22 de enero de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El arte de saber rectificar

22 de mayo de 2010
22 de mayo de 2010

“Cuando deban apurar el trago amargo de una rectificación, lo primero que tienen que hacer es tratar de convencer al afectado para que desista de su pretensión, porque quien rectifica, informa dos veces”.

Ducho en el arte de salirse por la tangente, irse por las ramas o desmontarse por las orejas, el veterano de muchas jornadas noticiosas redondeaba así su idea ante los futuros cazadores de primicias:

“La rectificación obligatoria será leída u oída, probablemente,  por el mismo segmento que conoció originalmente la primera información, pero llegará, asimismo, a los ojos y los oídos de otra gran parte de la audiencia que la desconocía por completo”.

Se equivocan quienes piensan que en esta profesión que nos tocó en suerte todo es color de rosa. No hay momento más tortuoso  en el diarismo que el de una rectificada. Duele tanto como  una “chiviada”, término que en la jerga periodística equivale a haberse quedado rezagado  o dormido en el cubrimiento de un episodio importante con el que se dieron fenomenal banquete los competidores.

La historia del periodismo criollo es pródiga en materia de metidas de pata que generaron penosas rectificaciones. Dos botones de muestra: 1) La “noticia” del supuesto asesinato del presidente Alfonso López Michelsen, producto de la ligereza de un principiante chileno que hacía su práctica en las oficinas de la UPI, en Bogotá, y que para su infortunio acogió como verdadera la oficina local de EFE que estaba al mando de Guillermo Tribín. 2) Cuando era jefe de redacción de El Tiempo, el saliente vicepresidente Francisco Santos calumnió despiadadamente  a Monseñor Nel Beltrán, obispo de Sincelejo, a quien acusó de tener “vínculos secretos” con Cuba, a espaldas del Gobierno y de la Iglesia. Su difunto padre, Hernando Santos, lo “sancionó” con quince días de vacaciones, sin amonestación con copia a la hoja de vida.

Los recordados Roberto Posada Garcia-peña, D’artagnan, y Pedro Juan Moreno Villa, fueron dos colombianos duros de transar, en materia de rectificaciones, cuando se les convocaba a conciliar para proceder a archivar demandas judiciales que no conducían a ninguna parte.

Hemos hecho una visión retrospectiva de anécdotas, dimes y diretes alrededor de las rectificaciones, antes de dejar constancia de un error cometido por nosotros, en un escrito publicado hace seis meses, que con todo gusto enmendamos en este mismo espacio.

Sin más rodeos, procedemos a dar cumplimiento a la rectificación  recomendada por las autoridades, a propósito de la columna titulada ¿Dónde está Javier Ríos?, publicada en LA PATRIA del domingo 25 de octubre de 2009, que giró alrededor de toda una fabula de campanario.

Reconocemos que el segmento con el que apostillamos el Contraplano del día señalado no tiene ningún fundamento y obedece a la costumbre del autor de ponerle un gracejo  al cierre de sus colaboraciones dominicales para el Periódico de  Casa.

Reiteramos nuestras sinceras disculpas al doctor Nieto (con quien nunca hemos tenido trato, ni comunicación) por haberlo hecho protagonista de un chascarrillo en el que no tuvo arte, ni parte, que procede de la licencia —casi  arbitraria– que nos tomamos, a veces, los periodistas cuando  incursionamos en el difícil campo del humorismo.

La apostilla: Lo dijo el mítico trío Los Panchos, en el viejo bolero “Francamente”, del canta-autor cubano Servando Díaz: “Solo sé que los errores cuestan caro y es de sabios saber rectificar”.