23 de enero de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Colombia desde su soledad

26 de mayo de 2010

Colombia es una nación grande y rica, con dos tragedias que nunca terminan, el narcotráfico y la guerrilla.

Quizás la tragedia sea sólo una con dos caras diferentes de muerte y ruina. Sin la guerrilla no existirían otras bandas y fuerzas paramilitares que enredan aún más el drama.

Colombia es una nación injustamente desprestigiada. Cierto es que la inmensa red del narcotráfico usa a decenas de miles de inmigrantes naturales para extender el terrible negocio de la droga. Pero otras decenas de miles de colombianos, que nada tienen que ver con las grandes empresas de la muerte, son tratados y recibidos como si fueran delincuentes.

Colombia, que es una de las naciones más acogedoras, hospitalarias y cultas de América, es un país que ha asumido su soledad. Me pregunto –y me respondo- si todo el esfuerzo económico y humano que se ha empleado en Irak no hubiese tenido más justificación en Colombia.

La guerrilla llamada revolucionaria, las FARC, ese ejército potentísimo comandado por virtuosos asesinos, ocupa una buena parte de su territorio. Hace días han intentado matar al presidente de la República, Álvaro Uribe, que desde el principio de su mandato declaró la guerra abierta a los terroristas. Pero nadie en el mundo occidental ha reaccionado.

¿Se figuran que sucedería si el rey de España, el presidente de la República Francesa, la reina de Inglaterra, o el presidente de los Estados Unidos sufrieran un atentado contra sus vidas? La movilización de occidente sería inmediata. Pero Colombia no es tratada como una democracia más, sino como un sistema distinto.  Está sola y hemos dejado solos a millones de colombianos pacíficos, honestos, y trabajadores.

¿Por qué contra Sadam Husein y no contra Cano y su ejército de criminales? Una considerable proporción de los llamados  “guerrilleros” no saben ni para qué luchan. Un sistema perverso y estalinista los ha hecho presos de su crueldad.  Uribe lo ha dicho pocos minutos después de sufrir el atentado: “No hay diálogo posible con la arrogancia que deriva del fusil, el coche-bomba y el dinero de la cocaína. Los terroristas tienen que sentir que el Estado los va a derrotar”. Pero son muchos los años que han transcurrido y el Estado colombiano no parece capacitado para terminar con el terrorismo, que allí no es grupo sino ejército, con un potencial extraordinario y el apoyo constante del gran negocio.

¿Cuántos colombianos tienen que morir, además de las decenas de miles de ellos asesinados o caídos en la selva luchando contra los terroristas, para que el mundo occidental reaccione? ¿Acaso la existencia de esos ejércitos asesinos favorece intereses ocultos en los países más poderosos de la tierra?

Colombia se muere porque se siente sola. Colombia emigra porque las circunstancias han hecho que allí la vida no se incluya en la relación de los derechos fundamentales. Por mucho que haga el Estado y por admirable que sea el coraje cívico de sus dirigentes, el camino para alcanzar la paz y la rendición del terrorismo se adivina largo y penoso.

A uno, personalmente le duele mucho más la tragedia de Colombia que la de Irak.  Los colombianos son los nuestros, o mejor escrito, aún mejores que los nuestros. Han intentado asesinar su presidente y el mundo le ha dedicado una atención cansada. Si hay que actuar con la fuerza en algún lugar para lograr la paz, allí está Colombia.  

La bellísima nación de gente buena que nos da día tras día, una lección de valentía desde su soledad.

ALONSO USSIA