21 de octubre de 2019
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Esto es en serio

31 de marzo de 2010

No hay uno solo en que el sector rural sea ganador neto. Y no lo puede ser porque los otros países protegen su sector al agropecuario más que a cualquier otro por el axioma irrefutable de la seguridad alimentaria, herencia de tantas guerras y hambrunas.

En el caso del sector lácteo, la situación es bien preocupante. Es, para empezar, altamente concentrado. Cerca del 30% de la producción mundial se origina en la UE, que de lejos es el mayor productor mundial, seguido por USA, India y Rusia. Además, el 85% del total de las exportaciones globales se originan en UE, Nueva Zelanda, Australia y USA. Un cálculo muy conservador indica que los TLCs firmados permitirán la entrada anual de 22.000 a 24.000 toneladas –equivalente de leche en polvo–. Aproximadamente 180 millones de litros de leche líquida. Una cuota que a la vuelta de una década, podría llegar a más de 1.900 millones de litros. Es decir, un 25% del mercado de entonces.

El impacto podría ser mayor, considerando los incrementos anuales pactados, la entrada de lacto-sueros, la obsolescencia paulatina del arancel como mecanismo de protección o el desmonte del Sistema Andino de Franjas de Precios (SAFP), entre otras. Advirtiendo que a partir de 2025, Colombia tendrá liberación total con UE y USA, jugadores suficientemente fuertes como para desplazar más de la mitad de la producción actual de leche fresca. Por tanto, el balance es incompleto, si sólo se mira la negociación del TLC con la UE.

Es evidente que los productores de leche son los más vulnerables de la cadena láctea. Su fragilidad y heterogeneidad, los ha dejado expuestos a la posición dominante de la industria, que aprovecha gravosas asimetrías: desde el incumplimiento de los “precios de referencia”, hasta la reticencia para procesar los excedentes lecheros de las bonanzas y almacenar para las “vacas flacas”, aunque el gobierno los subsidie.

¿De qué hablamos? De la quiebra de un número indeterminado de ganaderos medianos y pequeños –más de 200 mil, que son la mayoría–, por cuenta de mayores distorsiones, a las que ya están sometidos. ¿Cuál es el problema de fondo? La aparente sobreoferta de leche. Por cada dos litros de leche fresca la industria procesa menos de uno. Más de 3.000 millones de litros al año quedan en la informalidad, afectando el precio final del productor.

Se entiende, entonces, que la entrada de más productos lácteos vía TLCs, quebrará aún más los precios internos, pues nacen subsidiados por sus gobiernos de origen, especialmente en la UE en donde un productor promedio recibe al año 37 mil euros, lo que les permite exportar por debajo de sus costos de producción. Pero, además, seguirán alimentando un círculo vicioso que ha cuestionado FEDEGÁN: las distorsiones, que vía un menor precio al productor, los excedentes de leche local, más las nuevas importaciones, no se traducirán en un menor precio al consumidor final para activar la demanda –ya de por sí deprimida– o para subsidiar –como lo propuso FEDEGÁN– la distribución de leche entre la población menos favorecidas, cuyo consumo per cápita es apenas de 38 litros al año.