17 de noviembre de 2019
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26 de junio de 2010

Ocurre en Colombia que en la diversa escala en que los actos de los seres pueden ser ubicados, de lo ridículo a lo sublime; de lo abyecto a lo generoso; existe una explosión de actividad inusitada.
No es desdeñable tener en cuenta que la antigua y reprimida inclinación a enterarse de la vida de los otros, del vecino, tiene en el mundo de hoy, por las tecnologías, una oportunidad de promiscuidad exaltada. Todos o casi todos se enteran de todo con una mirada, lejana muchas veces, y en la cual el asombro doloroso, o la alegría esperanzada es subordinada por el vértigo de aquello que sigue y la fugacidad de la atención que pierde su lugar en la batalla por fijarse.
¿Qué somos frente a esa cascada de asuntos, hechos, desgracias, escasas felicidades que asedian la mente y atropellan el corazón?
Para reconocerse en una identidad agredida por lo inexplicable que se escurre, para recuperar la conciencia, hay que destruir la prisión de lo inasible. Amarrar lo que en apariencia escapa y someterlo.
Una de las señales que advierte de la necesidad de frenar el ritmo y la dosis de sobresaltos, para examinarlos, es la que asoma de manera reiterada: no todo lo que pasa se va. Colombia vive hoy la insubordinación del pasado. De un pretérito que nunca halló su tiempo y regresa convulsivo a reclamar su actualidad, su presente insoportable. Así el vértigo es complejo: un hoy de múltiples rostros, voces, sufrimientos, anhelos, aplazamientos, inconclusiones.
Así resulta aleccionador lo que ocurre con el proceso por alguno de los hechos del Palacio de Justicia en 1985. Nadie puede estar de acuerdo con la imaginación demencial de montar una escenografía de audiencia de juzgamiento armado al Presidente de la República. Parece un contagio del entendimiento deplorable de aquella peste que llaman los facilistas realismo mágico.
Hay que tener el equilibrio, la generosidad, para aceptar también que nadie puede estar de acuerdo con la forma, el procedimiento, de resolver semejante situación matando a rehenes y guerrilleros como cucarachas.
Contra lo que algunos piensan, la decisión de la jueza María Stella Jara es una puntada fundamental para la construcción del país que queremos y se nos debe y nos debemos. Las respuestas dadas por ella, por fuera de la sentencia que pocos han leído, son de una discreción, un rigor, un amor por su ministerio de impartir justicia, que habría que analizarla en las escuelas de Derecho e imponer su lectura a tantos jueces extraviados en la burocracia, desengañados y sin la pasión de la justicia.
Si tiene algún poder la letra inerme de un escritor de periódico, yo pediría que no la saquen de Colombia. Que la protejan con su hijito. Que siga su ejemplar carrera de mujer llanera enfrentada a unas conciencias destruidas y nos mejore el porvenir. Gracias señora Jueza. El Universal.

*Escritor