27 de febrero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Más de hora y media flagelándose por la salud de su madre

3 de abril de 2010
3 de abril de 2010

A Walter Castro no le importa que muchos critiquen a los penitentes de Santo Tomás, ni que la iglesia repudie esta actividad. A él solo le interesa que su mamá está bien desde que hizo la manda.

“Ella sufrió una isquemia cerebral, aunque si usted la ve ahora ni parece. Hasta se levanta a las tres de la mañana para preparar el tinto”, cuenta, mientras se pone el pollerín sobre un viejo short azul, el capirote sobre el sudoroso rostro y elige el viejo látigo de bolas negras, por el uso, sobre el nuevo de reluciente cera amarilla.

El hombre, de 47 años de edad, se agacha frente a la cruz de inicio. Tiene la espalda descubierta y la mitad de sus nalgas quedan expuestas, en ellas sobresalen diez cicatrices en forma de cruz, recuerdo de los seis años que lleva flagelándose. Sin esperar aviso alguno, Edilberto Cervantes, quien se encargará de ‘picar’ al penitente, la emprende a nalgadas contra Walter, haciendo que la blanca piel poco a poco se enrojezca. “Es para que no sienta tanto los fuetazos”, dicen.

De arena, piedras y dolor. Cada Viernes Santo la calle 2 o de la Ciénaga se convierte en la calle de La Amargura. Es así desde hace más de 150 años. La vía pareciera construida para que el pago de las mandas sean más difíciles: no faltan las piedras filosas ni las espinas que se entierran en los pies descalzos de los penitentes, la arena recalentada por el sol produce vejigas y la falta de árboles deja que los rayos del sol se deleiten quemando cabezas. Es ese el lugar que Walter tendrá que recorrer por seis años más.

Este penitente, que trabaja como obrero de construcción, lleva media hora de recorrido cuando llega a la tercera estación. Allí es ‘picado’ por primera vez.

Edilberto, con una cuchilla de hoja, le hace cuatro cortes en forma de cruz, para que la sangre de las heridas fluya y no se coagule. Esta es la parte más sangrienta y por ende la que más curiosos atrae. Decenas de cámaras se pelean por una buena foto.

“Nojoda, si uno con un dolorcito de espalda no puede dormir bien, imagínate cómo pasarán la noche estos manes”, se pregunta un espectador, cerveza en mano, mientras Walter ha ‘coronado’ más de la mitad de los dos kilómetros y 200 metros del recorrido.

Un chorro de alcohol baña la espalda sanguinolenta del flagelante, mientras de los parlantes de un picó, Diomedes le pide a Juancho Rois que le espante la paloma de doña Ramona, dándole un tono carnavalesco y festivo a un acto de supuesta fe fervorosa.

El deber cumplido. Walter está sentado en una mecedora de paja, junto a él, Enais Charris observa con gratitud a su hijo, mientras recuerda que el primer año fue el más duro. “Alcancé a creer que él no aguantaría”.

Antes de obtener su merecido descanso, el obrero caminó 15 minutos más que la mayoría de penitentes, ya que su manda reza que debe llegar hasta su casa, no hasta la última cruz del recorrido.

“¿Cómo me siento? La verdad bien, es que uno se acostumbra. La gente sufre más viéndolo a uno, que nosotros con los latigazos, además, todos tenemos un compromiso que nos hace sacar fuerza cuando estamos cansados”, explica, mientras su mamá lo sigue observando con gratitud.

National Geographic

Varios reporteros del canal National Geographic estuvieron presentes ayer en Santo Tomás con el fin de realizar las imágenes para un especial sobre los flagelantes. Según se supo, el documental será emitido en mayo por el programa ‘Tabú’, que por lo general explora las prácticas extrañas, y a veces perturbadoras, de diversas culturas dentro del continente.