20 de enero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Chavela Vargas, la legendaria cantante mexicana

25 de abril de 2010
25 de abril de 2010

Yo, que nunca quise tener ni hijos ni ahijados, tengo perro –se queja–… Chavela Vargas, que nunca se doblegó ante nada, al final se doblega ante un perro." El perro, que es perra (Dolores, Lola) y de raza xoloitzcuintle (una raza azteca prehispánica), ni mueve la cola.

chavela

Chavela, se la ve bien. Decían que estaba muy enferma…

¡Sí! Tú di que sí, que estoy muy enferma, que me muero, dilo. Di que me estoy muriendo… ¡para joderlos a todos!

La gran cantante acaba de cumplir noventa años y la Ciudad de México lo festejó con honores en un concierto masivo. Ella subió al escenario con su poncho y en silla de ruedas. La misma silla en la que nos recibe y que de a ratos abandona para caminar con su perra como parte de un plan de ejercicios alrededor de la casa donde vive, una casa modesta con parque, propiedad de una amiga que la acoge hace años. La parte que ocupa Chavela son dos habitaciones donde nada da cuenta de su biografía. A la vista no hay ni ponchos ni discos de oro, pero sí una cantidad de fotos. En casi todas posa en compañía de Pedro Almodóvar: "Me gusta pasear con él. Pedrito viene a este pueblo, vamos al mercado y él está contento. Nadie lo conoce ni lo molesta… A mí sí."

"¿Y cuándo voy a volver a caminar yo?", le pregunta a la mujer que la acompaña, y mira al cerro Tezpoteco que bordea su casa, sobre una calle transitada que el más melancólico cartógrafo llama el Boulevard de los Sueños Rotos.

Chavela Vargas nació con el nombre Isabel Vargas Lizano en Costa Rica y en 1919. Llegó a México a los diecisiete años; escapaba de dos pestes: su familia y la miseria. Su nuevo país la acogió como propia y le dio todo para quitárselo luego y volvérselo a dar. Si México ayudó y dio formación a la cantante, fue la Vargas misma la que a su vez le dio forma a un México mítico. Chavela fue protagonista de lo mejor de una época y de un país hecho canción. Amiga de José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, León Trotsky, Diego Rivera, hoy los sobrevive como ha sobrevivido a un tiempo que de tan lejano, tan mítico, parece irreal. La voz desgarrada, tierna y pura, las canciones perfectas, todos los escenarios que ha pisado: la gloria absoluta se perdió en noches de borracheras.

"Ya no hay tequila bueno en México; me lo he bebido todo", dijo alguna vez, pero la famosa frase tenía su revés. "Estaba hundida en profundidades espantosas", confiesa hoy. Un día vio a Mercedes Sosa en la televisión, durante un concierto en México. Cuando le tiraron flores, la Negra dijo: "Llévenselas a la tumba de Chavela Vargas". Así de muerta estaba, y así decidió resucitar. Volvió a la vista de todos, en teatros de mala muerte en el DF, primero; con el éxito en la Gran Vía de Madrid, al poco tiempo. El cine, los teatros se entregaban a ella, y todo el mundo –que la creía muerta y enterrada– la reivindicaba. Por fin.

¿Cómo se escribe su historia, Chavela?

Una historia no se escribe así nomás. Todo lo que te rodea escribe tu historia.

¿Y cómo llegó hasta acá?

Cómo se llega a cantar lo que se canta, yo no lo sé. Cómo llegué a esto, tampoco lo sé. Es un misterio, algo muy extraño. No se es cantante porque uno canta. Se necesitan otras cosas. Es un misterio. El dolor y el cantar son otra cosa.

¿Qué es cantar para usted?

Cuando naces chiquitita, te dan un golpe en la cabeza con un ramo de flores. Algo se queda allí, pequeñito, muy pequeñito, que va creciendo y te lo pone blanco como yo lo tengo ahora. Allí hay un secreto que no sabemos, que nunca sabremos, que nos rompe el alma pero también nos mantiene vivos. Eso es cantar. Hay gente que no sabe nada de la música; nosotros, sí. Nosotros sabemos lo que estamos diciendo, sentimos lo que estamos cantando. Cada vez que nos paramos ante un micrófono nos encomendamos a Dios o a quien sea, ¡y ahí te voy!

¿El escenario quita los dolores?

El escenario tiene un encanto, una belleza, un poderío brutal. Es muy extraño, te acostumbras. Estás ahí arriba y no sientes nada.

¿Qué tiene México? Porque llegó un día y ya no se fue…

Yo a México lo amo. Este país tiene todo lo hermoso. México es mágico. La palabra lo dice: Mé-ji-co… Má-gi-co (susurra)… Tiene todas las bellezas del mundo. Los hombres más hombres y los maricones más maricones, ja ja.

¿La música es una de las contenedoras de esta magia?

Claro, es maravillosa. La música mexicana no le pide nada a nadie. Aunque ahora se está perdiendo identidad. En la televisión contratan un par de putillas y ni siquiera cantan, es triste. Por cantar una canción, pasan diez días ensayando, un día cantándola y les sale mal. Se está acabando el primor de la música mexicana, se acaba por no regar la mata, porque a nadie le importa nada.

Para colmo, ahora la violencia y las malas noticias de México están en todos los diarios…

México te destantea todo el tiempo. Te paras en lo seco, o te paras en lo mojado, ves un país enorme. México está dormido, pero no es así. Nunca sabes qué pasó, porque siempre pasa algo, a diario tiembla… pero a diario amanece.

¿Cómo es su relación con los jóvenes?

El otro día suena el teléfono y me dicen: "Hola, güey". "¿Cómo que güey? –le digo–. Me llamo Chavela, no güey. Mira, si tú me llamas güey, yo te digo pendeja, a ver qué te parece." "Ah, perdone, no sabía que era de otra época", me dice. Y aunque no hubiera sido de otra época, a mí se me respeta, porque yo respeto.

¿Qué discos escucha?

Nada. Casi no tengo discos. Y cuando pongo música, pongo música clásica. Me trae muchos recuerdos, me lleva a Pedro… Adoro a Pedro, recuerdo cuando caminábamos de la mano por Madrid, me gusta oírlo, saber de sus cosas. Caminamos y nos contamos cuentos, él a mí y yo a él, nos contamos los sueños que soñamos o que soñaremos algún día… y así va pasando la vida. Y un día ves que te salió una cana, y otro ya se te cayó toda la nieve encima.

¿Le gusta el jazz?

No.

¿Ha oído a los Beatles?

No, para nada. Los odiaba. Me parecían los más idiotas que ha parido la tierra. Con esos flequillitos, esos peinados de putos…

Chavela maneja la conversación a su ritmo: emociona, divierte con una salida ocurrente, se queja, canta…

Llorando la encontré/
llorando la perdí/
como no sé querer/
cantando he de morir

Y para, y me dice que les mande un beso a los argentinos: "Son hermosos los argentinos, pero lloran por cualquier cosa. Una vez estábamos en una reunión, eran unos cuantos argentinos y yo les cantaba: Cuando llueve, los animales se refugian/ menos yo, menos vos… Cuando levanté la vista, ¡todos llorando!".

¿Y usted? ¿Es nostálgica?

No. He vivido una vida maravillosa. ¡Qué borracheras nos metíamos! Pasábamos tres días en la cantina del Tenampa. Tres días sin comer. Eso mató a José Alfredo Jiménez, acabó con su hígado; yo, en cambio, sí comía. Nos servían muy bien allí, qué cuentos… ¡y qué cuentas!

Recuerda siempre a José Alfredo…

Cuando se moría José Alfredo, yo le decía "No te mueras, no te mueras", y él me respondía: "Cállate, cabrona, no ves que sí". "No me quiero morir", me decía. "Cuando yo me muera, voy a rezar", le decía. "Que Dios te oiga", me respondía él. Y yo: "¿Qué me va a oír Dios con tanta vieja buena que hay por ahí?".

¿Cree en Dios?

Te voy a decir una cosa muy interesante, que a mí me espantó. Estaba con unos historiadores en España, platicando, comiendo. Yo les pregunté por aquello de que Dios ha muerto. Y uno me responde: "Es que Dios no ha nacido". "¿Entonces en qué creo?", le dije. "En nada", me dice. Yo estaba desconcertada, y muy intranquila. Me quedé pensando y decidí agarrar el camino más fácil: "Voy a creer". Qué angustia, la colmena de miel que yo tenía en el alma empezaba a desaparecer. Me fui a mi cama y lloré toda la noche.

¿Siente amor a su alrededor?

Yo no. Poco amor. Yo en el amor no creo. Yo creo en el que te quiere porque quiere. Pero que nadie espere nada de nadie. El amor bonito es el que se va haciendo con los que se quieren sin compromiso, el amor sincero, que es muy difícil, porque si no hay pleitos por una cosa, las hay por otras.

¿Así ha sido siempre?

Sí, cuando yo era borracha pensaba que ya estaba desgraciada, que todo lo que me pasa era por la borrachera. Y que conste que fui borracha porque me dio la gana, no le echo la culpa a nadie. Llegará el día en que me muera y no me confieso porque perdí la fe aquel día. Absolutamente la perdí, con mucha tristeza, pero la perdí. Hice un acto de contrición, pedí permiso y pedí: no quiero volver a beber. Me costó mucho dejar de beber después de veinte años. Lo dejé y lo dejé para siempre. Dejé de beber y dejé de fumar, dos cosas espantosas.

¿Le tuvo miedo a la muerte?

No, nunca.

¿Y ahora?

(Y ahora suena un teléfono, un celular que elige el momento menos oportuno. Se quiebra el clima de la charla. Todos se ponen nerviosos, pero Chavela no se amilana.)

"Ahí me está llamando –retoma Chavela–. Es que uno la nombra y aparece… ¡Que venga si quiere, no le tengo miedo!", torea.

¿Qué es lo mejor de su vida?

La vida vale la pena, sobre todo con amigos. Tengo amigos como Pedro, que tanto quiero. El me dio mucho. "De acá me la llevo porque no la comprenden", me dijo. Y llegué a España media dormida y de un día para el otro ya había empezado mi carrera otra vez. Aquí vino hace poco, solo, vino a tomarse su refresquito. Las señoras le hicieron de comer lo que a él le gusta, y la pasamos requetebien ese día.

¡Qué vida la suya, Chavela!

He vivido una vida deliciosa, pero me he roto el alma cantando. Ha sido una vida llena de encantos, pero la terminé con tres pesos…

El sol ya se oculta tras el cerro. Ella se distrae con la perra. La busca por la casa, la llama: "Ven, chiquita mía, Lola, Lolita, ven". Estira sus brazos, la perra viene y se pega a Chavela. Ella la alza, la acaricia, la besa y al oído le susurra una canción.