tristeza nos causa su partida. Recurro a ellas porque sé que interpretan no solo la tristeza de mi corazón, sino también el dolor de muchos amigos que esta tarde hacen presencia en esta iglesia para decirle adiós al amigo que compartió con todos momentos especiales de su vida. Y porque sé además que llevan un poco de consuelo en medio de tanta tristeza acumulada.

Javier Arias Ramírez, nuestro más connotado poeta, escribió: “Tengo un amigo por el cual daría toda mi soledad y mi pobreza. Son tan nobles sus manos generosas, que han puesto una alegría en mi tristeza”. Eso puedo decir yo en este momento sobre Delaskar Osorio Alzate, mi pariente en tercer grado de consanguinidad. Fue un amigo en toda la extensión de la palabra. Alguien que sufría cuando el amigo tenía una dificultad, que reía cuando él reía, que celebraba sus triunfos, que lo acompañaba en sus dolores. La amistad de Delaskar no se tasaba en cuánto tenía el amigo para ofrecerle, sino en cuánto podía él entregarle. No se medía por el dinero. Esa amistad que él ofrecía era sincera, producto de un corazón grande, que no esperaba nada a cambio para ayudar al amigo. El lo acompañaba en sus penas y sus tristezas, en sus fracasos y sus triunfos. Estaba con él en todo momento. De Francisco de Asís aprendió que la humildad es una cualidad de seres humanos con calidades especiales. Por eso se entregaba con todo. Para Delaskar  no existían medianías. Era uno en la concepción de la amistad. La entregaba sin contraprestaciones, dando siempre lo mejor de él: su sonrisa franca, su lealtad sin tacha, su preocupación constante.

¿Quién fue, en vida, Delaskar Osorio Alzate? No es difícil decirlo: un hombre íntegro, amante de la familia, de excelente comportamiento social. Siendo todavía un niño sus padres, Clemente Osorio y Matilde Alzate, se lo llevaron de Aranzazu. Su destino inicial fue la Ciudad de Manizales. Posteriormente la familia emigró hacia Bogotá, en busca de nuevos horizontes. En esa ciudad, su hermano Daladier inició su carrera como periodista. Delaskar se vinculó entonces al desaparecido INTRA, Instituto Nacional de Transporte. Y años después fue trasladado a Manizales. Una vez en esta ciudad, se vinculó de nuevo a Aranzazu. Y se casó con una aranzacita, Gloria Inés Restrepo Botero. Años después se retiró de la entidad donde trabajaba, y montó un pequeño negocio ferretero en Manizales. Le fue bien en su nueva vida como comerciante. Yo lo recuerdo, en sus tiempos de funcionario oficial,  conduciendo un viejo Volswagen amarillo. En él, todos los sábados viajaba a Aranzazu, para reencontrarse allí con sus raíces, para compartir con sus amigos, para vivir la alegría de estar de nuevo en el pueblo de la infancia.

Delaskar Osorio Alzate era un hombre amable, de mentalidad positiva, amante de la lectura. Persona de excelentes calidades humanas, dueño de un gran carisma, sembró árboles de amistad por todas partes. Fue, sobre todo, un amigo de sus amigos. Abierto al diálogo, estructurado intelectualmente, con un buen bagaje cultural, su conversación era agradable por el conocimiento que demostraba sobre diferentes temas. Era un hombre ponderado en los conceptos, que escuchaba con atención los planteamientos de los demás. Lo digo yo que muchas veces debatí con él temas de hondo contenido político. Y aunque no estuviera de acuerdo con algunas opiniones, expresaba respeto por el pensamiento ajeno. Sabía controvertir. En la Pastelería Pan Extra,  sitio de reunión de muchos aranzacitas, se convirtió en uno de los contertulios habituales. Quienes  solían sentarse a su mesa para departir al calor de un tinto sentirán su ausencia definitiva. Porque no tendrán ya, frente a ellos, al amigo sincero, al hombre alegre, al ser humano que les hacia agradable el momento. Ese amigo ha partido hacia la eternidad, envuelto en las sábanas blancas de la gratitud, bañado su cuerpo con el llanto de quiénes lo sintieron cercano.  

Entregamos hoy a la tierra nutricia el cuerpo de un amigo. Pero no de un amigo cualquiera, de esos de oportunidad que hoy nos saludan y mañana no, que están con nosotros si la suerte nos sonríe, pero que nos voltean la espalda cuando el destino nos juega una trastada. Delaskar Osorio Alzate fue un amigo sincero. Todos lo recordaremos con su alegría contagiante, con esa concepción elevada de la amistad,  con su forma clara de asumir los retos de la vida. Pero también con ese amor inmenso hacia sus hijos, con ese respeto grande hacia su hogar, con ese cariño constante hacia su esposa. Desde luego, también con esa capacidad suya para servir, con esa entrega desinteresada a los demás, con ese apego tan suyo por el pueblo de la infancia. Nada se lleva, todo lo deja. Se lleva apenas los sueños no realizados. Pero deja entre quienes disfrutamos de su amistad el recuerdo de su interés por compartir nuestras sonrisas. Y, lo más importante, nos deja como legado su  sentido de la amistad. Por eso en esta hora de dolor, cuando lo despedimos hacia la vida eterna, podríamos exclamar con el mismo Javier Arias Ramírez: “Que no se muera,  no, que no se muera. Muera primero yo, después cualquiera. Pero un amigo, no, que no se muera”. Y, la verdad sea dicha, Delaskar Osorio Alzate no morirá en nuestro recuerdo. Su imagen estará siempre con nosotros, acompañándonos. Sobre todo porque sembró un árbol inmenso en nuestras almas: el árbol de la amistad, que no es cualquier cosa cuando esta se brinda con largueza.

Existe una bella canción de Alberto Cortés que expresa lo que se siente cuando un amigo se va. Parafraseándola, yo podría decir esta tarde: cuando un amigo se va, las trompetas del dolor lanzan al aire su quejido lúgubre, y los pañuelos blancos ondean con el viento para despedirlo. Cuando un amigo se va, lloran en silencio los árboles que escucharon el murmullo de su palabra, lanza el viento gemidos de dolor por su ausencia definitiva, guarda el aire el eco recóndito de su sonrisa. Cuando un amigo se va, los caminos se llenan de espinas, las campanas del alma echan a vuelo su tristeza, el sonido de las guitarras es nostálgico. Cuando un amigo se va, se recuerdan las travesuras de la niñez, las complicidades de la edad madura, las palabras pronunciadas para expresar afecto. Cuando un amigo se va el alma se estremece, el corazón se acongoja, la sonrisa se pierde. Un rictus de desesperanza se dibuja en los labios. Eso nos sucedió a los amigos de Delaskar al conocer la noticia de su muerte. Despedirlo en esta iglesia colmada de rostros tristes no es fácil. Porque se atropellan en la mente los momentos compartidos. Descanse en paz, amigo Delaskar. Su viaje a la eternidad está acompañado, esta tarde, por las lágrimas  de muchos amigos que encontraron en usted un aliado en el duro camino por la vida.