21 de noviembre de 2019
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Orlando Cadavid Correa
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Aguas de Manizales. Banner octubre de 2019.

Seguridad para los ciudadanos

4 de febrero de 2010

Lo hace con el Plan Nacional de Vigilancia Comunitaria por Cuadrantes al cual la Policía Nacional asignará 36.000 efectivos para atender, en las 4 principales ciudades – Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla -, las zonas más críticas en términos de homicidios, lesiones personales y hurto de vehículos.

Es un primer paso para que Colombia vuelva a tener una policía constituida como cuerpo civil, no militar ni militarizado, agente de convivencia ciudadana que vela por el cumplimiento del Código de Policía. Así es la policía en las democracias, especialmente las europeas, el guardián de paz parisino , el policía de proximidad catalán, el bobby londinense… un policía cercano al ciudadano, conocedor del barrio con sus barras de jóvenes inquietos, sus malandrines y sus borrachitos, que vigila los alrededores del colegio del vecindario y es capaz de detectar malosos en trance de vender droga o de agredir a las niñas, que conoce a los viejitos que viven solos y a la joven madre que pasea a su recién nacido. Esos países complementariamente tienen un cuerpo policial de alto poder ofensivo y nivel técnico, preparado para enfrentar la delincuencia organizada – ladrones de bancos, mafias de jaladores de carros y reducidores, narcotraficantes y oficinas de asesinos a sueldo, traficantes de personas y empresarios del turismo sexual… –. Es la guardia civil española, la guardia republicana francesa, los carabineros chilenos…

En Colombia, debido al interminable conflicto armado, la policía se convirtió en eficiente cuerpo armado del segundo tipo. Un cambio impuesto por las circunstancias pero que hizo que nos quedáramos sin el policía de barrio. Se requiere equilibrar ambos componentes de la institución con la policía comunitaria como espinal vertebral de un cuerpo policial al servicio del reclamo ciudadano por seguridad en su vida diaria, en su barrio y sitio de trabajo, en el parque y en el centro comercial o en la tienda de la esquina.

Lo anterior no se logra trayendo a la ciudad el esquema de la seguridad democrática. Las realidades, actores y necesidades en campos y carreteras, y en las calles de la ciudad, son diferentes. La seguridad democrática debe hacerse compatible con las urgencias de la seguridad de los ciudadanos, que con sus particularidades locales está a cargo del alcalde y de una policía comunitaria integrada a la ciudad, al pueblo. Por su parte, la seguridad democrática debe mirar más allá de la guerrilla, para enfrentar al verdadero enemigo, el crimen organizado con su corazón narcotraficante. Los homicidios urbanos aumentan no por fallas de los alcaldes sino porque los narcos y su universo criminal, libran sus guerras en los barrios, con la sangre de jóvenes sin futuro. Alcaldes y Presidente, trabajando con igual propósito complementándose.

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