22 de noviembre de 2019
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El flaco Juliao McLuhan

29 de junio de 2010

Cuanto esa persona comentó en los ochenta del siglo pasado sigue siendo cierto, como también el hecho de que las emisoras de provincia cumplen una función similar desde las más remotas municipalidades de nuestro Caribe… y del  país.

Pero, ¿qué sucede al respecto con aquellas localidades en donde no hay emisora de radio y en donde la imprentita local parece ser un remedo de los primeros rudimentos de Gutemberg? Sitios en donde tales imprentitas no van más allá de imprimir las tarjetitas de las primeras comuniones o las estampitas que el cura párroco reparte dos días antes de la llegada del Obispo. La respuesta a esta pregunta es simple, o tal vez no tanto. Ante la ausencia, en tiempos modernos, de emisora local o de diario comarcano, el pueblo busca sus propios canales de expresión.

Estos canales de expresión popular son a veces mucho más auténticos que aquellos fundamentados en la técnica, en el poder de las ondas hertzianas, en los lingotes del linotipo o en las planchas del Offset. En tales canales se advierte que, como dice el semiólogo canadiense Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”.

Son canales que permiten que el pueblo se exprese a cabalidad, sin deformarse en la imagen reflejada en un espejo de fabricación foránea, sin traicionarse en la carencia de know-how en el uso del micrófono o en el difícil reto de la diagramación digital.

Todo cuanto escribo se vería claramente reflejado en un pasaje municipal que viví cuando niño en mi pueblo natal, localidad del Departamento de Córdoba a la que la primera emisora de radio tardaría muchos años en llegar y en donde la imprenta de Don Indulfo Zapata —tío de Manuel, Juan y Delia— apenas daba abasto para timbrar las invitaciones a las primeras comuniones o para imprimir las estampitas del cura Correa.

El caso fue el siguiente.

El pavimento de las calles de la época, en plena dictadura de Rojas Pinilla, resultó demasiado débil para resistir los embates del trópico con sus lluvias torrenciales y sus arroyos posteriores a la tormenta. “Concreto de dictadura —lo llamaban las perversas lenguas del pueblo—: con mucho serrucho y poco cemento”.

El corolario fue, entonces, simple como la verdad más elemental. Pronto, el pueblo entero se llenó en sus calles de anchas llagas en el pavimento. De huecos enormes que en el invierno inclemente se llenaban de agua sucia, en los que se bañaban los cerdos, y a los que caían las señoras con todo y el canasto del mercado o en los que se atascaban las carretillas que transportaban la arena del río para las construcciones.

Hasta que a alguien, a un primo de quien escribe, se le ocurrió colocar en el centro de uno de los más grandes charcos que el pueblo recuerde, una estaca de guayacán a cuyo extremo superior clavó un rectángulo de cartón con una frase garabateada al hisopo. La frase decía: “Prohibido pescar con dinamita”.

Aquel charco colosal y putrefacto estaba localizado justo frente al edificio de la Alcaldía Municipal. De ahí el gran valor de la ironía, de ahí su enorme valía antonomástica como la mejor muestra de lo que podría ser una ‘mamadera de gallo’.

Desde luego, mi primo, ‘El flaco Juliao’, pasó esa noche en lo que llamaban ‘La cárcel preventiva’ (algo parecido a aquella celda adjunta a la oficina de un Sheriff del Oeste). Había sido detenido por “irrespeto a la autoridad”. Pero jamás sospechó mi primo que su travesura daría pie para que muchos años después alguien se apoyara en ella para una reflexión sobre la Universalidad de McLuhan, padre de la expresión ‘aldea global’, ¡quien hasta en mi pequeño pueblo tiene razón!: el medio fue el mensaje.

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