17 de enero de 2021
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Errores golpean la campaña de Juan Manuel Santos

17 de mayo de 2010
17 de mayo de 2010

Pero hay algo que no funciona.

La fuerza electoral de Santos, candidato por el Partido de la U, no parece reflejar esas ventajas en toda su extensión, y hoy su nombre está técnicamente empatado en las encuestas con el de un profesor universitario por quien los colombianos no daban ni el 10 por ciento de sus simpatías hace tres meses.

Antanas Mockus, candidato del Partido Verde, principal contendiente de Santos, ha probado que funciona la estrategia de golpear haciendo contrastes y sin necesidad de desafiar la alta popularidad del gobierno del presidente Alvaro Uribe ni la figura de Santos.

Mockus sostiene que en Colombia hay que volver a hacer las cosas por las vías legales, pero deja en el aire la explicación de quiénes lo venían haciendo al contrario.

Luego de que Santos se vio obligado a abandonar una universidad del occidente del país bajo rechiflas e insultos, se presentó en el mismo recinto y los estudiantes lo recibieron bailando con girasoles, el símbolo de paz de su campaña.

Las encuestas muestran un empate técnico. Según un estudio de opinión del Centro Nacional de Consultoría, realizado entre el 10 y el 13 de mayo, Santos obtiene un 38 por ciento y Mockus un 36 por ciento de la intención de voto para las elecciones del 30 de mayo. Ambos registran un empate del 47 por ciento en una segunda vuelta.

En otra encuesta realizada en los mismos días por Datexco, Mockus registra un 32.8 por ciento, frente a un 29.3 que favorece a Santos. En una segunda vuelta Mockus obtendría el 47.9 por ciento y Santos el 33.6 por ciento.

El desequilibrio entre las cualidades y las cifras de Santos, según algunos de los analistas, no sólo tiene que ver con Mockus sino con el propio candidato y sus estrategias de campaña. Y sobre todo, agregan, con una paradójica tendencia del electorado que sugiere que muchos de los colombianos que despedirán nostálgicos a Uribe (con un 70 por ciento de popularidad) ahora quieren un gobierno más transparente y un discurso menos belicoso de su próximo presidente.

En ese sentido, explicó a El Nuevo Herald el analista Germán Puentes, la figura de Uribe no le sirve a Santos.

"El poder desgasta, y Santos ya lleva ocho años respirando y aspirando la filosofía del presidente Uribe'', dijo Puentes, coordinador de programa de Ciencia Política y Gobierno de la Universidad del Rosario en Bogotá.

El patrimonio de Uribe, según el analista, "no es endosable'', pues hay una gran diferencia entre el presidente y Santos.

"Uribe viene desde abajo, se fogueó mucho para llegar a la presidencia, Santos no'', agregó.

En el interior de la campaña de Santos la idea es que Uribe sí es endosable. Allí se piensa que entre más se acerque el candidato a la sombra del presidente, más puntos va a cosechar.

No por otra razón la semana pasada, como parte de un plan de reestructuración de la campaña, Santos renunció al color naranja para volver al verde, amarillo y rojo de La U, el movimiento que llevó a Uribe a su segunda victoria presidencial consecutiva y que obtuvo el mayor número escaños en el Congreso en las elecciones de marzo.

"El Partido de la U [. . .] desapareció de la campaña, se volvió invisible en su publicidad'', explicó el columnista Alfredo Rangel, simpatizante del gobierno de Uribe.

Según Rangel, posiblemente la campaña estaba buscando "tomar distancia de la clase política tradicional, de los escándalos del gobierno y del estilo pendenciero de Uribe''.

En ese sentido la posición de Santos no es muy cómoda.

De los 27 senadores de La U con la votación más alta hay 10 que "tienen investigaciones sobre asuntos graves o apoyos de familiares o padrinos políticos que han estado condenados o envueltos en escándalos de corrupción y parapolítica, entre otros procesos penales'', según la organización no gubernamental Verdad Abierta.

Andrés Felipe Arias, el candidato ungido por Uribe para ser su sucesor, fue descabezado en los comicios internos del Partido Conservador, en medio de un escándalo que lo señalaba como el artífice de una supuesta desviación de auxilios económicos para campesinos hacia grandes terratenientes, empresarios y narcotraficantes.

Y el propio Santos ha tenido que deslindarse en numerosas ocasiones de su posible responsabilidad política como ministro de Defensa en uno de los más macabros capítulos de la historia de violaciones de derecho humanos en América Latina: los falsos positivos o ejecución sistemática de civiles inocentes que el ejército presentaba como guerrilleros caídos en combate para cobrar una recompensa en dinero.

Al tomar esa distancia de los políticos, los escándalos y el estilo de Uribe, agregó Rangel, la campaña de Santos dio "un paso en falso'' pues "se empezó a perder su principal capital político: la garantía de representar la continuidad de los propósitos y las políticas del gobierno de Uribe''.

Una fuente vinculada al Partido de La U que pidió no ser identificada comentó a El Nuevo Herald que la campaña de Santos cometió otros errores. Dijo que al seguir el consejo de sus asesores estadounidenses, se perdió tiempo valioso en un fallido intento por conquistar a sectores juveniles cuando estos ya estaban combatiendo en el ‘‘antiuribismo duro'' que alimenta un importante porcentaje del electorado de Mockus.

Según esta fuente, Santos se dedicó a destacar los logros del gobierno de Uribe en materia de seguridad cuando ese ya era un activo garantizado de su plataforma política que no necesitaba propaganda y la gente quería oír hablar a los candidatos de empleo y estabilidad económica.

"Los spots publicitarios mostraban los funerales de los soldados caídos en combate con las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia] y la gente no quiere ver muertos, sino vida y alegría'', agregó.

Ahora los esfuerzos se han concentrando en integrar mucho más a los congresistas de La U cuya capacidad de organización había sido ignorada por la campaña. La misión prioritaria es que regresen al redil "los uribistas descarriados'', según Rangel.

"Santos debe convencer a los uribistas descarriados de que la seguridad democrática ha sido, es y seguirá siendo legal'', explicó Rangel. "Que la inmensa mayoría de los agentes de la Fuerza Pública siempre han actuado dentro de la legalidad''.

Rangel aconsejó a Santos desbaratar lo que él considera como el falso dilema de seguridad y legalidad.

"Es una disyuntiva totalmente artificial y sofística. Dejarla propagar, como hasta ahora se ha hecho, es aceptar que la seguridad tiene que ser ilegal o que la legalidad es, por definición, insegura'', señaló Rangel.