19 de enero de 2021
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El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán

20 de abril de 2010
20 de abril de 2010

Por: Albeiro Valencia Llano

albeiroEl 5 de mayo de 1946 el candidato conservador Mariano Ospina Pérez ganó las elecciones presidenciales: obtuvo 564.661 votos contra 438.255 de Gabriel Turbay y 356.995 de Jorge Eliécer Gaitán. El mayoritario Partido Liberal había quedado golpeado por la división. El nuevo presidente de Colombia se posesionó el 7 de agosto, en un clima de zozobra;  el ejército tuvo que despejar la Plaza de Bolívar, pues los manifestantes gaitanistas se habían tomado las calles con actitud provocadora.

Más tarde, en marzo de 1947, los liberales ganaron las elecciones a los cuerpos legislativos y este hecho agudizó la oleada de violencia en aldeas y pueblos de casi todos los departamentos. Mientras tanto el Presidente no hacía nada frente a los gravísimos hechos.

Los obreros, campesinos, trabajadores agrícolas y estudiantes, permanecían beligerantes debido al clima de libertad que había creado la hegemonía liberal, desde 1930; pero el nuevo gobierno no estaba interesado el tolerar esta situación. Sectores del Estado plantearon la violencia como recurso para impedir que el país girara hacia la izquierda. Desde la administración los discursos incendiarios promovían el sectarismo político. Mientras tanto el caudillo conservador, Laureano Gómez, planteó la existencia de un millón ochocientas mil cédulas falsas y, como respuesta, el presidente Ospina afirmó que “el fraude desencadena la violencia”. De este modo se justificaba la utilización del aparato del Estado para convertir el partido de gobierno en mayoría.

Pero llegaron, como grupo de apoyo, los latifundistas parasitarios y gamonales, preocupados por la Ley 200 de 1936. Querían impedir que aparceros y arrendatarios se quedaran con parte de los latifundios y para ello contrataron a bandoleros, a  “pájaros” y a chusmeros, para expulsar a sus aparceros y agregados. La violencia por razones económicas se sumó a la política. La bestialidad se extendió por todo el territorio nacional y aumentó el número de asesinatos. Sólo en 1947 hubo cerca de 14.000 muertos por la violencia. Al mismo tiempo se reprimieron las huelgas y las manifestaciones obreras.

La Marcha del Silencio

Después de la derrota electoral del liberalismo, en 1946, sus tres corrientes se congregaron alrededor del caudillo Jorge Eliécer Gaitán quien era, en ese momento, el líder indiscutible del partido. Todos sabían que él sería el próximo presidente del país: era un dirigente carismático, con un impactante discurso, cuyas consignas calaban en los sectores populares. Se dice que imitaba a Lenin.

Desde su posición de Jefe Único se empeñó en la denuncia contundente contra la violencia reaccionaria, pero usando una táctica pacifista. Frente a los asesinatos en Boyacá, en Santander y en otros departamentos, Gaitán convocó al pueblo a la Marcha del Silencio, para el 7 de febrero de 1948. Ante una multitud de cien mil personas dijo, refiriéndose al presidente Ospina Pérez:

Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para rescatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.


El alto gobierno quedó impresionado con esta manifestación. Producía terror ver a miles de personas en absoluto silencio. La prensa hizo énfasis en el poder de Gaitán sobre el pueblo.

Mientras transcurría la Marcha del Silencio en Bogotá, se realizaron  actos en otras ciudades del país. La concentración en Manizales fue gigantesca. Se inició a las cuatro de la tarde en el Parque de Bolívar e intervinieron los dirigentes liberales Guillermo Londoño Mejía, Ernesto Arango Tavera, Luis Jaramillo Montoya y Marco Giraldo Sanín. Pero había interés en sabotear la manifestación y cuando el acto se disolvía empezó la provocación desde el Palacio Departamental. Luego, desde el edificio de la Licorera que estaba en construcción, se hicieron los primeros disparos: hubo 13 muertos y más de 20 heridos.

El manto de la violencia cubría todo el país. El escenario no era sólo el campo sino que su sombra aterrorizó las ciudades. En el pueblo quedaba la sensación de que los disparos eran producidos, también, por armas oficiales. Y Gaitán multiplicó sus discursos. Las consignas retumbaban como latigazos: ¡Contra la oligarquía, a la carga! ¡Por la restauración moral, a la carga!

Después de la Marcha del Silencio el caudillo liberal, y líder de oposición, se convirtió en el principal obstáculo para los objetivos del régimen.

El 9 de abril de 1948

El movimiento gaitanista fue recibido con odio por diversos sectores de la clase dominante; por ello las marchas del silencio, del 7 de febrero, fueron reprimidas a sangre y fuego. Las llamadas “fuerzas oscuras” tenían que derrotar al pueblo, mediante la violencia, con el fin de instalar la hegemonía. Para golpear la oposición, aglutinada en el partido liberal unido, bastaba con asesinar a su principal líder. El mismo Jorge Eliécer Gaitán decía: “yo no soy un hombre, soy un pueblo”.

Cuando Gaitán cayó herido, el 9 de abril,  la primera reacción de quienes escucharon los disparos fue perseguir al asesino. Y Roa Sierra se convirtió en un trofeo para la multitud, que marchó hacia la sede del gobierno. El pueblo enfurecido buscó otros blancos que representaban el poder: el ministerio de Relaciones Exteriores, donde debía estar Laureano Gómez;  el ministerio de Justicia y la Gobernación. El ataque al Palacio Arzobispal significaba el repudio a la jerarquía católica, que había tomado partido al lado de la extrema derecha.

El gobierno de Ospina estuvo a punto de ser derrocado pero se sostuvo porque el Ejército se mantuvo leal; por su parte los dirigentes liberales no supieron aprovechar la oportunidad: no apoyarlo hubiera sido suficiente. Ospina Pérez se asustó demasiado por el levantamiento popular y les propuso a los dirigentes liberales un gabinete de unión nacional; la fórmula fue aceptada. De este modo los jefes contribuyeron al apaciguamiento de los ánimos del enfurecido pueblo liberal.

Y el acuerdo bipartidista sólo duró un año, porque el sectarismo y los afanes hegemónicos acabaron con la coalición. Así, el período de violencia política se prolongo hasta 1960.

Como conclusión, tomó fuerza la sentencia de Jorge Eliécer Gaitán: El pueblo es superior a sus dirigentes.