18 de julio de 2019
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Rabo de paja

8 de febrero de 2010

Por el contrario, va más allá de los horarios previstos y exigidos a los funcionarios. Los reporteros registramos como una noticia, esos escasos momentos de descanso del presidente Uribe, porque lo usual es que trabaje, no solo de sol a sol, sino, a veces, de oscuro en oscuro. No tiene, pues, ese rabo de paja que hoy ostentan contratistas y funcionarios seguidos por la justicia.

Pero alguna razón debe haber para que hombre de manos tan limpias resulte rodeado por los rabos de paja de los más cercanos. Las audacias empresariales de sus hijos hacen pensar que a pesar de su apellido no se pueden acercar a la candela de la crítica. Una apreciación parecida merece el caso de su primo el ex Senador. Y sucede algo igual con esos congresistas a los que pidió votar antes de ir a la cárcel. ¿Son 80 o son más de cien? El país perdió la cuenta del número de congresistas procesados por parapolítica, que en alto porcentaje son los hombres del presidente en el Congreso.

En el muy franco emplazamiento que le hicieron los asistentes al foro de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, le recordaron al presidente que ese “buen muchacho” que fue su director del Das, Jorge Noguera, hace parte de ese rabo de paja. Todas las argucias legales no han sido suficientes para liberarlo de las acusaciones en su contra. El mismo Noguera reveló que otro procesado, Miguel Narváez, llegó a su cargo por orden presidencial. El Heraldo, Barranquilla.

Las acciones del Das, ese escenario de las acciones de los anteriores y de muchos más, sería tan vergonzoso en cualquier democracia, que el propio presidente ordenó su desaparición. El presidente debió conocer las órdenes que los detectives recibían, como tareas de rutina, cuando les proyectaban en el tablero de tareas, programas como el de lograr el descrédito de algún magistrado, o periodista, o sindicalista, o político opositor. Para ello debían obtener información sobre él, sobre su familia, hacer seguimientos y espionaje, robar documentos, difundir acusaciones en el país y en el exterior, obtener el retiro de sus visas, porque se trataba de aniquilar moralmente a un opositor.

Son perversidades que no se pueden atribuir a corrupción o maldad de los agentes del Das. Como sucedió con los nazis acusados de crímenes horrendos, ellos cumplían órdenes. ¿Órdenes de quién? ¿A quién podía interesarle el enlodamiento de magistrados, el terror de los periodistas y sus familias, la neutralización de políticos opositores o el silencio de los sindicalistas?

También procesado, el general Rito Alejo del Río, a quien el presidente describió como alguien “que se jugó a favor de la paz,” en los tribunales que adelantan su proceso, es visto de otra manera.

En la investigación publicada por Iván Cepeda y Jorge Rojas, los nombres de personas cercanas al presidente, relacionadas con las autodefensas, se multiplican, algunos de ellos invitados a la refundación de la patria en Santa fé de Ralito.

Todas estas malas compañías del presidente son su rabo de paja porque obligan a pensar —así lo hacen los observadores del exterior— que no es casual que esas malas compañías tengan un elemento común: vinculación al paramilitarismo y, por tanto, a sus múltiples crímenes.

Este círculo de amigos, perseguidores de izquierdistas, hostigadores de opositores, electores de armas y billetes en la mano, forman un descomunal rabo de paja.