25 de enero de 2021
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La Pachamama o la muerte

20 de mayo de 2010
20 de mayo de 2010

Por: Albeiro Valencia Llano

albeiroEn los últimos meses se conmemoraron dos hechos de enorme trascendencia para la humanidad: el Día Mundial del Agua, establecido por las Naciones Unidas, para el 22 de marzo y el Día de la Tierra que corresponde al 22 de abril. Sin embargo dichas efemérides pasaron desapercibidas en la mayoría de nuestros pueblos y ciudades; a pesar de la escasez de agua, del calentamiento global, de la crisis de alimentos y de la superpoblación de las ciudades.

Los pobres compromisos logrados en el Tratado de Kioto y en la reciente Cumbre del Clima en Copenhague (diciembre de 2009), no han sido suficientes, por la falta de voluntad política de los países con mayor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero.

Ante el fracaso de la Cumbre de Copenhague, donde ni siquiera fue posible firmar un documento de compromiso para luchar contra el calentamiento global, se realizó la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. El evento se realizó el pasado 20 de abril, en Cochabamba, Bolivia, con la participación de 20 mil delegados de 136 países.

En el discurso inaugural Evo Morales pronunció estas tremendas palabras: “Sólo tenemos dos caminos: la Pachamama o la muerte. Muere el capitalismo o muere la Madre Tierra”. Los países industrializados son las principales fuentes de gases de efecto invernadero, pero son los campesinos y las comunidades rurales quienes sufren primero las consecuencias.

La alteración de los ciclos climáticos trae inundaciones, tormentas y sequías, destruye cultivos, produce deslizamientos y favorece el surgimiento de plagas y enfermedades. Nuestros padres y abuelos todavía recuerdan cuando se podía consultar el Almanaque Bristol, para estudiar los fenómenos atmosféricos y para leer los avisos: “Agua Florida de Murray y Lanman”, “Tricófero de Barry”. Y los campesinos tenían una guía para el buen manejo agrícola, podían seguir las etapas de roza, quema, cultivo, limpia y recolección  de la cosecha. Pero hoy, con el clima enloquecido nuestros agricultores son más vulnerables y dependen de insumos y técnicas que ofrecen la modernización de la agricultura.

Nosotros pertenecemos a la tierra

Los aborígenes descubrieron  el tiempo en que debían hacer las sementeras y por lo tanto conocían las etapas del cultivo: preparación del terreno, siembra, desyerba y cosecha. La necesidad de la agricultura los obligó a observar el cielo y a conocer las fases de la luna y la posición de algunas constelaciones. Había otras señales que indicaban la época de siembra, como la floración de ciertas plantas, la muda de hojas de determinados árboles y la migración de las aves.

A la tierra la respetaban y veneraban; al respecto decían que “la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella”, “Es nuestra vida y tenemos que cuidarla”. El sacerdote subía a uno de los cerros tutelares y desde allí arrojaba maíz, frisoles y yuca, como tributo; pero cuando el suelo se agotaba lo dejaban descansar y buscaban otros campos para cultivar.

Durante el período colonial la tradición agrícola estuvo a cargo de las comunidades indígenas y así llegó este acervo cultural hasta nuestros campesinos.

La finca autárquica

Los colonos antioqueños que se desplazaron hacia el sur, en busca de tierras para cultivar, habían heredado la tradición indígena. Se movían por las orillas de quebradas y ríos y por el lomo de las montañas, buscando los “caminos de indios”. El terreno seleccionado debía tener agua, madera, frutales y animales comestibles. Después transformaban el bosque siguiendo estos pasos: rancho, limpia del bosque o socola, tumba de los grandes árboles, quema, roza (cultivo de maíz y fríjol) y sementera (plátano, caña y yuca).

Estos colonos, transformados en campesinos, se basaban en las “cabañuelas” para predecir el clima. El método consistía en observar las variaciones atmosféricas los primeros doce días de enero, para pronosticar el clima durante cada uno de los meses del mismo año. De aquí dependía el tiempo de la siembra y cosecha, y si algo fallaba llegaba la ayuda de San Isidro Labrador, convertido en deidad meteorológica.  El pueblo rezaba: “San Isidro Labrador, pone el agua y quita el sol”.

Y surgió la finca autárquica. El campesino, dueño de su parcela porque se la robó al bosque por el proceso colonizador, llegó a la cultura cafetera por la funcionalidad de su parcela. Casi todas las unidades agrícolas de los pequeños campesinos disponían de roza, sementera, trapiche panelero, huerta, gallinero, corral para cerdos, manga para la vaca y potrero para el caballo. Era una “tacita de plata” que producía para las necesidades de la familia y excedentes para el mercado.

En un proceso de muchos años el campesino impulsó varios modelos de desarrollo. Un ejemplo es el trapiche panelero: se corta la caña, del mismo tallo se saca la semilla, las hojas se destinan en alimentación de rumiantes, el tallo pasa por el trapiche y así se obtiene el jugo, éste se cocina y se elabora la panela  y un subproducto que es la cachaza, para alimentar cerdos. El bagazo se aprovecha como  combustible y el residuo, la ceniza, se riega en el cultivo como fertilizante.

En producción animal tenernos el modelo de la gallina criolla. Aprovechando los recursos que proporciona el medio (sol, agua, espacio, vegetales e insectos), se logran todas las etapas productivas: reproducción, cría, levante, engorde y postura. De este modo la familia campesina obtiene carne y huevos. Además, como la gallina permanece libre, sirve de control natural de plantas e insectos no deseables en los cultivos.

Sin embargo, los campesinos descendientes de los colonizadores del siglo XIX fueron perdiendo sus tierras en la violencia política de 1946 y por el fenómeno de contrarreforma agraria que se desató en el país desde hace 20 años. Por ello hoy asistimos a la descampesinización del campo y  a la concentración de la propiedad, pues las haciendas de más de 200 hectáreas pasaron del 47 por ciento al 68 por ciento, porque entraron nuevos sectores a la producción agrícola para extraer biocombustibles.

No podemos olvidar que en Colombia tenemos cuatro millones de desplazados a quienes les robaron más de medio millón de hectáreas. De este modo fueron sepultando la finca autárquica y las tradicionales relaciones de producción.